Mauricio Wiesenthal. FOTO: INSTITUTO DE ESTUDIOS TUROLENSES.
Mauricio Wiesenthal. FOTO: INSTITUTO DE ESTUDIOS TUROLENSES.

El primer día del año he tenido un encuentro providencial con uno de mis más admirados escritores. Me pareció distinguir su figura, un poco más allá de Capuchinos, en la avenida Álvaro Domecq. Al acercarme, constaté que, efectivamente, se trataba de Mauricio Wiesenthal y estaba dando un paseo con su esposa. 

El escritor barcelonés ha tenido a bien pasar estos días tan señalados con su familia de Jerez. Su mirada límpida y su elegancia amable bañan de humanidad nuestro encuentro. Escucharle es un regalo del cielo, aun cuando deba referirse a un asunto tan triste como la pérdida de su querido hermano Luis, otro admirable caballero. Pero la luz de sus palabras despeja sombras y pronto elogia a la ciudad que le acoge. Dice que Jerez posee una impronta internacional, que es ciudad abierta, donde hay mezcolanza de culturas, mestizaje.

Este hombre de mundo, que se ha recorrido Europa, desde Londres a Estambul, de Nápoles a San Petersburgo, que ha seguido la estela de Stefane Zweig, para recrear un pasado anterior a las dos grandes guerras, y ha tenido en sus manos la Biblia de Dostoievsky o ha pernoctado en el mismo hotel que habitó Oscar Wilde en París, confiesa que al pasear por nuestras calles siente la libertad. 

Precisamente sobre Zweig y la influencia de este en su obra estuvo hablando en la sala Compañía, el pasado 26 de noviembre. Lo acompañó su amigo Manolo Ramos, con quien compartí durante unos años los afanes y ensueños de la librería La Llave de Cristal y quien me lo presentó por entonces. La elocuencia de Wiesenthal está animada por el fuego dulce de su pasión. Su amplia cultura de lector políglota y viajero incansable es la de quien ama profundamente la vida. Evocando sus orígenes centroeuropeos y sus días de infancia, nos contagió su entusiasmo por una Europa que sea mucho más que un mercado, una civilización de hombres libres y fraternales. ¡Qué maravillosa elocuencia! Nos remontó a la época del Imperio Austrohúngaro, cuando territorios y etnias diferentes estaban enlazadas por el nexo del idioma alemán. Lo comparó con el milagro del español en América, pues acababa de regresar de México y bendecía la circunstancia de poder conversar con sus anfitriones mexicanos en el mismo idioma materno. 

Mauricio Wiesenthal es un gran esteta, amante del buen gusto y de los placeres gastronómicos, capaz de deleitarse con una obra de arte, pero también con el aroma del mejor jerez. Piensa que un libro no tiene interés si no lleva dentro una buena parte del corazón del autor. Esta máxima la eleva a plenitud en su obra del modo más delicado y exquisito. Su último título publicado es Hispanibundia (Acantilado, 2018), dedicado —por utilizar palabras de la carta de Golo Mann que le sirve de pórtico— a la inmensa realidad histórica y presente de España —e Hispanoamérica—. Creo que ya va por la tercera edición. 

Volví a celebrarlo al estrecharle la mano en la Avenida, el primer día, azul y claro, del nuevo año. Dejé al gran escritor con un brillo melancólico en la mirada, esa mirada suya capaz de sacar a relucir lo mejor de las personas y las cosas. Nos despedimos hasta un próximo encuentro, posiblemente en sus libros, que tienen alma. Anda preparando uno muy sugerente sobre el Orient Express. 

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