Dos prostitutas, en una imagen de archivo.
Dos prostitutas, en una imagen de archivo.

Recuerdo que pude ser un putero. Me crie y crecí junto a uno de los antiguos arrabales de la ciudad, quizás por eso la derecha odia tanto aquella zona.

La socialdemocracia favoreció el abandono del barrio, y la humillante expulsión de sus vecinos, luego llegó la diversidad, y con ella los pijos progres, y el postureo que actualmente lo habita. La Alameda de Hércules, un zona olvidada por todos los gobiernos municipales, y que en la época de mi niñez y adolescencia, cuando aun funcionaba la Casa Belén, y se escuchaba hablar de la Malena, fue el barrio de “putas” de la ciudad.

Con diez, once años, al salir del colegio, nos atrevíamos a recorrer sus callejones, su calle principal, la calle Joaquín Costas. Una odisea llena de misterio, pornografía, excitación, y miedo. En pantalones cortos íbamos por aquella cochambrosa calle de descuidadas casas viejas donde nadie dormía, y sin pararnos, de reojo, mirábamos. Ellas sentadas en los portales nos enseñaban todo aquello que jamás habíamos visto, y que para nosotros constituía un universo misterioso. De vuelta a casa la normalidad tardaba en regresar a nuestros cuerpos. El no tener dinero nos salvó.

Nunca vi en aquello una profesión, ni en las putas a unas trabajadoras, por la calle pasaban hombres que entraban y salían rápido de las casas, y en los bares solo había mujeres, cuando en ellos no había mujeres. Tenían hijos, y todos tuvimos un amigo o amiga, de cuyo padre nunca se hablaba. Las putas decían palabrotas, tenían pinta de pobres, se maquillaban la cara, se pintaban los labios, y eran pobres. Ser puta era lo peor que le podía pasar a una mujer, y ser un hijo de puta, el peor insulto que podía darse a un hombre. A los chulos no lo conocíamos, pero sabíamos que existían, por las palizas, los ojos hinchados, y los moratones disimulados bajo las pinturas y el carmín.

Por eso no entiendo cómo podemos pretender legalizar aquel submundo de explotación, marginalidad y violencia. El patriarcado que siempre ha cosificado a las mujeres para su uso y desuso, quiere ahora asegurarse su tranquilidad, dándole una apariencia de normalidad y protección. Las mujeres son para muchos de nosotros, un bien que comprar, maltratar, y tirar. Si queremos sexo, lo pagamos, es nuestro argumento, y lo decimos con el más absoluto desprecio a sus vidas. Las putas no tienen dignidad, son la realización de nuestra masculinidad, los sueños mojados de unas mentes reprimidas, la prueba de esa mentirosa virilidad de la que presumimos, y de la heterosexualidad hegemónica que tanto dolor causa. El triunfo de una cultura de jerarquías, violencias, y abusos de poder. El machismo las necesita para existir, y evidenciar su superioridad.

La trata de personas, la explotación sexual, el abuso de menores, todo se esconde tras la prostitución. No hay nada de voluntario ni libre en ese mundo, nunca lo hubo. No se entra ni sale libremente. Jamás el objeto de un contrato pudo ser la violencia. Y eso es lo que hacen los puteros, violentar el cuerpo y los derechos de las mujeres. No podemos normalizar la precariedad, la enfermedad, y la muerte. Regulando la prostitución no las protegemos, contribuimos más a su explotación. No es esa la vía  para proteger y garantizar sus derechos. La esclavitud no desapareció con una regulación, ni otorgando derechos a los esclavos y esclavas, se eliminó mediante el reconocimiento, y la protección de los derechos humanos, y leyes que la abolieron. No podemos normalizar el gran negocio del sexo, con que patriarcado y capitalismo perpetúan las desigualdades. Las experiencias reguladoras de otros países, no son precisamente ejemplo alentador.

Los hombres tenemos mucho que decir en este asunto. No es posible seguir defendiendo esa excepcional, torticera, y mentirosa, teoría de la voluntariedad. Somos nosotros, y no ellas, los consumidores de pornografía y prostitución, somos los responsables de que haya mujeres vulneradas, tratadas como perros, y asesinadas. Nosotros somos los puteros. Si tuviésemos algo de dignidad, al menos nos preguntaríamos, porqué lo hacemos, porqué seguimos manteniendo este terrible negocio. Porqué somos puteros

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