Pérez Reverte y los simplismos históricos

Lo malo del escritor cartagenero es que es tan gran novelista como antipático en sus pronunciamientos públicos

Pérez Reverte y los simplismos históricos
Pérez Reverte y los simplismos históricos

Los historiadores jugamos en campo contrario, es preciso admitirlo. Un buen libro de historia es un equilibrio perfecto entre el fondo y la forma, como bien nos muestran los autores anglosajones. Por desgracia, en la época en que vivimos, solo cuenta la buena pluma. De ahí que, ante la opinión pública, no importen tanto la seriedad y las muchas lecturas como un titular escandaloso. En este difícil arte de llamar la atención, quien duda de que Arturo Pérez-Reverte ha alcanzado cotas de excelencia difícilmente superables. Él es un antiguo corresponsal y un extraordinario novelista, pero no un historiador profesional. Su recreación de la España del Siglo de Oro, en la mítica saga del capitán Alatriste, tiene más que ver con Larra o la generación del 98 que con lo que sucedió en tiempos de Lope y Velázquez. Nos hallamos frente a un relato mítico que trasmite, sobre todo, una enseñanza moral, el tópico del buen vasallo que merecería mejor señor. España, una vez más, como un lugar maldecido por el destino en forma de pésimos gobernantes.

No piense el lector que esta crítica es forzosamente un reproche. A los creadores de ficciones hay que valorarlos por su garra literaria, no por su exactitud histórica. Pérez-Reverte, sin duda, es un maestro a la hora de brindarnos tramas absorbentes y personajes inolvidables. El problema es esta tendencia nuestra a exigir que los libros sobre el pasado se lean “como una novela”, obviando que el escritor y el historiador cultivan géneros distintos. El primero ha de ser verosímil, el segundo veraz. Esa veracidad significa, entre otras cosas, que no debe seleccionar los hechos como le da la gana en función de una necesidad narrativa o ideológica.

La cosa no sería tan grave si tanta gente no diera por sentado que puede aprender historia con una dieta a base de narrativa y con exclusión, por rigurosa prescripción facultativa, de las malditas notas a pie de página. No, de ninguna manera. A una novela hay que pedirle que nos entretenga, que nos emocione o, en el mejor de los casos, que nos deslumbre con sus artificios estéticos. No esperemos encontrar en ella un atajo para saber historia sin tomarnos el trabajo de estudiarla. De ahí que podamos disfrutar de Pérez-Reverte como el Dumas español que es, pero no confundirlo como un oráculo en arduas cuestiones académicas. Veamos, por ejemplo, su tratamiento de la antigüedad clásica.

En El pequeño hoplita propuso un relato infantil que sitúa a un niño imaginario en la batalla de las Termópilas, el enfrentamiento entre un reducido grupo de espartanos y un ejército persa abrumadoramente superior. Como único superviviente, él será el responsable de escribir la gesta de los hombres de Leónidas para que no pierda su memoria histórica. En esto, el personaje recuerda mucho a Iñigo Balboa, el pupilo Alatriste. Iñigo también es el más joven y, en su caso, deberá contar lo que fueron los Tercios.

Siempre polémico, Pérez-Reverte suscitó con esta pequeña obra una amplia controversia. En Twitter, fueron muchos los que pensaron que El pequeño hoplita resultaba poco apropiado para un público de corta edad por insistir en la idea de la vida como una lucha. Las críticas partían, cómo no, de un concepto moralista y políticamente correcto. Los niños serían tan frágiles y tan estúpidos que hay que cubrirlos con una manta espesa para que no puedan ver los horrores del mundo. Como dice Homer Simpson, ya tendrán ocasión de saber lo que es la muerte cuando pierdan a un ser querido. ¿Para qué van a aprenderlo, de manera vicaria, a través de la literatura?

Lo malo del escritor cartagenero es que es tan gran novelista como antipático en sus pronunciamientos públicos. Eso explica que mucha gente le deteste sin tomarse el trabajo de leer sus libros. Él mismo, con esa tendencia suya a apagar fuegos con gasolina, alimenta su propia leyenda con el peligro, muy real, de convertirse en su propia caricatura. Veamos, por ejemplo, su intervención a propósito de 300, la película de Zack Snyder sobre las Termópilas. Aunque reconoció que aún no había visto la cinta, Pérez-Reverte se puso, en términos inequívocos, del lado del bando griego.

“Eran los nuestros”, afirmó en uno de sus artículos. Los guerreros de Esparta habían hecho posible la libertad de Europa frente a la tiranía. El reduccionismo, para cualquiera que sepa algo de la Antigüedad, salta a la vista. ¿De verdad nuestros países democráticos pueden reconocerse en una ciudad donde no se permitía la disidencia política, una ciudad que ha pasado a la historia como encarnación del militarismo más brutal? Como decíamos antes, la historia es la historia y la literatura es la literatura. No hagamos mezclas innecesarias, sobre todo cuando conducimos un viejo automóvil que debe llevarnos a tiempos y lugares que no son los nuestros.

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