El paso del Tarajal, en una imagen de archivo.
El paso del Tarajal, en una imagen de archivo.

¿Sabes qué es el asco? Seguro que sí, que sabes lo que es sentir eso dentro. Creciendo en tu interior. Un estertor nacido en el estómago que asciende y anida en tu boca llenándolo todo de un sabor amargo. No te gusta. No te sientes bien. Por eso escribo desde la rabia y de forma demagógica. Porque siento asco.

Aún no hace ni un año. El pasado 27 de febrero se abría el paso del Tarahal II, en la frontera de Ceuta. La apertura de dicho paso fronterizo se llevó a cabo, según un acuerdo entre los gobiernos de ambos países, para mejorar las condiciones del tránsito de mercancías que deja cientos de miles de euros al año en Ceuta.

Esta vez nos ha salido prematuro. Ni siquiera nueve meses. Nueve meses llenos de incidentes, a rebosar de quejas. Se han registrado múltiples denuncias por abusos y amenazas —un trato deleznable— por parte de los cuerpos de seguridad (públicos y privados) contratados para preservar el orden. La mayoría de los que se encuentran allí, trabajando cara a cara con los migrantes, no poseen habilidades de negociación ni diálogo (en muchos casos, ni siquiera hablan su idioma).

Solo han tenido que pasar 263 días. 6.312 horas para que la muerte se lleve a dos mujeres en el paso del Tarahal II. Estas mujeres —porteadoras las llaman— arrastran sus pesadas almas, aún más cargadas que sus espaldas, durante kilómetros para poder atravesar el control y soltar hasta ochenta kilos de mercancía al otro lado. Y todo para cobrar un sueldo irrisorio.

Ese mar de cuerpos agrietados y encorvados, que amenazan con romperse, baña nuestras fronteras todos los días. Ese mar cuyo oleaje sanguinolento permite que unos cuantos se enriquezcan, acabará por inundarlo todo. Y, cuando eso ocurra, ya será tarde. Ya sólo podremos limpiarnos la sangre de nuestros pies.

Asco. Eso es lo que sentí cuando me enteré de que dos mujeres morían aplastadas a las puertas de "nuestra gran nación" para intentar alimentar a su familia. Asco de "nuestra nación". Esa que se gasta 87 millones en evitar que los catalanes voten pero que permite que sigan muriendo personas en la puerta de nuestra casa porque, sin ellas, dejaríamos de ingresar millones de euros.

Sentí asco porque me sentí culpable. Asco de todos vosotros. Asco de mí mismo.

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