Mi hija se baña con su hermano. Tiene tres años, la saco de la ducha y le coloco una toalla alrededor del cuerpo, para que se seque un poco mientras peino a mi otro chiquitín. Me doy la vuelta para bajar un poco la música de la radio que tenemos en el cuarto de baño. Hace un poco de frío y mi pequeña se aferra al trozo de tela. Se queda de pie, muy pegadita a un rincón con la vista perdida. Está cansada. De repente, sus ojos me teletransportan a un sitio horrible, no son sus preciosos ojos verdes, no, es su expresión, su gesto. Su actitud involuntaria de indefensión ante la vida. Como ya os he dicho, hace un poco de frío, pero ella nunca ha sentido frío de verdad, ni hambre, ni miedo, ni la incomprensión de que unos desalmados vengan a tu pueblo a quemarlo todo y a matar a tus padres.

En mi cabeza suena un flash intenso, un cimbreo ficticio de mi cuerpo que me coloca en un lugar infernal: la guerra. Cualquiera vale, da igual si es en el desierto, la jungla o una ciudad bombardeada. La mirada de los niños es siempre la misma en los conflictos armados. Algunos se agarran a una manta, otros abrazan a sus peluches y muchos ni siquiera se echan mano a la tremenda herida que le han abierto los escombros que se han despeñado de lo que hace unos minutos era su casa. Porque los niños son valientes, por desconocimiento o temeridad, se asustan, sí, pero los corazones se endurecen rápido. Nunca debería ocurrir. Da igual el color de su piel, porque el brillo ausente de sus ojos lo oscurece todo. El vacío se apodera de lo que miran. Unos mofletes que deberían alzarse sonrientes, cuelgan flácidos empujando una boca semiabierta, como queriendo decir algo, pero sólo dicen “¿por qué?”

Vuelvo al cuarto de baño, han pasado apenas cuatro segundos desde que mi mente me ha jugado esa mala pasada. Mi hija sigue ensimismada, es muy inteligente y tiene sus cosas, sus preguntas, sus ideas... de vez en cuando ves que su mente viaja, como la mía y como la de casi todos los niños. Nunca a la guerra, por suerte. Yo sí me la he llevado allí, imagino cómo sería caminar cientos de kilómetros escapando de los asesinos de mi gente, haciendo que anden durante días. Ellos, y sobre todo ella, tan pequeña, que me dice “papi, cógeme”, cuando sale del colegio. El camino es de apenas 200 metros. Cómo sería su vida sin mí y sin su madre porque una milicia ha entrado en mi casa y nos han matado a machetazos, cómo sería la vida de una niña de tres años vagando por las calles derruidas, cuidada por su hermano de ocho y de cinco años; a merced de traficantes de personas. Me he vuelto a ir a ese horripilante lugar. La guerra es uno, exclusivamente un lugar, aunque tenga distintas localizaciones. Quiero volver y no puedo, no han pasado todavía diez segundos cuando ella me mira atenta y sonríe. Ahora sí que he vuelto para mucho tiempo.

Tiembla un poco, frunce un poco el ceño, sabe que algo raro ocupa mi cabeza. Me conoce, porque es mi hija y sabe mucho. Lo justo que debería saber un niño de la vida y del amor a esos que lo cuidan. Se acerca: “tengo frío”. La arropo un poco más con la toalla y le seco el pelo. Le doy mil besos y se queja, ella se extraña. Han pasado quince segundos pero hace mil bombas que no la veo. La cojo en alto y la pego fuerte a mi pecho, como un cooperante de la Cruz Roja transportando a un pequeño que acaba de rescatar de una montaña de piedras y metal. La abrazo más fuerte porque sé que me la quedo y porque, como esos padres que se han visto de la noche a la mañana inmersos en una guerra, la protegeré con mi vida para siempre.

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