Un respeto a Cádiz, que estamos en carnavales

Ser la cuna de la libertad no significa únicamente respetar todas las opiniones, algo que en Cádiz se da por hecho

Cartel del Carnaval de Cádiz 2026

Si alzamos la vista al conjunto de festejos del panorama nacional, comprobamos que entre las fiestas más emblemáticas de España se encuentran las Fallas valencianas, las ferias de numerosos pueblos, los Sanfermines de Pamplona, la Tomatina de Buñol, las Hogueras de San Juan, la Semana Santa, la Mercè de Barcelona, los castellers, la queimada gallega, San Isidro en Madrid o el toro embolado extremeño, entre otras.

Acudir a estos festejos suele ser sinónimo de contemplar torres humanas, bailar sevillanas, correr delante de un toro, esquivar animales con los cuernos adornados con soportes metálicos y bolas encendidas, montar en coches de choque, beber aguardiente con azúcar y limón, saltar hogueras, observar muñecos de maderas religiosas, escuchar petardos, ver arder fallas o, incluso, lanzarse tomates unos a otros.

Precisamente esta última imagen, la de la Tomatina, podría convertirse en una metáfora de lo que podría suceder en muchos pueblos rurales de Andalucía si finalmente se aprueba el tratado comercial entre la Unión Europea y Mercosur. La imposibilidad de competir con los productos agrícolas del Cono Sur podría provocar excedentes de frutas, hortalizas, carne de vacuno, cereales, soja o aceite de oliva. Así que, agricultores y agricultoras andaluzas, no os preocupéis: quizá pronto tengamos “naranjinas” y “sojinas”. Esperemos, eso sí, que no se os ocurra repetir la experiencia con sandías o melones, porque más de uno podría acabar en urgencias, y no está la sanidad para alargar aún más sus ya interminables listas de espera.

Resulta indignante —sin menospreciar en absoluto las fiestas de otros territorios— que Cádiz, siendo provincia y capital con las tasas de paro más altas de la Unión Europea y con los peores registros en barrios empobrecidos, riesgo de pobreza y exclusión social, carencia material severa, baja intensidad laboral por hogar, despoblación, migración y pobreza extrema; además de arrastrar malos resultados en informes educativos como PISA, sea también objeto, desde hace décadas, de tópicos procedentes del norte que nos tachan de catetos, analfabetos, mal hablados, vagos o simples contadores de chistes.

Y, sin embargo, resulta paradójico que esta misma ciudad sea la metrópoli que alberga una fiesta que fomenta la escritura, la lectura y la música. Una celebración en la que, año tras año, todo se crea de manera original, sin olvidar el enorme trabajo artesanal que hay detrás de los disfraces y atrezos de cada agrupación carnavalera.

Ser la cuna de la libertad no significa únicamente respetar todas las opiniones, algo que en Cádiz se da por hecho. Somos la cuna de la libertad porque desde pequeños escribimos, leemos y hacemos música. Porque esas herramientas nos permiten ser críticos ante cualquier injusticia y ejercer una de las capacidades más hermosas del ser humano: saber expresarse.

Somos la cuna de la libertad porque desde niños nos bañamos al atardecer en el Atlántico, y ese horizonte despierta la inquietud por la escritura, esa manifestación inefable que nos hace libres.

Por todo ello, más respeto a Cádiz, especialmente desde el norte. Porque aquí existe una fiesta que cada febrero se cita con la palabra como puñal contra la élite, con la música como pentagrama de la calle y con el disfraz como medicina frente a nuestras miserias.

Pero relájense: mientras sigan llamándonos bufones, nosotros continuaremos alimentando la cultura de Occidente, como lo hemos hecho en estos últmos más de tres mil años de historia.

Y, como diría Juan Carlos de Aragón, “la libertad está pa algo, la libertad… los carnavales.”