Una madre vigila a sus hijos durante un paseo. FOTO: CANDELA NÚÑEZ
Una madre vigila a sus hijos durante un paseo. FOTO: CANDELA NÚÑEZ

El volcán de La Palma no provocará, según los expertos, ningún tsunami que pudiera llegar a Cádiz antes de que la Virgen de La Palma pudiera salir a las calles a parar las aguas.

Mientras los guardias, en los vestíbulos de la estación y en los andenes, vestidos como legionarios romanos, de cuatro en cuatro, forman círculos en cuyo interior quedan sus espaldas, y en una de ellas cuelga un extintor, este mismo sábado, una joven se había bajado del mundo gracias a sus auriculares con los que parecía una astronauta. El andén número 13/14 estaba atiborrado de viajeros y ella en medio de aquel caos lo vivía ajena. Se esperaba a los hinchas del Bremen para jugar su partido de la liga de segunda contra el Hamburgo.

Otra joven adulta, ya en el tren, descubrió una hormiga en su ropa y pasó todo el viaje jugueteando con ella o tratando de que se desprendiera de su ropa para que siguiera su camino alejada del suyo. Una imagen que me hizo pensar que aquella joven seguramente sería, además, vegana, y a la que no se le ocurrió sacudirse a la hormiga sino que la trató con toda ternura y la consideró un ser vivo como ella misma. Usó el teléfono móvil, en una sola ocasión, de su madre.

Del tren me fui a mi café junto al río y me senté contra la pared a beber mi espresso, a contemplar el río, a escudriñar las hojas de los árboles de las riberas en busca de algún incipiente color otoñal, que no había, y llegó una joven madre con sus dos hijos. Se sentaron junto a mí y el muchachito más joven lo hizo en el escapar del cojín de su mamá mirándome. Yo lo observé divertido. Su madre, enseguida, y con mucha ternura, tiró de su niño hacia sí y le explicó que no se acercara demasiado a mí, que debía dejar que yo pudiera seguir tranquilo. Me emocionó tanto que le dije que me había emocionado, como padre, ver a una madre que educara a su hijo en las habilidades de salón. Ella se ruborizó un poco, dijo que claro y me dio las gracias. Yo repuse que su hijo no me molestaba en absoluto.

Habilidades de salón, algo que suele sonar a salón de la calle Serrano o de Bahía Blanca. Algo rancio y de abolengo cortinil, pero que tiene varios aspectos. Uno es, sí, esa educación de las clases altas para ir demostrando al mundo en que cuna se nació, lo que permite muchas veces el capricho de løs tiranueløs. El otro aspecto nada tiene que ver con la clase social sino con la clase de sociedad en la que estemos: educada para respetar el espacio de las otras personas, su espacio y su movimiento; su forma de vivir y la nuestra. Consideración y empatía hacía todos løs otrøs. Habilidades de salón son, en este sentido, eso que debemos aprender para no herir a los otros en las pequeñas cosas, aunque no sean heridas lo que provoquemos sino irritaciones que causen molestia.

Estos tres encuentros casuales contrastan con la brocha gorda de un comportamiento, en el espacio público, que la presencia hosca de aquellos policías suponían. También con la sutileza de todos esos desahucios que con aparente elegancia jurisdiccional se cometen todos los días. Con los atropellos constantes contra el resto de los seres vivos, grandes o pequeños, y contra el agua o el aire; subirse a un coche desata en muchas personas una cierta intolerancia, a sí mismos, como cuando se toma un alimento que el propio cuerpo no resiste bien. Con la perpetración de una factura de la luz que, como bien necesario para la vida, es necesario considerarla, la factura, como un ataque contra las personas, contra todas las personas; un ataque que sufren como una grave agresión las personas más vulnerables o con menos medios económicos.

Volver a la vida en la ciudad, o pueblo, es en este sentido volver a las personas, a sus necesidades y a ver la existencia en sus detalles más pequeños. Ya el mundo se reordenará si quiere. Haga lo que haga ese mundo exterior, grande y complejo, nosotros vivimos en nuestras pequeñas cosas diarias, aunque los medios de comunicación puedan despistarnos y nos hagan pensar en cómo vamos a resolver los problemas de algún lugar lejano de este mundo. Quizá el modo de resolver la falta de cuidados en esos lugares tan lejanos sea cuidarnos en esta vecindad cotidiana en la que vivimos: en la de nuestra escalera, nuestra panadería, donde quede, nuestro vecino en el café.

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