¿Qué es la vibecesión? Cuando la economía crece, pero el malestar no desaparece

Mientras el crecimiento del PIB conviva con salarios reales estancados, costes financieros asfixiantes y una vida cada vez más cara, la vibecesión no será una anomalía pasajera

Kyla Scanlon, autora del término vibecesión.
01 de enero de 2026 a las 18:42h

“Cuando los indicadores agregados mejoran pero la experiencia cotidiana empeora, la frustración política no es irracional, es una señal de fallo institucional”. Albert O. Hirschman.

Para comenzar el año, conviene que no nos engañemos si queremos ganar las próximas elecciones los progresistas, donde tanto nos jugamos. Por ello, es relevante que nos acerquemos al concepto de la vibecesión. Pensamos, los progresistas, que el relato (la supuesta corrupción de Sánchez, el asedio judicial contra el fiscal general del Estado, la Ley de amnistía de los catalanistas y otras muchas zarandajas) está tapando el dato de los innumerables resultados en avances de derechos y los excelentes datos macroeconómicos. Esto explicaría por qué las evidentes bondades macroeconómicas y políticas no están dando la cara en las encuestas y en la sensación general de la ciudadanía. Pero esto no es correcto en absoluto. La gente no es estúpida. Y aunque esta sea también la creencia de la misma derecha, que por este motivo solo habla de corrupción, ETA y catalanes, e ignora las variables económicas más relevantes o la tabla de extensión de los derechos. De esta forma los progresistas tratamos de recuperar el dato frente al relato y los reaccionarios entierran los datos y realzan solo  el relato.

Pero ambos nos equivocamos, nosotros por ignorancia y ellos por incapacidad. Los progresistas ignoramos que hay otros datos que no se ven reflejados en la macroeconomía y que explican este malestar, y ellos porque no pueden desenterrar estos “otros datos” sin entrar así en una contradicción autoinculpante de su propio discurso. Y aquí es donde entra el palabro de la vibeseción. Este efecto (que eso es lo que es)  mató a Biden y puede matar a Sánchez, si no fuera porque la alternativa que parece tras el telón nos devuelve demasiado al pasado. 

Desde hace algunos meses  circula este  término incómodo para economistas oficiales y responsables políticos, vibecesión. El palabro fue un invento feliz de una joven analista financiera. Kyla Scanlon. El término combina vibe, sensación, clima emocional, y recession, recesión, y nombra una paradoja contemporánea cada vez más visible, los indicadores macroeconómicos muestran fortaleza o crecimiento moderado, pero la población experimenta la economía como si estuviera en crisis. No se trata de una recesión técnica, sino de una recesión vivida. Lejos de ser una simple cuestión de “percepción errónea”, la vibecesión tiene bases empíricas sólidas. El reciente working paper del National Bureau of Economic Research, firmado por Bolhuis, Cramer, Schulz y Summers, muestra que existe una ruptura histórica entre los indicadores clásicos que usaban los economistas para medir el bienestar económico, desempleo e inflación, y el sentimiento real de los consumidores y la ciudadanía .

En Estados Unidos, con desempleo bajo e inflación oficialmente en descenso, el índice de sentimiento del consumidor se ha mantenido en niveles excepcionalmente deprimidos, cercanos a los de crisis profundas. La explicación central del estudio es contundente, el coste del dinero forma parte del coste de la vida, pero ha sido expulsado de las métricas oficiales. Los tipos de interés elevados, el encarecimiento brutal de las hipotecas, los préstamos para automóviles y el crédito al consumo no se reflejan adecuadamente en el IPC. Sin embargo, sí pesan directamente sobre la vida cotidiana. Según el análisis, incorporar los costes financieros al cálculo del coste de la vida explicaría hasta el 70–75 % del “misterio” del malestar económico reciente. La vibecesión no sería, por tanto, un estado de ánimo caprichoso, sino la reacción racional a un encarecimiento estructural de la vida que las estadísticas no registran.

Si queremos medir de forma realista el bienestar de la ciudadanía, no basta con atender al crecimiento del PIB, la inflación o el desempleo. Es imprescindible incorporar variables que reflejen la experiencia económica cotidiana. Entre ellas destacan el coste del dinero, los tipos de interés hipotecarios, el encarecimiento del crédito al consumo y de los préstamos para automóviles, así como las condiciones efectivas de acceso al crédito. A ello debe sumarse el coste real de la vivienda, medido por pagos hipotecarios y no solo por alquileres imputados, y la carga financiera mensual de los hogares. Sin estos indicadores, las estadísticas seguirán describiendo una economía que no coincide con la vida real.

Esta brecha entre datos y experiencia puede analizarse también desde otro ángulo complementario. El artículo clásico de Bollen  et al  demuestra que el estado de ánimo colectivo puede medirse empíricamente a gran escala mediante el análisis de millones de mensajes en redes sociales, y que dicho estado de ánimo responde de forma inmediata y diferenciada a acontecimientos económicos, financieros y políticos. Crisis financieras, caídas bursátiles, subidas del precio del petróleo o eventos políticos generan variaciones claras en dimensiones como depresión, ansiedad, confusión o fatiga colectiva.

La vibecesión emerge precisamente en la intersección de estos dos planos, cuando la experiencia económica cotidiana se deteriora, el malestar se expresa antes y con más claridad en el ánimo social que en los agregados macroeconómicos. El sentimiento colectivo actúa como un sismógrafo adelantado de tensiones estructurales que los modelos tradicionales tienden a invisibilizar.

El problema no es solo técnico, sino político. Cuando las instituciones insisten en que “la economía va bien” mientras amplias capas sociales sienten que viven peor, se erosiona la confianza pública. La vibecesión nombra ese punto crítico en el que el lenguaje oficial pierde credibilidad porque ya no describe la vida real. No es una crisis de expectativas, sino una crisis de medición y de prioridades. Entender la vibecesión exige, por tanto, repensar qué medimos cuando hablamos de bienestar económico. Mientras el crecimiento del PIB conviva con salarios reales estancados, costes financieros asfixiantes y una vida cada vez más cara, la vibecesión no será una anomalía pasajera, sino el clima normal de una economía que ha aprendido a crecer sin mejorar la vida de quienes la sostienen.