Mudanza

No ensayaba paso de agua la cuadrilla aquella noche, y el ancho de la avenida bien pedía faena en los medios

Periodista.

'Parasceve', la película que recorre 10 años de la Semana Santa de Sevilla.

Me recuerdo allá por los 80 leyendo a Burgos - el de avec- en su Diccionario de la Semana Santa de Sevilla. En esta obra -un opúsculo casi de caña y tapa- Antonio recoge su gracejo y, de azul y respeto visita tronos y desfila la Carrera Oficial y luego, ya de recogia, de copas y pescaito. De allí salió –supongo– su universo de voces sonoras, populares y redondas; estrellas de la mañana del Universo de la Semana Santa: levantá, bofetá, armao, rabino, mudanza...

Mudanza, que rotunda palabra. Pues bien, con una mudanza de estas me encontré hace tres o cuatro noches. De la Vid al Peliron pasaba aquella andá sin cruz ni arrobados lirios, sin faroles ni candelería, ni un mal quinque con que aliviarse. Solemne, sí, y a pie cambiado en la redondez de la glorieta, gustandose como Morante.

No ensayaba paso de agua la cuadrilla aquella noche, y el ancho de la avenida bien pedía faena en los medios. Sin un pirulo azul que llevarme a los ojos, ronda de los Viñedos arriba emergió de lo oscuro una tropilla numerosa, parda y difusa. Aquí un primo, allí un amigo y acá una novia –de pasodoble– sonriente y entregada a los movimientos de su chico y su cuadrilla, naturalmente. A Dios Gracias traía el coche del taller y pude frenar, como pude ser carne de telediario.

Sin más luz que la de su juventud arremolinada, sin dispositivo alguno, sin reflectante ni chaleco, sin rebequita si refresca, estaba allí aquel sin Dios, lidiando el toro oxidado. Mis luces –las de mi coche– y las de los coches que quedan tras de mí o llegan desde Delicias y Arcos iluminan de niebla aquel cartel con toro y gente entregada, y andas y parihuela, y pasos en la grava, simiente de primavera y sacos terreros para afianzar el paso. 

Mudanza, radical palabra que hiela la noche. Mudanza sin sonar un claxon, ser y no ser sin música y un arrastrar de Nike, Adidas y Jonharvy, corazón y pies de penitentes en ropa de calle. Mudanza, sin que Ayuntamiento ni Obispado digan esta boca es mia.

No consigo olvidar aquel éxtasis compartido en la rotonda, transversal y sin castas, en coche o a pie, de palco o silla de Puito, Chanel y One million oliendo a trabajadera. Quiso Dios el bien de su parroquia y hasta de sus hijos descarriados: fui al taller, arreglé los frenos y pude frenar. Sólo Dios me salvó de abrir los telediarios.