Pedir permiso. Consentimiento, autorización, aprobación del otro. En masculino.
El otro siempre es masculino para las mujeres.
Con frecuencia, las mujeres pedimos permiso de forma retórica, suavizando las formas, disfrazando el lenguaje y el acto en sí.
¿Qué acto? Te preguntarás. El estar.
El simple hecho de estar es para nosotras un acto político.
El carnaval de Cádiz es un acto político, sobre todo para las mujeres. El carnaval de Cádiz es androcentrista. ¿O debo decir era?
En él, se escriben letras a las mujeres, a nuestro papel en la vida cotidiana, como ser resistente en un entramado que nos veja de forma sistemática.
Se escriben letras a las mujeres maltratadas, se condena al agresor, se nos escribe por
valientes, a las madres, a las hijas…
¡Ay, pero luego!
Pero luego cuando estamos, cuando habitamos, que no ocupamos… cuando habitamos este
espacio masculinizado que nos pertenece por derecho de nacimiento, todo son peros. Los peros vienen de letras que incomodan el privilegio.
Los peros vienen de ver tambalear el cimiento en el que se levantan tus creencias.
El tener que compartir un espacio de poder significa, por tanto, que también hay que compartir ese poder, y cuando el cuerpo con el que lo compartes es el de una mujer, escuece.
Ese espacio que no es de nadie en concreto, pero se siente propio, genera un sentimiento generalizado de usurpación.
La sola palabra usurpar ya está vinculada a algo ilegal.
Usurpar, quitar, arrebaratar, tomar por la fuerza. Las mujeres sí sabemos lo que significa usurpar.
A las mujeres nos despojaron de nuestra propia historia, de nuestra propia voz, durante toda la historia.
Que nos lo cuenten a nosotras, que hemos luchado cada derecho adquirido con gotas de sangre y poniendo el cuerpo, matándolo en el camino.
Porque nos matan.
Todavía nos matan.
Las letras que reivindican la libertad de las mujeres, que denuncian la misoginia que respiramos, que reparten justicia con cada verso, son necesarias en tiempos de lucha, y resulta que las mujeres no conocemos tiempos de paz.
Marta Ortiz, con su comparsa La Camorra, no le teme a los reaccionarios, a los críticos y a los señores que se piensan más merecedores por el simple hecho de ser hombres.
Marta compone poesía, la canta y la lanza como un arma pacífica que hace saltar por los aires cada esquina donde otros se posan a escuchar de reojo.
Marta y sus compañeras te cuentan verdades incómodas que te cuesta escuchar.
Marta escribe y canta, y mejor que lo haga, porque peor es el silencio que no se espera.
¿De qué voz os han despojado? - te preguntas. María de Magdala.
Esclava de la lujuria, te han contado.
Poseída diabólicamente como producto de sus pecados.
La iglesia se ha encargado de mostrarla como una atormentada por deseos impuros y símbolo de arrepentimiento.
María de Magdala, María Magdalena, la mujer nombrada diecisiete veces en los evangelios canónicos, te la traigo como ejemplo de la primera mujer despojada de su propia historia.
Desde dónde opera el patriarcado, nos fijamos, desde el inicio de los tiempos, donde a la mujer se nos ha excluido con fines esencialmente políticos, legitimando reivindicaciones de aquellos hombres que deseaban autoridad en el seno de la iglesia.
La iglesia ha ocultado los evangelios gnósticos, falseando la aparición de Cristo en Domingo de Gloria a Pedro, siendo María de Magdala la agraciada al presenciar la resurrección del Señor y, por tanto, la encargada de transmitir la noticia al resto de apóstoles.
Despojadas para reducir nuestro papel como mujer junto con María de Magdala como representante nuestra.
María de Magdala, María Magdalena, no abandonó a su señor incluso cuando todos los apóstoles se escondieron atemorizados ante la persecución.
Presente en el sacrificio final.
Fundadora del cristianismo más primitivo, despojada de su historia.
Y todavía nos preguntamos qué es el patriarcado. De qué historia hablamos.
De qué voz.
