La revolución mariana: cuando el Dios cristiano se vuelve mujer

"El cristianismo no empezó con una teoría, sino con una madre y un niño; y todo el resto vino después" (G. K. Chesterton)

09 de noviembre de 2025 a las 09:10h
Portada del disco de Rosalía.
Portada del disco de Rosalía.

En el corazón de la teología católica late una paradoja que atraviesa siglos de controversia, mística y subversión: la idea de que Dios se hizo hombre. La encarnación cristiana ,ese “escándalo de la razón” que ya asombró a judíos y griego, marcó un punto de inflexión en la historia espiritual de Occidente. Que el infinito asumiera la carne, que lo absoluto se hiciera contingente, fue el primer paso hacia lo que Ernst Bloch llamó el ateísmo en el cristianismo: la disolución progresiva del Dios trascendente en la humanidad concreta.

Pero hoy, en pleno siglo XXI, un movimiento teológico reabre ese misterio desde un lugar inesperado: el cuerpo de una mujer. Diversos grupos de fieles y teólogos promueven desde hace años la petición al Vaticano de que se defina como dogma de fe el título de María como corredentora, junto a los de mediadora y abogada. Es decir, no sólo la madre de Dios, sino también su colaboradora esencial en la redención del mundo.

La reciente nota doctrinal Mater Populi Fidelis publicada por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe en noviembre de 2025 aborda precisamente esta cuestión. En ella, el Vaticano reconoce la profundidad teológica de los títulos marianos, pero advierte contra su uso “impreciso o excesivo”, reafirmando que toda mediación de María es “participada y subordinada” a la de Cristo. En otras palabras: María sí, pero no tanto. La respuesta vaticana no ha satisfecho a quienes, como el movimiento Vox Populi Mariae Mediatrici, insisten en que la fe del pueblo ya reconoce en María una función redentora plena. Para ellos, negar ese reconocimiento sería cerrar el ciclo de la revelación cristiana justo cuando el Espíritu parece empujar hacia su cumplimiento: la divinización de lo femenino.

Que Dios se hiciera hombre fue, en su momento, un gesto culturalmente inaudito. Ninguna religión antigua había osado tanto: ni el judaísmo, con su Dios invisible e inefable, ni el paganismo grecorromano, con su panteón de dioses antropomórficos pero distantes. La encarnación cristiana supuso una inversión total del orden religioso: lo sagrado se hizo carne, el cielo se volvió historia, y lo divino dejó de ser inaccesible.

Sin embargo, el salto que plantea la corredención mariana va aún más lejos. Si la primera encarnación fue la humanización de Dios, esta segunda implicaría la feminización de la divinidad.No se trataría simplemente de reconocer la importancia espiritual de María, sino de asumir que la sierva de Dios es también Dios, que la criatura participa plenamente en la obra creadora. En términos hegelianos, sería la dialéctica del amo y el esclavo llevada a su conclusión teológica: lo absoluto se reconcilia consigo mismo a través de su otro.

Ernst Bloch, en su clásico Ateísmo en el cristianismo, interpretaba la historia del cristianismo como una corriente subversiva dentro de la religión: una lenta autonegación de lo divino trascendente en favor de la autonomía humana. La figura de Cristo sería, en ese sentido, el primer revolucionario ateo: Dios que muere para liberar al hombre de la servidumbre de la divinidad. La corredentora sería entonces la consumación de ese proceso: Dios que se hace mujer para liberar al hombre del patriarcado de Dios.

Desde los primeros concilios, la Iglesia ha oscilado entre el reconocimiento de la dignidad de María y el temor a su exceso simbólico. Si fue proclamada Theotokos,madre de Dios, en Éfeso (431), fue para proteger la unidad de Cristo, no para divinizarla. Pero el imaginario popular, más audaz que la teología, nunca se conformó. En la práctica devocional, María siempre ha sido más cercana, más poderosa, más compasiva que el mismo Dios. Las advocaciones, del Rocío a la Macarena, son la prueba viviente de una religión emocionalmente mariana, en la que el pueblo encuentra refugio en la ternura femenina frente a la severidad del Padre.

La elevación de María a corredentora sería, por tanto, la institucionalización de ese sentir popular. Lo que el dogma de la Asunción hizo con su cuerpo, este nuevo título lo haría con su función salvífica: reconocer que la redención no es sólo una obra divina, sino una alianza entre lo humano y lo divino, entre el hijo y la madre.Sin embargo, en el fondo late una pregunta que va más allá del dogma: ¿qué pasaría si la Iglesia admitiera que una mujer comparte la esencia misma de Dios? Esa sería la verdadera revolución teológica, la que trastocaría no sólo la mariología, sino toda la estructura patriarcal del cristianismo.

Históricamente, el cristianismo heredó ,y a la vez subvirtió, el patriarcado religioso del mundo antiguo. El Dios de Abraham y de Pablo sigue siendo masculino en su lenguaje y en su jerarquía, pero su acción redentora se realiza en una lógica opuesta: la de la humillación, la debilidad y el servicio. En Cristo, la omnipotencia divina se transforma en vulnerabilidad; en María, la sumisión humana se vuelve poder creador. Aceptar plenamente la corredención sería reconocer que la salvación no proviene del poder sino del consentimiento, no de la fuerza sino del vínculo.Y eso tiene consecuencias no sólo espirituales, sino políticas: supondría cuestionar el principio vertical del poder eclesial y social.Una teología donde lo femenino no es mediación pasiva, sino acción constitutiva, desarma la lógica del dominio que ha sustentado siglos de autoridad religiosa.

Por eso el tema no es menor. Detrás de las discusiones sobre títulos marianos se libra una batalla cultural por la forma del poder en la Iglesia. Si María es corredentora, entonces el principio jerárquico masculino deja de ser necesario para representar lo divino. Y eso ,como bien saben los guardianes del dogma, es dinamita.La figura de María ha sido siempre un espejo en el que se proyectan las tensiones históricas del cristianismo. En la Edad Media, fue la domina que humanizaba al Señor feudal; en el barroco, la reina celestial que legitimaba los imperios católicos; en América Latina, la madre mestiza que sintetizaba lo indígena y lo europeo. Hoy, en la era de la crisis de las instituciones y del renacer de los feminismos, María se vuelve el símbolo perfecto de una teología del límite: aquella que busca reconciliar cuerpo y espíritu, naturaleza y trascendencia, igualdad y diferencia.

El reclamo de la corredención puede leerse así como un intento de resignificar el poder eclesial desde lo maternal, no como dominio sino como cuidado. Una Iglesia mariana sería, en ese sentido, menos imperial y más comunitaria; menos institucional y más afectiva; menos dogmática y más simbólica. No es casual que este movimiento surja desde la base, impulsado por fieles y no por prelados. Como en otros momentos de la historia, el pueblo creyente parece ir un paso por delante del magisterio, presintiendo en la figura de María una posibilidad de democratización del misterio.

Ernst Bloch, filósofo marxista y místico a su modo, veía en el cristianismo una corriente utópica soterrada. En Ateísmo en el cristianismo, mostraba cómo el mensaje de Jesús —“el Reino de Dios está dentro de vosotros”— no es una promesa trascendente, sino una invitación a la emancipación terrena.El cristianismo, decía Bloch, contiene el germen de su propio ateísmo: el Dios que muere en la cruz entrega su poder al hombre.Aplicado al caso mariano, este razonamiento se amplía: el Dios que se hace mujer entrega su poder no sólo al hombre, sino a la humanidad entera, reconciliando los contrarios. En ese sentido, la corredentora no sería una amenaza al cristianismo, sino su cumplimiento radical: la humanidad asumiendo plenamente lo divino.

La paradoja es que esta teología de la igualdad choca con la estructura misma que la custodia. El Vaticano, que teme la confusión dogmática, defiende que sólo Cristo es mediador. Pero al hacerlo, protege un orden simbólico profundamente masculino, donde la gracia fluye en un solo sentido. Hegel entendió que toda conciencia se constituye en la relación con otra conciencia, y que la historia del espíritu es una lucha por el reconocimiento. En la dialéctica del amo y el esclavo, el dominado termina revelando su superioridad, porque es él quien trabaja, transforma el mundo y alcanza la autoconciencia.La historia del cristianismo puede leerse a través de esa misma lógica: el Dios amo se humaniza, el hombre esclavo se diviniza, y ambos se reconcilian en la encarnación.

Pero si llevamos la dialéctica un paso más allá ,como hace la mariología contemporánea, el último movimiento no es del hijo sino de la madre. El amo (Dios) se hace esclavo (Cristo); la esclava (María) se hace Dios. La redención, vista así, no es sólo el triunfo del amor sobre la ley, sino la transfiguración de la pasividad en poder creador. En ese sentido, la corredentora no representa un exceso teológico, sino el cumplimiento simbólico de la historia del espíritu: la reconciliación de lo masculino y lo femenino, del creador y la criatura, del poder y el amor.

Toda revolución teológica comienza como herejía. Lo fue la idea de la Trinidad frente al monoteísmo judío, lo fue la encarnación frente al helenismo, y lo fue la reforma frente al papado. El movimiento que pide reconocer a María como corredentora podría ser, en este sentido, una herejía necesaria: la que obligue al cristianismo a reconciliarse con su mitad excluida, la femenina.

La Iglesia, fiel a su prudencia, teme que este paso diluya la unicidad de Cristo. Pero lo que realmente está en juego es su propia capacidad de integrar la alteridad sin destruirse.

Si el cristianismo ha sobrevivido dos mil años es porque ha sabido transformarse sin perder su núcleo simbólico: la fe en un Dios que se vacía de sí mismo para hacerse otro.

Aceptar a María como corredentora sería, paradójicamente, seguir esa misma lógica: dejar que lo divino vuelva a vaciarse, esta vez en el cuerpo de una mujer.

Ciertamente, hay riesgos. La teología del exceso simbólico puede caer en sentimentalismo o en sincretismo. Y una Iglesia entregada sólo a la ternura corre el peligro de olvidar la justicia.

Pero el mayor riesgo de todos sería no escuchar el signo de los tiempos.El cristianismo nació del escándalo de un Dios crucificado; podría renacer del escándalo de un Dios femenino.

No se trata de sustituir al Padre por la Madre, sino de reconciliar la unidad perdida del ser, donde la creación entera participa de la divinidad.

Bloch escribió que “el verdadero ateísmo no es negar a Dios, sino negar la injusticia en su nombre”. Tal vez la corredentora no sea una amenaza a la fe, sino la señal de que la fe misma ha madurado: ya no necesita jerarquías, porque el cielo ha descendido definitivamente al corazón humano.Que Dios se hiciera hombre fue el primer gesto de humanización de lo divino. 

Que una mujer participe de la redención sería el segundo: la divinización de lo humano.

La encarnación fue el principio del ateísmo occidental, como decía Bloch; la corredención sería el principio de una espiritualidad postpatriarcal.Quizás, como sugiere el propio título del documento vaticano, Mater Populi Fidelis, la madre del pueblo fiel no necesita una definición dogmática, sino una relectura simbólica. María no es Dios contra Dios, ni mujer contra hombre, sino la síntesis viviente de la fe en la humanidad de Dios.En tiempos de fragmentación, violencia y desarraigo, su figura ofrece una posibilidad de reconciliación: un Dios que no domina, sino que acompaña; un poder que no impone, sino que gesta.Tal vez sea ese el verdadero sentido de la corredención: la promesa de que el amor creador no tiene sexo, pero sí cuerpo.

La conmoción que ha ocasionado el último trabajo de Rosalía parece ir en esta senda marianista. Rosalía, siempre tan en vanguardia, con una piel tan fina a lo venidero y con un oído tan sensible al rumor oculto de las multitudes, lo ha expresado maravillosamente en sus desposorios con Dios. Desposada con lo divino, domina más allá del juego del marketing comercial, refleja una tendencia histórica que avanza. La historia siempre cabalga en un proceso mestizo y doliente donde lo nuevo nace por metamorfosis de lo viejo y acaba anunciando lo inédito.

Lo más leído