Respetemos los sexos, eliminemos los géneros: la cuestión trans

Artículo de Marina Subirats, catedrática emérita de Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona

Marina Subirats.
Marina Subirats.

Que las mujeres pudiéramos experimentar la envidia del pene -o de todo lo que éste suponía en términos de  poder social- es algo conocido y comprensible, dadas las ventajas y prerrogativas de que han gozado los  hombres. Que los hombres pudieran sentir envidia del útero y del embarazo, ha sido un secreto que ha  permanecido oculto. Algo de ello sospechamos cuando, hace unos años, preguntábamos a niños y niñas, en las  escuelas, que es lo mejor y que es lo peor de ser niño y de ser niña. Para nuestra sorpresa, los mismos niños  que rechazaban malhumorados los juguetes de niña, nos daban respuestas del tipo: ”lo mejor de ser niña es  tener pechos, tener bragas, tener bebés…”, mientras algunos de sus compañeros invocaban las mismas  características femeninas para decir que esto era lo peor de ser una niña. Ambivalencia, por supuesto. Deseo  de lo que no nos pertenece, también. Pulsiones complejas, más allá de los géneros, desde luego. Lo que nunca  llegamos a sospechar en aquel momento es que, en pocos años, asistiríamos al despliegue del fenómeno  “trans”, ya sea “transgénero” o “transsexo”, elija usted lo que más le convenga.  

Pero así ha sido, en esta postmodernidad mercantilista en la que aparentemente cualquier deseo se convierte  en derecho, sobre todo si es de carácter individual. Hombres que se sienten mujeres, mujeres que se sienten  hombres. Y que, afirmando su derecho a la transformación, intentan borrar las fronteras de los sexos, haciendo  afirmaciones tan peculiares como que “la maternidad ha sido excesivamente atribuida a las mujeres”, o que las  mujeres ya no somos simplemente tales, sino “mujeres cis” o “mujeres trans”, y discutiendo incluso el uso del  término mujer, substituido, en algunos casos por algo tan aberrante como “las que menstrúan” ‘cuando, de  hecho, la etapa menstruante de las mujeres suele ser muy inferior a la mitad de su ciclo de vida. 

Desde mi punto de vista, todo ello se inscribe en una transformación en curso y totalmente necesaria, que es la  paulatina desaparición de los géneros en tanto que modelos socialmente impuestos. Pero, al mismo tiempo, tal  como está planteada la cuestión trans, comete un error gravísimo que es el de negar la importancia del sexo en  tanto que variable biológica fundamental en el funcionamiento de los cuerpos. En cualquier caso, creo que se  

trata de un fenómeno nuevo, complejo y suficientemente transcendente en la vida social para que, más allá de  la polarización tan propia de nuestros tiempos consistente en tratar de demonizar a quien no opina  exactamente lo mismo que yo, podamos debatir con argumentos las ventajas o desventajas de unos cambios  que están plasmándose en proyectos de ley sin haber sido aun culturalmente asumidos, y están generando  agresividad y división en el feminismo.  

El binomio sexo/género surgió en determinadas circunstancias y por una necesidad de cambio. Después ha  experimentado un conjunto de transformaciones que nos han conducido hasta aquí. Me parece útil, en este artículo, tratar de seguir esta pista por si podemos aportar alguna claridad a la manera en que se ha planteado  la cuestión trans y su relación con la evolución de los conceptos de sexo y género.  

Sobre los géneros y su evolución 

Durante milenios se atribuyeron a los hombres y a las mujeres unas características y unos papeles sociales  totalmente diferenciados, sobre los cuales no cabía discusión, puesto que se derivaban, según las creencias del  momento, de la diferencia sexual, creada por Dios y por lo tanto eterna y esencial. Más allá de lo que dijeran las biblias, coranes y libros santos en general, estas características y papeles sociales formaron unos modelos  de comportamiento que se transmitieron a niños y niñas desde el momento de nacer, y que suponían, en  ambos casos, modelos rígidos y con un importante grado de cierre, de modo que salir de ellos suponía un  tremendo riesgo, que a veces podía implicar el repudio familiar, la marginación extrema e incluso la muerte.  Ello no impidió, sin embargo, que muchas mujeres y muchos hombres lucharan toda su vida contra unos  modelos de comportamiento impuestos que, a menudo, eran contrarios a sus necesidades y sus impulsos y  constituían una especie de corsé limitador de deseos y capacidades. 

“Llegar a ser hombre es la lucha de toda una vida”, dijo Norman Mailer. Y exactamente igual ocurría con el  intento de llegar a ser mujer: los modelos de hombre y de mujer exigidos por las diversas culturas y etapas  históricas han sido a menudo tan estrictos que sólo a través de una durísima educación, de un brutal sistema  de sanciones y de la amenaza constante de “perder el honor” si alguien no lograba encajar en el modelo  requerido, se ha conseguido que las personas aceptaran ser moldeadas de acuerdo con las prescripciones de  hombre y de mujer definidas en cada momento, y que, mal que bien, la mayoría de la población adquiriera los  hábitos indispensables para ello.  

En tanto que modelos de comportamiento cerrados, ambos constructos tienen efectos similares: imponer  limitaciones a los individuos para obligarles a interiorizar determinados comportamientos. Pero al mismo  tiempo, no se trata de dos modelos de igual valor; la imposición de los hombres sobre las mujeres creó lo que  llamamos “orden patriarcal”; de modo que el modelo femenino era aún mucho más represivo que el  masculino. En el masculino, diferenciado de todos modos por clases sociales, había elementos que  estimulaban la afirmación y búsqueda del poder por parte de los hombres, como necesidad funcional para  hacer frente a enemigos de todo tipo; y ello exigía hacerlos capaces de matar y arriesgarse a morir, actos  humanos que requieren endurecimiento y voluntad de imposición sobre el entorno, y por tanto necesitan  sujetos en quienes se haya estimulado la búsqueda del poder.  

Llegar a ser un hombre, llegar a ser una mujer, es algo muy difícil, que no se obtiene sin un largo modelado  social. Un modelado que se ejerce continuamente y a través de diversas vías, a menudo no de una manera  deliberada, sino a través de aquello que aparee como “lo natural”. Es “natural” que las niñas sean bonitas, 

limpias y amables, por tanto su entorno promueve estas cualidades en todo momento y sanciona las que van  en el sentido contrario. Es “natural” que los niños sean traviesos, valientes y peleones, y estas actitudes son las  que se valoran en ellos, incluso cuando se les riñe porque van demasiado lejos. Por supuesto esto no tiene  nada de natural, no va en los genes, por así decir, sino que se deriva del modelo que las sociedades han  prescrito a cada sexo (1); y ello es especialmente notorio porque hay niños que no son ni valientes ni traviesos.  Pero como forma parte integrante de la cultura en la que hemos sido construidos y construidas, consideramos  como algo totalmente natural el que deban serlo, nos preocupamos cuando no es así, sin siquiera pararnos a  reflexionar sobre ello. Y lo transmitimos de continuo a las personas que nos rodean, corrigiendo sus  comportamientos cuando no van en la dirección exigida.  

Surge el término “género”  

Las religiones fueron firmes bastiones del patriarcado y siguen siéndolo, de modo que no admiten que mujeres  y hombres no ciñan su vida y sus comportamientos a lo que se les ha prescrito. Pero las sociedades cambian, y  aunque en un principio los conocimientos científicos fueron corroborando la distinta naturaleza de hombres y  

mujeres y prescribiendo la necesidad de ajuste a los comportamientos esperados, los cambios sociales y  técnicos, especialmente en el mundo occidental, comenzaron a socavar los cimientos de los modelos de  comportamiento prescritos en función del sexo. A partir del momento en que las mujeres pudimos comenzar a  controlar nuestra fertilidad, en que la mortalidad infantil disminuyó drásticamente y ya no era necesario parir  diez hijos para que vivieran tres, los deseos de romper el molde genérico fueron aumentando. A mediados del  siglo XX lo formuló Simone de Beauvoir, no se es mujer en función del sexo, sino del moldeado que la  sociedad ejerce sobre nosotras desde el nacimiento. Fue un libro escandaloso, pero fértil en sus efectos.  

Con el surgimiento de una nueva ola de feminismo en los sesenta, la necesidad de distinguir entre sexo  biológico y destino social se hace perentoria: surge entonces el término “género”, utilizado inicialmente en la  década de los setenta en Estados Unidos, y que tuvo una rápida expansión en el ámbito académico. Por una  razón: sólo si se entiende que los comportamientos de las mujeres no son innatos sino que proceden de normas  sociales, es posible iniciar su cambio. Si se tratara de comportamientos derivados de nuestra naturaleza sexual,  no sería posible cambiarlos, como no es posible cambiar la necesidad de comer o de dormir; pero si los  comportamientos son debidos a imposiciones de modelos sociales, el cambio es posible. Es decir, una  fundamentación indispensable para el feminismo en la medida en que cuestiona unas formas de vida de las  mujeres que, al eliminar la posibilidad de nuestro acceso al mundo público, se hacen insoportables cuando los cambios sociales propician que ya no se necesite toda la energía y dedicación de las mujeres a la reproducción  y cuidado de la especie.  

Es cierto, sin embargo, que en las personas sexo y género son inseparables en un sentido muy concreto. La  socialización de género comienza al nacer; los hábitos que se adquieren desde aquel momento están ya  marcados por el género que socialmente se vincula al sexo; por lo tanto, ya en los primeros deseos,  comportamientos y actitudes que manifiesta cada persona suelen manifestarse rasgos típicos del género  prescrito, lo cual refuerza la idea de que se trata de algo natural. Hay casos en que no es así, y precisamente en  estos casos puede comprobarse que, más allá de lo que biológicamente va determinando cada sexo, se produce  un choque real con el género impuesto y ello suscita una enorme dificultad para la persona que experimenta  una contradicción con su género. Es lo que se ha llamado disforia de género. Algo que se conoce desde  siempre, pero que va siendo cada vez más frecuente precisamente en la medida en que la acción feminista ha  ido poniendo en cuestión los modelos de género impuestos, y por lo tanto van disminuyendo las antiguas  presiones para conformarse a ellos.  

En definitiva, el “género” ha sido un concepto necesario para entender que la prescripción de unos  determinados comportamientos en función del sexo no era natural sino social, y por lo tanto la lucha feminista  ha consistido precisamente en eliminar las barreras de los géneros, del género femenino en primer lugar, del  masculino también, a partir del momento en que comprendimos que el ejercicio de la violencia era una de las  raíces más profundas del género masculino, y que sólo si la humanidad se libraba de los modelos de género  que hemos heredado y que hoy son obsoletos, podemos ganar a la vez la batalla de la igualdad entre los sexos  y de la libertad individual.  

La guerra contra el “género” y su conversión en símbolo feminista 

Precisamente porque el término “género” fue la llave maestra para abrir la posibilidad del acceso de las  mujeres a un cúmulo de situaciones que nos habían sido impedidas, este término, creado como instrumento de  análisis, se convirtió en poco tiempo en sinónimo de feminismo, y, por lo tanto, en una especie de bestia negra  para las grandes religiones conservadoras y para los gobiernos y grupos sociales contrarios a los avances de  las mujeres.  

Por azares personales me encontré en el centro de uno de los episodios cruciales en este enfrentamiento (2). En 1995 se celebró en Pekin la 4ª Conferencia de Naciones Unidas sobre las mujeres. En el texto que se fue construyendo en los encuentros previos se introdujo el término “género” justamente para designar el modelo  social al que hemos estado sometidas las mujeres y que era necesario cambiar. Inmediatamente surgió una  oposición al uso de este término, a través de lo que se llamó entonces, y se sigue utilizando hoy, como  “ideología de género”, con una definición aberrante de lo que este término significa, como si se tratara no de  un género sino de una degeneración, a partir de la cual las feministas proponíamos la renuncia a la  maternidad, las relaciones sexuales más perversas, como por ejemplo con animales, etc. La propuesta de los  países conservadores fue que el término “género” no podía ser admitido y no podía figurar en el documento  que se discutiera durante la Conferencia.

El enfrentamiento fue subiendo de tono; finalmente ganaron la  partida los países más avanzados y el término “género” se mantuvo en el documento final. Pero el precio fue  precisamente que, después de tan ardua batalla, “género” se convirtió en una conquista del feminismo, un  símbolo, una bandera, dando lugar a la substitución del término “sexo” por el término “género”. “Género” se  convirtió en una declaración de principios feminista, de modo que cualquier intento de restablecer el  significado inicial de cada uno de estos dos términos, y llamar “sexo” a lo que es del sexo, era visto como una  involución, una falta de modernidad y de adhesión al feminismo o, peor aún, una connivencia con quienes se  oponían a romper los moldes tradicionales en los que se ha encerrado a las mujeres. Lo cual, evidentemente,  condujo a confusiones graves, porque difundió la idea de que ser hombre o ser mujer sólo dependía de  criterios establecidos por la sociedad, y por lo tanto susceptibles de cambio, y no de un hecho biológico que  presupone unas diferencias y de funciones en la reproducción humana y que no permite sino cambios  superficiales, consistentes fundamentalmente en modificaciones del aspecto externo. Pero que no permiten, al  menos de momento, la posibilidad de realizar las funciones reproductivas propias del sexo opuesto al que la  naturaleza nos asignó.  

La evolución de los géneros: la teoría “queer” 

Recuerdo mi asombro cuando empecé a leer a Judith Butler y su teoría sobre la “deconstrucción del género”.  Inicialmente me pareció una teoría valiente, que abría nuevos caminos en un proceso que iba avanzado.  Deshacer el género (Undoing gender, en versión original) plantea algo que ha sido la preocupación  fundamental del feminismo: como romper el género impuesto, como alcanzar la libertad en las formas de  vida, en el amor, en la sexualidad, en la participación en la vida pública, en el trabajo pagado, etc. Por lo tanto,  como deshacer los géneros y lograr que todas las personas, hombres y mujeres, puedan elegir su vida, sus  actividades, su sexualidad, sin estar ya sometidas al terrible control social anterior.  

Y sin embargo, enseguida me di cuenta de algo fundamental. Judith Butler estaba pensando y escribiendo  desde Castro, un barrio de San Francisco que ha sido un motor del movimiento gay durante mucho tiempo.  Butler vivía y hablaba desde una situación en la que la imposición de los géneros se ha ido diluyendo, donde,  aparentemente, el género puede inventarse, porque ya no es sino un juego de espejos. Para ella “el género (…)  es una práctica de improvisación en un escenario constrictivo. Además, el género propio no se hace en soledad. Siempre se está haciendo con o para otro, aunque el otro sea sólo imaginario”. “Lo que se llama mi  “propio” género quizás aparece en ocasiones como algo que uno mismo crea o que, efectivamente, le  pertenece” (3) (p. 13).

Así comienza su libro, éste es su concepto de género; no una imposición social, no un  mandato inevitable, marcado en el cuerpo y en la mente a sangre y fuego, como ocurre con las mutilaciones  genitales en tantos países africanos, con las bodas de niñas decididas por los padres, con los malos tratos, con  las muertes violentas de mujeres por el solo hecho de serlo, con la prostitución obligada, con tanto sufrimiento  del que no se puede hablar, que hay que llevar en silencio, sin queja, porque de otro modo es la víctima la que  recibirá el castigo. No, Butler tiene la suerte de moverse en otro mundo, en el que el género ya no es un  mandato social, sino una invención personal, aunque reconozca que pueda haber todavía un escenario  constrictivo. Y, naturalmente, esta interpretación falsea por completo lo que han sido los géneros a través de la  historia, lo que están aún siendo en tantos países, aunque pueda encajar y ser comprendida en una sociedad  que, gracias al feminismo, va rompiendo poco a poco el viejo molde caduco y abriendo nuevos horizontes  hacia la libertad personal. Pero todavía, ¡con cuánto trabajo, con cuánto dolor y frustración

Convertido el género en una opción personal, sus características cambian totalmente y surge un planteamiento  completamente diferente al inicial. Se trataría de que cada persona pudiera decidir su género en función de su  deseo o de una “identidad sentida” que puede coincidir o no con el sexo biológico; una decisión a la que cada  persona “tiene derecho” porque ello corresponde a su “ser”, a su sentimiento profundo, a una voz interna que  le susurra quien es ella o él, más allá de sus cromosomas y de sus genitales. Es decir, teóricamente han dejado de existir los modelos sociales prescritos, y, por lo tanto, todos los comportamientos, actitudes, aspectos y  manifestaciones individuales pueden mezclar en dosis arbitrarias características de lo que anteriormente fue  considerado como exclusivamente femenino o masculino.  

Hasta aquí, nada que objetar. Ahora bien, ¿qué ocurre con el sexo? También es performativo, dice Butler, es  decir, construido socialmente, igual que el género. Por lo tanto, acomodémoslo al género deseado. Y así surge  la experiencia trans. Una experiencia en la que se niega la validez del género correspondiente al sexo de  nacimiento, para declarar la pertenencia al otro género y adoptar una serie de actitudes correspondientes a él.  Sin embargo, en la mayoría de las sociedades siguen vigentes los modelos de género, aunque se hayan  modernizado, de modo que, para quien quiere cambiar de género, la transición no es fácil, porque no es fácil  presentarse como un hombre vestido de mujer y pretendiendo serlo. De ahí el deseo de “ser efectivamente una  mujer”, o un hombre, en el caso contrario, y por tanto de cambiar el sexo, que, en toda esta evolución, se ha  convertido en simbólicamente irrelevante y sujeto también a la ley del deseo.  

Las propuestas de la "ley trans” 

En España, la “Ley Trans” cuenta ya con diversos borradores. Consultando el último que conozco, de 2 de  febrero de este año, queda claro que en la mayor parte del texto se habla de “género”. Sin embargo, en el  artículo 1.2 se produce un salto semántico: “A estos efectos, la ley regula el procedimiento y requisitos para la  rectificación registral relativa al sexo y, en su caso, nombre de las personas, así como sus efectos; establece  principios de actuación para los poderes públicos; y prevé medidas específicas, en los sectores público y  privado, destinadas a garantizar la plena igualdad de las personas trans en los ámbitos sanitario, educativo,  laboral, penitenciario y deportivo.” Y se detalla a continuación que basta que una persona vaya al registro  adecuado y declare pertenecer a un sexo diferente al que figura en su registro de nacimiento, para que, sin más  requisitos, el cambio de sexo y nombre sea posible.  

Esta propuesta me parece de una frivolidad extrema, más aún, me parece avalar una falacia, algo que siempre  acaba vengándose, y que puede ser terriblemente negativo sobre todo para las personas trans. Porqué adecuar  nuestro cuerpo al sexo deseado supone un tremendo esfuerzo por modificarlo; comienza toda la angustia del  vivir en un cuerpo equivocado, cuestión a la que se ha referido Miquel Missé (A la conquista del cuerpo  equivocado, 2018) entre otros, y toda la tortura de la hormonación para tratar de bloquear los signos externos  del desarrollo sexual que se produce en la adolescencia. Más las cirugías, las amputaciones, los esfuerzos y los  miedos por llegar a ser lo que se pretende o por lo menos para parecerlo. Una pretensión en gran parte  condenada al fracaso, puesto que la biología impone unos límites que, por lo menos hasta ahora, no pueden ser  superados. Y, al mismo tiempo, todo ello crea una enorme confusión en la sociedad, puesto que queda en  entredicho toda distinción entre espacios y actividades consideradas como necesariamente propias de uno u  otro sexo, dado que tienen una fuerte implicación del cuerpo en tanto que cuerpo sexuado; como por ejemplo  en el caso de la práctica de deportes, de las separaciones en las cárceles u otras instituciones que suelen  separar por sexos, etc.  

Pero además, pensar que si se dispone de una ley que garantice los mismos derechos a las personas trans que a  las que no lo son se logrará la igualdad, es también una falacia; la mayoría de personas trans que he conocido  llevan impreso en su cuerpo algún rastro de su sexo, por mucho que hayan intentado ocultarlo, y, en  consecuencia, seguirán teniendo dificultades adicionales para encontrar trabajo, por ejemplo, porque nadie  puede obligar a un empleador a desprenderse de sus prejuicios y seleccionar a una persona a quien no desea  contratar. Los cambios individuales no resuelven el problema, que exige un cambio cultural global.  

¿Qué hacer, entonces? 

Mi propuesta es simple: dejemos los sexos donde están, sin pretender cambiarlos ni registral ni físicamente. Y  aceptemos que cada persona viva como quiera, construya su imagen como quiera, se dedique a lo que le  apetezca y ame a quien quiera. Respetemos los sexos, deconstruyamos los géneros. Cierto, aún estamos lejos  de la eliminación de los géneros. De acuerdo: pongamos en marcha políticas que aceleren esta transformación,  como se ha acelerado la normalización de la homosexualidad o la adopción por parte de las mujeres de 

prendas de vestir y actividades que se consideraron propias de hombres. No pretendamos ir contra aquello que  nos ha sido dado por la naturaleza para cambiarlo a nuestro capricho. Estamos en el tiempo en que  comenzamos a ver los resultados de este intento humano de ignorar la lógica de la naturaleza y comenzamos a  saber hasta qué punto las consecuencias de esta actitud pueden ser nefastas.  

-X-

(1) La antropología nos ha descrito las tremendas variaciones en los comportamientos de hombres y mujeres en diversas  culturas. Uno de los ejemplos más contrastados es la descripción que hizo M.Mead de la diversidad de  comportamientos de mujeres y de hombres en los siete pueblos que ella estudió, en algunos de los cuales hombres y  mujeres eran guerreros, mientas en otros no lo eran ni hombres ni mujeres. (Mead, M. Hombres y Mujeres, 1961).

(2) Subirats, M. (1998) “Cuando lo personal es político y es política” en Con diferencia. Las mujeres frente al reto de la  autonomía.

(3) Butler, J. (2006) Deshacer el género. Barcelona: Paídos

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