Un libro, en una imagen de archivo.
Un libro, en una imagen de archivo.

Estos días estamos librando una gran batalla. Muchas batallas. Recibimos mensajes a diario que nos recuerdan que la más importante de ellas, la de la vida, la vamos a ganar. Al menos, la mayoría de nosotros la ganará. Mientras esto pasa, no se nos ha pedido tanto como a nuestros antepasados: no se nos ha pedido que nos echemos al monte escopeta al hombro, ni que enviemos a nuestros hijos al frente ni que pasemos penurias, nos traguemos los panfletos prohibidos y comamos solo lentejas con arroz —y eso con suerte—.

No se nos han pedido acciones heroicas, precisamente porque lo que se nos pide es la inacción: quedarnos quietecitos en casa. Quietecitos con internet, con la tele, con la prensa, con la despensa llena y el armario repleto de papel del váter. No parece demasiado sacrificio. Cierto es que a todos se nos está haciendo cuesta arriba; no es muy mediterráneo eso de no juntarse para pasar las duras y las maduras, no tocarse, no moverse, no beberse las calles como la María de la copla. Y eso es lo que más nos falta: calle, como a un policía recién salido de la academia o a un plumilla licenciado hace dos días. Así nos sentimos todos: como pez fuera del agua, ahogándonos en nuestra propia y cómoda pecera.

Para sobrellevar los rigores del confinamiento, sacamos la cabecita por la ventana cada cuarto de hora más o menos, como un cachorro deseoso de afecto y atención desliza la suya entre los barrotes de su jaula. Nosotros aplaudimos, ponemos música para todo el vecindario, charlamos de balcón a balcón y miramos a la acera de enfrente deseosos de cruzar una mirada amable con el de la celda cercana. Alguien a quien no conocemos pero al que ahora contemplamos con más ternura que nunca, especialmente si pasa de los setenta.

Y para desahogarnos estamos empleando sobre todo dos mecanismos: la cacerola y el Twitter. A la primera la golpeamos con el cucharón asomados a los vértices de nuestro calabozo; al segundo lo martilleamos sin descanso para sentirnos más conectados con el mundo. No son —somos— pocos los que están aprovechando la red del pajarito —o Instagram, Facebook y otras tantas— para narrar el día a día de su encierro. Y es que desde que existen las redes sociales es factible sacar el escritor que, por lo visto, todos llevamos dentro. A través de estos balcones virtuales golpeamos la olla de nuestro propio ego, entendiendo que lo que cada uno de nosotros tiene que decir merece la pena ser escuchado. Poco que objetar. Los egos son osados y las posibilidades del 3.0, infinitas.

Entre las batallas que también nos toca librar estos días se encuentra la del tiempo libre. Bastantes descubrirán más de lo que desean sobre sí mismos en este encierro, es lo que tiene pasar tiempo a solas con uno: que el abismo te devuelve la mirada. A lo mejor por eso no paramos quietos y queremos aprovechar para aprender a cocinar, hacer ejercicio, practicar idiomas, darle a la papiroflexia… cuando nada de eso nos interesaba un pimiento apenas unos días atrás. Pues sea. Ahora bien: ¿qué pasará con todo ese talento recién hallado cuando esto termine? ¿Cómo domar al duendecillo creativo que se ha abierto paso entre el bidé y la sala de estar? Cuando por fin salgamos a la calle y unos cuantos de miles se dirijan henchidos de gozo a las editoriales para llevar sus tentativas narrativas del diario de un confinado.

Cuando el mercado literario, hermético y endogámico como él solo, se sature aún más con los autorrelatos —o autorretretes— vacíos y pretenciosos de quienes, después de pasar por esto —como todo el mundo—, estarán convencidos de haber descubierto una América ignota. Así que aprendamos un poco de inglés, hagamos crema de boniato y practiquemos aerobic en 50 metros cuadrados, pero dejemos la pataleta para la cacerola y el querido diario para el Twitter. No moleste, señor. Por el mundo no lo haga, que no lo necesita.

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