En las calles de Irán resuena desde finales de diciembre de 2025 un grito que se niega a extinguirse: "Mujer, Vida, Libertad". No es una consigna más. Es el latido de una revolución liderada por mujeres que enfrentan décadas de opresión brutal bajo una teocracia islámica fundamentalista que ha convertido la negación de sus derechos y el control de sus cuerpos en pilar fundamental de su poder.
Lo que comenzó como protesta contra el colapso económico –con el rial desplomado, los bazares cerrados, una inflación galopante que ahoga a las familias, escasez de alimentos, desempleo, corrupción y falta de horizonte para la juventud– se ha transformado en un levantamiento que cuestiona la esencia misma del régimen de los ayatolás y pide un cambio ante la carencia de derechos y libertades para la población. Y son las mujeres quienes lideran y sostienen esta batalla, como respuesta inevitable a un sistema que les ha negado de forma sistemática y cruel sus derechos humanos más básicos.
Un apartheid de sexo disfrazado de religión
La Revolución Islámica de 1979 prometió cierta libertad para las mujeres; pero el régimen de los ayatolás se ocupó de que las cosas fueran radicalmente distintas al instaurar la Sharía, o ley islámica, como marco del sistema judicial y la vida social iraní. La Constitución y las leyes fundamentaron el orden político, social, cultural y económico en la ideología política islámica. Estas normas institucionalizaron la desigualdad estructural misógina y represiva, donde a las mujeres y niñas se les tiene por seres inferiores a los hombres, sujetas a tutela eterna, y esto se refleja en el marco legal de sus exiguos derechos y garantías.
En Irán, las mujeres reciben la mitad de la herencia que le correspondería si fueran hombres, el valor de su testimonio ante los tribunales vale la mitad que el de un hombre. Las mujeres nunca alcanzan la mayoría de edad, pues están sujetas a la tutela legal y social de los hombres de su familia, necesitando permiso de su padre, o esposo, hermano e incluso su hijo, si es viuda, para trabajar, movilizarse o viajar; y el hiyab obligatorio, impuesto coactivamente desde 1983 como código de vestuario femenino, se convirtió en una prisión textil que refuerza el control y la opresión sobre las mujeres y niñas.
Según el Código Civil iraní, la edad mínima legal para el matrimonio de las niñas es de 13 años, aunque debería de ser a los dieciocho, al ser firmante de la Convención de los Derechos del Niño, que incumple impunemente. En Irán, la ley incluye una excepción basada en la Sharía: las niñas pueden casarse a cualquier edad menor, incluso a partir de los nueve años lunares, unos ocho años y nueve meses, siempre que cuente con el permiso del padre o tutor legal masculino y aprobación de un juez que considere el matrimonio en el "mejor interés" de la niña, criterio que se interpreta de forma permisiva. Así que, en la práctica, siguiendo el caso de Aisha –la niña de seis años con la que se casó Mahoma y consumó el matrimonio cuando tenía nueve años lunares– no existe edad mínima absoluta para el matrimonio forzado de las niñas.
En Irán, las mujeres necesitan permiso paterno para casarse, obtener pasaporte o viajar al extranjero; los hombres pueden divorciarse unilateralmente, mientras las mujeres enfrentan obstáculos casi insalvables; la custodia de los hijos e hijas pasa automáticamente al padre después de los siete años (o dos, en algunos casos); sólo el padre transmite la ciudadanía iraní, dejando a hijos de madre iraní y padre extranjero en situación de apatridia. La violación marital no está reconocida como delito y, entre otros, las mujeres que se rebelan contra estas injusticias sufren violencia sexual, agresiones físicas y con ácido en las calles y, en las cárceles, también suelen sufrir torturas y agresiones de todo tipo.
Estas leyes basadas en la Sharía, que jerarquizan a las personas según su sexo, crean un status de inferioridad, que hace que las mujeres iraníes estén en el antepenúltimo lugar de países donde las mujeres tienen peor calidad de vida y mayor brecha de género, según el Foro Económico Mundial. Esta situación contradice frontalmente todos los Tratados de Derechos Humanos. Concretamente, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, ratificado por el propio Irán en 1975. En este instrumento internacional se garantiza la igualdad entre mujeres y hombres y los derechos a la vida, libertad, seguridad personal, libertad de pensamiento, conciencia y religión, libertad de expresión y reunión, así como el derecho a un juicio justo y a participar en la vida política, comprometiendo a los Estados firmantes a proteger y hacer efectivos estos derechos para todas las personas, sin discriminación alguna, incluidas las mujeres y las minorías; precisamente los grupos humanos que más sufren la represión del fundamentalismo islámico misógino y racista de Irán.
Este marco normativo cruel y misógino, que viola sistemáticamente los derechos humanos de las mujeres y niñas, configura lo que jurídicamente constituye el emergente concepto de “apartheid por razón de sexo”, que en el marco del Derecho Internacional debe ser reconocido y tratado como un crimen de lesa humanidad, reconocido en el Estatuto de Roma por razones étnicas.
Activistas iraníes por los derechos de las mujeres, exiliadas en España, como Nazanin Armanian y Nilufar Saberi, convienen en definir la situación de sus coterráneas como "apartheid de género" o "apartheid sexual”. “El Islam sin velo” e “Irán, la revolución constante”, de Nazanin Armanian y Martha Zein; y el artículo de Nayereh Tohidi, en The Women's Movement and Feminism in Iran: A Global Perspective, revelan las claves para entender la realidad de Irán.
Mahsa Amini: la mujer cuyo asesinato encendió la llama
El punto de inflexión llegó en septiembre de 2022. Mahsa Amini, una joven iraní de origen kurdo de 22 años, murió bajo custodia de la llamada "policía moral" tras ser detenida por llevar mal puesto el hiyab. Su muerte, y la posterior persecución, arrestos y agresiones de las mujeres que protestaban por este asesinato, desató la adaptación feminista del movimiento "Mujer, Vida, Libertad", exigiendo derechos para las mujeres y libertades ciudadanas, contra el régimen teocrático, cuya fuerza ha impulsado la revolución que ahora contemplamos.
Las protestas actuales se han extendido a lo largo y ancho del país y, según diversas fuentes, se han asesinado a unas 3000 personas por parte del régimen islámico, cifras que podrían llegar a las 20000 víctimas. En esta revolución, las mujeres iraníes no sólo marchan, organizan barricadas, documentan abusos, pese al apagón de internet impuesto desde enero, desafían al régimen y convierten el duelo en acto político. Quitarse o quemar los velos en público o cortarse el cabello, no son meros gestos simbólicos, son un rechazo radical a un régimen que pretende reducir a las mujeres a objetos de una supuesta pureza islámica. La rabia de las mujeres se desató aún más ante la hipocresía del régimen de los ayatolás que, mientras celebran las bodas de las hijas de altos funcionarios al estilo occidental, matan por un mechón de cabello expuesto.
La revolución feminista dentro de la revolución
La lucha del movimiento Mujer, Vida, Libertad ha tenido tanta proyección a nivel internacional, porque se ha constituido en una revolución feminista, apoyada por los hombres de distintas edades y procedencias, que se han unido a las mujeres por primera vez para defender la causa común de luchar contra el régimen teocrático. Y, por ello, las mujeres de Irán también hacen historia, pues han sido ellas las que han liderado la revolución dentro de la revolución, como ponen de presente las mismas mujeres iraníes que luchan por sus derechos.
Voces de mujeres iraníes comprometidas, como la premio Nobel Narges Mohammadi, la artista Marjane Satrapi, plantean un futuro secular donde las mujeres impulsen la transición democrática hacia un Estado laico, y ojalá republicano, como indica Nazanin Armanian. Las iraníes no buscan salvadores externos a los que después tengan que someterse; claman el apoyo de la comunidad internacional para derrocar al sistema fundamentalista que le ha negado derechos y libertades a la población y que ha oprimido a las mujeres.
Crímenes que claman justicia internacional
Las violaciones de derechos humanos de las mujeres y niñas por parte del régimen islamista iraní, documentadas por la ONU y organizaciones de derechos humanos, constituyen persecución sistemática por razón de sexo. Estos actos configuran crímenes contra la humanidad, según el Estatuto de Roma, perseguibles, aunque Irán no forme parte de la Corte Penal Internacional. De momento, el Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU, ha exhortado a las autoridades iraníes a “poner fin a su brutal represión, incluidos los juicios sumarios y las condenas desproporcionadas”, exigiendo la liberación inmediata de todos los detenidos arbitrariamente en las protestas.
Esta revolución, que trasciende las fronteras iraníes y constituye una referencia para las mujeres en contextos islámicos y autoritarios, impone que la comunidad internacional –la Unión Europea, Naciones Unidas– responda apoyando al pueblo iraní, imponiendo sanciones al régimen y evitando intervencionismos contraproducentes que el régimen utiliza para desacreditar las protestas.
Detrás de cada mujer sin velo que desafía al régimen en las calles iraníes hay una historia de dignidad arrebatada y recuperada a pulso. Si este régimen cae, será por las mujeres, las auténticas artífices de la libertad que Irán merece.
