Por el derecho a la ciudad

Cuando el liberalismo y quienes se aprovechan de él de forma depredadora ven regulado sus privilegios a costa de la mayoría siempre recurren o a la falsa bandera de la libertad o al sectarismo o al enfrentamiento

Por el derecho a la ciudad
Por el derecho a la ciudad

Cuando sales del portal de casa sorteando y regateando peatones, cuando el ruido de las borracheras entresemana rompen el silencio de la madrugada e impiden el descanso, cuando tienes que abandonar tu calle, tu barrio y hasta tu ciudad porque resulta imposible afrontar el alquiler, cuando el paseo en bici con tu hijo, por el carril, se convierte en una carrera de obstáculos. Cuando echan a tus vecinos de toda la vida y no le renuevan para colocar enfrente otro bloque de apartamentos turísticos. Ese de toallas en los balcones en lugar de macetas. Ese que huele a lejía y precariedad, en vez de a Guiso. Ese. Otro más.

¿Cuándo el turismo se convierte en un agente invasivo y no en un elemento sostenible, de convivencia, que viene a sumar y a alimentar un municipio?

Pues cuando el ritmo, el alma y hasta la respiración de la ciudad se convierten en unos desconocidos de manera prolongada en el tiempo, en los días y en los meses más allá de unas fechas o unas fiestas concretas.

De todas las excusas para no regular los apartamentos turísticos, la más cínica, la que menos se sostiene y la que más derrapa es la que dice que se trata de una decisión para enfrentar. ¿Enfrentar a quién?

Cuando el liberalismo y quienes se aprovechan de él de forma depredadora ven regulado sus privilegios a costa de la mayoría siempre recurren o a la falsa bandera de la libertad o al sectarismo o al enfrentamiento. Cuando a los de arriba intentan poner unos límites a su especulación a costa de todo y a los de abajo se les concede unas mínimas herramientas, que son incluso insuficientes, para amortiguar el abuso, recurren a la victimización, al contexto (nunca es el momento), o al estrangulamiento de la realidad.

Porque no hablaron de enfrentar (ni abusar) por las manos destrozadas y las espaldas echadas abajo de las kellys y ese olor de la fregona que se queda a vivir incrustado en la piel a cambio de dos pesetas. Yo al menos no lo he escuchado. Porque nunca hablan de enfrentar (ni abusar) cuando quieren convertir un espacio protegido en un aeropuerto en el Prat o en residencias vacacionales a pie de playa, con mucho cemento y campos de golf, en Barbate. Porque nunca hablan de enfrentar cuando anuncian el cierre de una fábrica para que abarate los costes una multinacional con insultantes beneficios. Porque nunca hablan, ni hablaron, ni hablarán de enfrentamientos cuando desalojan, cuando desahucian, cuando los suministros básicos se convierten en imposibles, cuando las eléctricas avasallan con su barra libre o cuando se olvidan los muertos en las cunetas.

Enfrentar es abocar a la supervivencia. Enfrentar fue la reindustrialización, el desempleo estructural en la Bahía, el ladrillazo, la crisis climática, la imposibilidad de acceder a una vivienda y, ahora, la turistificación si no se frena.

Enfrentar es negar la convivencia para que unos pocos se llenen los bolsillos a costa del bienestar de los de siempre.

Enfrentar es negar la vida, el futuro y la tierra.

Este artículo fue publicado originalmente en Portal de Andalucía.

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