Que José María Pemán vuelva a figurar oficialmente como Hijo Predilecto de Cádiz tras una resolución del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía no es un hecho neutro. Es una decisión que interpela directamente a la memoria democrática, a los símbolos públicos y a la dificultad persistente de cuestionar determinados referentes culturales vinculados al franquismo.
El franquismo no fue solo una dictadura autoritaria: fue un régimen profundamente misógino, que construyó un modelo de mujer sometida, dependiente y silenciada. Un modelo que no se sostuvo únicamente mediante la represión, sino también gracias a una legitimación cultural e intelectual que lo hizo aceptable y duradero. Pemán fue uno de los autores que contribuyeron a dotar de coherencia moral y simbólica a ese proyecto político.
Defendió la familia patriarcal como eje del orden social, la subordinación femenina como algo natural, la religión como mecanismo de control y la eliminación de cualquier proyecto emancipador. No se trató de opiniones aisladas ni circunstanciales, sino de un discurso alineado con un sistema que expulsó a las mujeres de la vida pública, las privó de derechos y las devolvió a una dependencia legal y social absoluta.
Mientras muchas mujeres eran rapadas, encarceladas, apartadas de la educación o condenadas a la tutela del marido, intelectuales como Pemán aportaban un relato que normalizaba ese orden. Por eso no es posible separar su obra de su papel político. No se trata de censurar libros ni de borrar la historia, sino de no convertir en referente moral y simbólico a quienes colaboraron activamente con un sistema que negó a las mujeres la condición de sujetos de pleno derecho.
¿Por qué el gobierno de Kichi le retiró el título?
En 2021, el Ayuntamiento de Cádiz, gobernado por José María González 'Kichi', retiró a Pemán el título de Hijo Predilecto de la ciudad aplicando criterios de memoria democrática.
Desde una perspectiva feminista, la decisión tenía una lógica clara: los honores públicos no son neutrales. Nombran a quién se considera digno de admiración colectiva y transmiten valores. Una ciudad democrática no debería homenajear institucionalmente a figuras que apoyaron un régimen que persiguió, castigó y anuló a las mujeres.
No se trataba de borrar a Pemán de la historia, sino de retirarlo del pedestal.
¿Y por qué la justicia ordenó devolverle el título?
En 2026, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía anuló la retirada por razones formales y jurídicas, no por una reivindicación ética de la figura de Pemán. El tribunal sostuvo que el Ayuntamiento no acreditó de forma suficiente que el título implicara una exaltación directa del franquismo conforme a los requisitos exigidos por la ley vigente.
Este fallo deja al descubierto una cuestión de fondo: la legislación de memoria sigue teniendo dificultades para abordar el patriarcado simbólico. Lo legal no siempre coincide con lo justo, y la democracia formal continúa conviviendo con homenajes a quienes sostuvieron sistemas de opresión.
La pregunta de fondo
La cuestión no es solo Pemán.
La pregunta es a quién seguimos homenajeando y por qué.
¿Qué mensaje se envía a las mujeres cuando se mantienen honores a figuras del nacionalcatolicismo, se relativiza su papel en la represión y se pide “contextualizar” constantemente a hombres con poder cultural, mientras la violencia estructural contra las mujeres sigue siendo minimizada?
Los símbolos importan. Los nombres, los títulos y las distinciones educan políticamente. Una ciudad que se dice comprometida con la igualdad no puede seguir honrando a quienes defendieron un orden basado en la subordinación femenina, por muy relevante que fuera su obra literaria o su peso histórico.
En síntesis
Pemán fue un intelectual al servicio de un régimen misógino.
Retirarle honores no es censura, es responsabilidad democrática.
La justicia puede devolver un título, pero no puede imponer admiración social.
La memoria democrática no exige olvido, exige lectura crítica.
Y Cádiz tiene derecho a decidir a quién coloca como referente público.
