Hay ríos que no desbordan de golpe. Primero avisan. Se ensanchan despacio, cambian de color, arrastran ramas, silencios y un murmullo que quienes viven cerca aprendemos a escuchar. El Guadalete es así. No es un río traicionero; es un río paciente. Cuando crece, lo hace con memoria. Recuerda por dónde ha pasado siempre el agua y vuelve, tarde o temprano, a reclamar su sitio.
Vivir junto a él es aceptar esa verdad. Yo me vine a la zona rural buscando tiempo, quietud, una forma de escribir sin interferencias. Y el río estaba aquí antes que yo, marcando los ritmos. En estos dos años largos he aprendido a mirar su ribera como se miran las arrugas de una cara conocida: con respeto y con atención. Cuando el Guadalete sube, no es noticia: es aviso.
Estos días la cota ha alcanzado los 5,34 metros. El dato circula en titulares, en gráficos, en alertas. Pero el agua no entiende de cifras. El agua entra donde siempre entró. En los huertos, en los caminos bajos, en las lindes. En esos espacios que no salen en los mapas urbanos, pero sostienen la vida rural. He visto vídeos en clave de humor: dos hombres en canoa atravesando huertos anegados, risas, comentarios ligeros. Y no he podido reírme. Porque yo conozco esos huertos. Sé lo que hay detrás de muchas tapias.
Perros.
Perros atados. Perros en perreras.
Vivir en la campiña también es asumir un choque cultural. Yo no llegué ajena a este mundo: me crié en casa de mi abuela, en Guadalcacín, sé lo que es un patio, una cancela abierta, el olor a tierra húmeda. Pero una cosa es la memoria y otra la convivencia diaria. Hay costumbres que, vistas desde cerca, pesan. Y una de ellas es la forma en que se trata a los animales.
En mi calle hay un Pomeranian. Desde cachorro vive atado en un patio. Una cuerda corta. Muy corta. Tiene caseta. Tiene comida. Pero no tiene movimiento. Hace sus necesidades donde duerme. Ve pasar la vida desde el mismo metro cuadrado. No ladra apenas. Mira. Y esa mirada es difícil de sostener.
En el campo abundan los perros “guardianes”. Animales que no guardan nada salvo la soledad. Atados a una cadena, a veces todo el año. Bajo el sol, bajo la lluvia. Con suerte, una sombra. Con suerte, alguien que se acuerda de llenar el cuenco. Eso no es tradición. No es cultura rural. Es abandono.
Y no, no es legal.
La ley de bienestar animal en España —la Ley 7/2023— prohíbe expresamente mantener perros atados de forma permanente. Obliga a garantizar su movilidad, su bienestar físico y emocional, y establece el deber de auxilio en situaciones de riesgo, incluidas catástrofes naturales como inundaciones. No es una ley urbana. No es un capricho moderno. Es una norma que reconoce algo elemental: que los animales sienten y sufren.
Por eso, cuando el río crece, mi preocupación no se queda en el agua que entra en los caminos. Pienso en esos perros que no pueden huir. Que no pueden soltarse. Que no saben nadar si nunca han tenido espacio para correr. Animales sentenciados por una cadena.
Antes de que alguien diga “primero las personas”, conviene aclarar algo: las personas pueden marcharse. Pueden llamar, pedir ayuda, subirse a un coche, a una barca, a un tractor. Los animales atados no. Es así de simple. No se trata de elegir. Se trata de no condenar.
Yo no pretendo convencer a nadie de que tenga a sus perros como tengo yo a los míos. No voy a dar lecciones morales ni a imponer modelos. Pero sí me pregunto qué necesidad hay de atar a un animal en un campo abierto. Qué miedo hay detrás de esa cadena. Qué costumbre mal entendida se arrastra desde hace décadas sin que nadie la revise.
Amar la campiña no es idealizarla. Es mirarla entera. Con sus silencios y sus sombras. Con su belleza y sus contradicciones. Yo he encontrado aquí inspiración, calma, proyectos cumplidos. Dos libros publicados, una sociedad literaria fundada, otros trabajos acabados esperando su momento de publicación. Pero también he encontrado la incomodidad de ver sufrir a quien no puede escapar.
El Guadalete seguirá creciendo cuando tenga que crecer. Seguirá reclamando su sitio. El agua no entiende de bromas ni de vídeos virales. Cuando entra, entra de verdad. Y entonces ya no hay margen para la ligereza.
Quizá esta crecida sirva, al menos, para algo más que medir daños materiales. Quizá nos obligue a mirar a esos patios, a esas cuerdas, a esas jaulas que parecen normales hasta que el agua sube. Quizá nos recuerde que convivir con la naturaleza implica responsabilidad, no solo paisaje.
El río avisa. Siempre lo hace. Otra cosa es si queremos escuchar lo que dice.



