Oscar Wilde, ese dandi genial que entendió la vanidad humana antes de que existiera la electricidad, nos regaló una metáfora imperecedera en El retrato de Dorian Gray. La premisa es sencilla y terrorífica: un hombre guapete hace un pacto para que un cuadro envejezca y se corrompa en su lugar, mientras él permanece eternamente joven y con la piel más tersa que el pellejo de un tambor.
Siglo y medio después, hemos democratizado el mito. Ya no hace falta un pacto con el diablo ni un óleo sobre lienzo en un ático oscuro. Hemos sustituido el pincel por el filtro "París" y el pacto satánico por los términos y condiciones de Meta y TikTok. Bienvenidos a la era del Dorian Like.
En esta nueva versión de la comedia humana, nuestra alma no se pudre en un sótano; simplemente se marchita si no recibe su dosis diaria de validación digital. Hemos externalizado nuestra autoestima. La capacidad de un individuo, su talento, su humor o incluso su dolor, ya no se miden en la escala de la experiencia vivida, sino en un sistema binario y brutalmente simplista: el pulgar arriba o el pulgar abajo.
Asusta pensar que hemos reducido la complejidad del espíritu humano a un simple clic. Fíjense a su alrededor. Vean a esa persona en la mesa de al lado en el restaurante. No está comiendo; está creando contenido. El plato de pasta, frío ya, debe ser fotografiado desde el ángulo cenital perfecto para proyectar una vida de sofisticación y placer culinario. Si la foto obtiene cincuenta likes en la primera hora, la pasta estaba deliciosa. Si obtiene cinco, la comida fue un fracaso estrepitoso. Es el triunfo de la imagen sobre la sustancia, el triunfo de Dorian sobre su propia realidad.
Esta patología es transversal y afecta a las más altas esferas. Piensen, por ejemplo, en ese señor que, hasta hace poco, ostentaba el título de hombre más poderoso del mundo; ese individuo inefable con una obsesión insana por el color naranja, que parece espolvorearse un paquete de Risketos por la cabeza cada mañana antes de tuitear desde la Casa Blanca. Incluso él, con los códigos nucleares a su alcance, sentía una necesidad patológica, casi física, de la aceptación de la masa digital. Sus políticas no buscaban el bien común, buscaban el retuit y el aplauso fácil de su cámara de eco. Si el hombre que puede volar el planeta necesita desesperadamente que le digan "buen chico" con un pulgar arriba, imaginen para los que no somos nadie.
Así que, la próxima vez que sientan el impulso irreprimible de buscar ese pulgar arriba para validar su existencia, recuerden a Dorian Gray. Su retrato terminó mostrando una monstruosidad. El nuestro, el Dorian Like, corre el riesgo de mostrar algo peor: la absoluta vacuidad de una vida medida en interacciones digitales. Y eso, francamente, no merece ni un triste like.
Gracias por la lectura y feliz Semana Santa a todos.


