Pequeños teatros, grandes en cultura

El sábado por la noche, en el Teatro de Guadalcacín hubo teatro del bueno.

Un momento de la representación de 'Hambre' en el Teatro de Guadalcacín.
Un momento de la representación de 'Hambre' en el Teatro de Guadalcacín.

Jerez cuenta con un excelso teatro, el Villamarta, con una magnífica programación y con todos los avíos de un gran escenario. Pero también goza de un segundo y enorme gran escenario, por más que su patio de butacas sólo alcance los dos centenares y no disponga de foso para la orquesta o de otras finuras. Se trata del Teatro Municipal de Guadalcacín, del que soy asidua.

A estas alturas, si han tenido la deferencia de leerme un par de veces, ya sabrán que una de mis debilidades es la campiña de Jerez, sus paisajes, historias y, sobre todo, sus gentes. Y en ese marco, tengo debilidad por el Teatro de Guadalcacín.

Una escena es un vacío. La cuestión está en cómo se nutre, quién se ocupa de ese alimento y hasta dónde es capaz de paliar el hambre de cultura de quienes lo visitamos. La escena del teatro guadalcacileño siempre está llena de apuestas de calidad, sean éstas infantiles, experimentales, de danza, flamenco o puramente teatrales. Ir siempre suma.

La culpa, la responsabilidad y el mérito está en el equipo que se ocupa de nutrir ese escenario, que es el mismo que gobierna el pueblo y el mismo, también, que te puedes encontrar a la puerta, un sábado por la noche cualquiera, ocupándose personalmente de picar las entradas, presentar a los artistas, saludar y acompañar a quienes entrar o abrir y cerrar las puertas de salida del recinto. Es la política de pueblo, 360 grados.

El Teatro de Guadalcacín siempre ofrece espectáculos extraordinarios, como el que este sábado pudimos disfrutar a veces a pura carcajada y a veces sobrecogidos por la profundidad del texto y la interpretación que nos regaló David García-Intríago, de La Líquida, con su Hambre, del que es autor e intérprete.

El televisivo actor de Acacias-38 criticó el miedo a la educación del pobre, habló del hambre y de las hambres de nuestra His-pan-íaaaaaa, retó a señalarse a quienes hubiesen leído el Quijote, recorrió la cuerda locura del hidalgo, reinterpretó la escena de la venta de Maritornes encarnando al tiempo a los cuatro personajes intervinientes, emocionó con su sentida interpretación de la bruta y sencilla Mari Gutiérrez-Teresa Panza a su marido Sancho, se paseó goloso entre el público, nos hizo rememorar a José Luis López Vázquez y a Fernando Fernán Gómez, regaló chacinas, besó en la boca y disfrutó y nos hizo disfrutar de manera magistral, recordándonos que eran gigantes, y no molinos lo que el universal veía; que somos gigantes.

El sábado por la noche, en el Teatro de Guadalcacín hubo teatro del bueno. Y música en directo, de la mano del violonchelista Mauricio Gómez Yamamoto, contrapunto imprescindible a la interpretación del malagueño, que lo mismo nos llevó al barroco que nos acercó al célebre Pasacalle de Bocherinni —recordado por la célebre escena de Máster and Commander— o a The final countdown de Europe en los minutos finales del espectáculo.

Un pequeño gran escenario, nutrido de un espectáculo de profunda calidad para paliar el Hambre y las hambres de pan y de cultura.

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