Hay algo que siempre me ha llamado la atención en las rutas literarias, y es el criterio —o la falta de él— con el que el público decide asistir. No tiene tanto que ver con el tema, ni siquiera con el recorrido, sino con algo mucho más simple: si el libro "les suena".
Mañana haremos, desde la Sociedad Literaria, la ruta de La bodega, de Vicente Blasco Ibáñez. Un autor que no necesita presentación, una obra publicada en 1905, un retrato incómodo del Jerez de su tiempo. Y, sin embargo, la asistencia no tiene nada que ver con el peso del nombre ni con la relevancia del texto, sino con ese reconocimiento inmediato que se activa —o no— en quien ve el cartel. Si el título resulta familiar, la respuesta es rápida. Si no lo es, la duda aparece.
No deja de ser curioso, porque precisamente ahí está el sentido de este tipo de actividades. No en confirmar lo que ya se conoce, sino en abrir una puerta a lo que no.
La mayoría de las rutas que organizamos parten de libros que no son superventas, ni clásicos universales, ni obras que hayan pasado por todas las manos. El mes pasado, por ejemplo, recorrimos la ciudad a través de Memorias del señor Trillo y Borbón. Un libro local, prácticamente desconocido para el gran público, pero profundamente arraigado en la historia de Jerez. No era una apuesta fácil, ni pretendía serlo. Era, más bien, una invitación. Y esa es la clave.
Porque las rutas literarias, tal y como las planteamos, no son un producto turístico al uso. No se trata de pasear por escenarios reconocibles de una historia que todo el mundo ha leído o visto en televisión. No buscamos reproducir el éxito de lo ya funciona, sino proponer una forma distinta de acercarse a la ciudad y a la lectura. Guiar a través de un libro. O, mejor dicho, dejar que sea el libro el que guíe.
Por eso resulta inevitable establecer ciertas comparaciones. Cuando organizamos la ruta de La Templanza, la respuesta es inmediata. Se llena. Se queda gente fuera. Hay una demanda que no necesita explicaciones. El título suena, la historia ha circulado, el público llega con una referencia previa. Y eso está bien. Pero también plantea una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con todo lo demás? ¿Qué pasa con los libros que no han tenido esa visibilidad, que no han pasado por el escaparate mediático, que no forman parte de esa lista de lecturas reconocibles? ¿Quedan fuera también de la experiencia? A veces da la sensación de que sí.
Como si existiera una frontera invisible entre lo que merece ser descubierto y lo que solo merece ser consumido si ya viene validado de antemano. Es la misma lógica que rige, en muchos casos, el mercado del libro: se compran los diez más vendidos, los premios del año, lo que aparece en primera línea de la librería. Lo demás queda en un segundo plano, no por falta de interés, sino por falta de impulso. Y, sin embargo, ahí es donde suelen estar las historias más reveladoras.
La bodega es un buen ejemplo de ello. No solo por su valor literario, sino por lo que representa. En sus páginas, Blasco Ibáñez se atrevió a poner nombre y contexto a una realidad que no resultaba cómoda: la de los jornaleros de la campiña, las jornadas interminables de sol a sol, las condiciones de vida marcadas por la precariedad y la dependencia, los abusos de poder que sostenían un modelo económico profundamente desigual. No es una novela complaciente. No busca agradar. Y quizá por eso su historia en Jerez tiene algo de simbólica.
El día que salió a la venta, el libro no llegó a las librerías de la ciudad. No por casualidad, sino por la incomodidad que generaba. Hablar de ciertas cosas, en determinados momentos, tenía consecuencias. Y la literatura, cuando decide mirar de frente, no siempre encuentra un recibimiento amable.
Ese episodio forma parte de la ruta. No lo voy a desvelar, porque perdería parte de su sentido. Pero sí conviene recordarlo, aunque sea de pasada, porque explica mejor que ningún argumento por qué merece la pena volver a esos textos. No solo por lo que cuentan, sino por lo que provocaron.
Mañana recorreremos esa ciudad que Blasco Ibáñez describió hace más de un siglo. No será exactamente la misma —ninguna ciudad lo es—, pero las huellas siguen ahí, visibles para quien quiera mirarlas con otro enfoque. Y esa es, en el fondo, la propuesta: mirar de otra manera. No limitarse a lo que se conoce. No quedarse en la superficie. Permitir que un libro, incluso uno que no suena, incluso uno que nunca hemos tenido entre las manos, nos ofrezca una forma distinta de entender el lugar en el que vivimos.
Es una lástima que haya tan pocos interesados en hacerlo. No porque la ruta vaya a ser mejor o peor en función del número de asistentes, sino porque se pierden algo que difícilmente van a encontrar en otro sitio. No es una cuestión de elitismo ni de reivindicación cultural. Es, simplemente, una oportunidad. La de descubrir una historia que no está en el escaparate. La de recorrer una ciudad que no aparece en los folletos. La de escuchar una voz que, en su momento, resultó incómoda precisamente porque decía demasiado.
Pero para eso hay que dar un paso previo. Elegir ir sin saber del todo qué se va a encontrar. Y eso, hoy en día, parece más difícil de lo que debería.
