Periodismo responsable en tiempos de terror

Francisco Romero

Francisco Romero

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla. Antes de terminar la carrera, empecé mi trayectoria, primero como becario y luego en plantilla, en Diario de Jerez. Con 25 años participé en la fundación de un periódico, El Independiente de Cádiz, que a pesar de su corta trayectoria obtuvo el Premio Andalucía de Periodismo en 2014 por la gran calidad de su suplemento dominical. Desde 2014 escribo en lavozdelsur.es, un periódico digital andaluz del que formé parte de su fundación, y con el que obtuve en 2019 una mención especial del Premio Cádiz de Periodismo.

Flores en la Rambla, días después del atentado en Barcelona.
Flores en la Rambla, días después del atentado en Barcelona.

No quiero verlas. Me pueden. Me llegan por todos lados, pero me niego. Las imágenes de las víctimas del atentado perpetrado en Barcelona son atroces. El terrorismo lo es, claro, pero para informar sobre ello no hace falta enseñar cuerpos tirados en el suelo, regueros de sangre y siluetas reconocibles de personas que pueden ser tu madre, tu prima o tu hermano. Hay otras formas de ilustrar una noticia. Menos dolorosas para las víctimas y sus familiares. Y, por supuesto, más elegantes. Imagínense la cara de alguien que, ojeando un periódico o viendo la televisión, ve a un ser querido. Tiene que ser horroroso. Por eso me avergüenza ver cómo muchos medios de comunicación de este país utilizan el dolor ajeno para conseguir más visitas, más repercusión… alimentando el morbo y el odio. Hay días que el periodismo —o mejor dicho, eso a lo que algunos llaman “periodismo”— se pasa de frenada.

Partamos de una base: los periodistas somos personas, y como tales, nos equivocamos. Todos. Hasta el mejor periodista de este país ha publicado alguna vez una información errónea, no ha contrastado lo suficiente un dato o se ha fiado de una fuente que ha terminado engañándolo. No debería ser así, pero puede llegar a ser entendible. Eso sí, hay que saber rectificar. El problema está cuando no existe error alguno. Cuando se utilizan imágenes impactantes intencionadamente. Cuando no se piensa en las víctimas y sí en los “beneficios” —llámese clicks o reproducciones— que reportan esas imágenes.

“En actos terroristas, la identidad de las víctimas sólo puede difundirse una vez sea facilitada, con carácter oficial, por las autoridades, quienes, a su vez, sólo pueden suministrar la identidad tras haber informado a los familiares. En todo caso, hay que evitar que los familiares de las víctimas se enteren de ello a través de los medios de comunicación”, recoge un informe titulado Recomendaciones sobre la cobertura informativa de actos terroristas elaborado por el Consejo del Audiovisual de Cataluña (CAC) y el Colegio de Periodistas de Cataluña. “El derecho a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen no deja de tener validez en función de la distancia, por lo que esta protección es de aplicación tanto a las víctimas cercanas como a las de países lejanos”, añade. Algo que, a todas luces, se ha incumplido durante el terrible atentado vivido en tierras catalanas.

Luego está el “favor” que se hace a la causa terrorista con la difusión de estas cruentas imágenes, que contribuyen a incrementar su propaganda y a infundir terror entre la población. “Tenemos que asegurarnos de que no los exaltamos o de que no damos información no autorizada sobre sus puntos de vista”, decía la que fue presidenta del diario The Washington Post, Katharine Graham, sobre la cobertura informativa de actos terroristas. Graham aseguraba que “los medios de comunicación deben hacer todo lo que puedan para minimizar el valor propagandístico de las acciones terroristas y colocarlas en perspectiva”. He visto periódicos que publican galerías de imágenes sangrientas, vídeos en los que se reconocen perfectamente a víctimas o informaciones que, directamente, buscan generar alarma social, algo que me asombra, y posteriormente, me indigna. No creo que se trate de esconder la barbarie que supone el terrorismo, ni de minimizar los hechos, sino de ponerse en el lugar del más débil, en este caso, las víctimas.

Cuando ocurre una catástrofe de estas dimensiones, en los tiempos que corren, pronto empiezan a circular por redes sociales todo tipo de vídeos con imágenes escabrosas de las víctimas. ¿Qué tipo de persona decide sacar el móvil del bolsillo para grabar tal panorama en lugar de buscar ayuda o echar una mano en lo que buenamente pueda? Ese es otro debate. Esta práctica es censurable, pero que un medio de comunicación contribuya a aumentar sentimientos de resentimiento entre los lectores/espectadores es aún peor. ¿Dónde queda la responsabilidad social del periodismo? Cada uno sabrá por qué lo hace. Repito: nadie está exento de cometer errores. Todos los tenemos. Pero utilizar el dolor para ganar visitas, es otra cosa. Como dice Gabriel García Márquez: “La mejor noticia no es siempre la que se da primero, sino muchas veces la que se da mejor”.

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