El psiquiatra Alfred Adler nació en Viena en el seno de una familia judía allá por 1870, un par de décadas antes de que el psicoanálisis empezase a cobrar vida en los trabajos de Sigmund Freud y de Josef Breuer. Después de graduarse en medicina en 1895, empezó a entrar en contacto con la corriente psicoanalítica de Freud, a quien conoció personalmente poco después. A partir de entonces, Adler empezó a introducirse en la teoría freudiana, pero enfatizó más en el poder que tiene cada individuo para estructurar el funcionamiento de su mente según lo que le ocurre en el presente. Así fue como el vienés forjó las bases de una nueva Psicología Individual, más optimista y autónoma, que ha tenido una gran influencia en la Psicología Humanista de la segunda mitad del XX. Alfred Adler dejó un amplio legado. A mí me resultan particularmente estimulantes en su obra el potencial de auto superación que le concede a la psique —en un mundo cada vez más descarnado, siempre está bien que alguien crea en nosotros— y la confianza en lo humano por encima de las irrefrenables pulsiones freudianas.
"Una mentira no tendría sentido si la verdad no fuera percibida como peligrosa", escribió Alfred Adler. Hay que hacerle caso porque conocía bien cómo funciona la mente del que miente. Estos días hemos vivido un caso paradigmático de mentira construida para no afrontar una incómoda verdad. El cómico Héctor de Miguel, conocido artísticamente como Quequé, ha abandonado sin previo aviso el programa de radio que desde hace años venía presentando en la Cadena Ser. Para quienes no conozcan el formato, se trata del pódcast de humor Hora veintipico. El 22 de enero, el programa —en la que a la postre sería su penúltima entrega— emitió un sketch parodiando la cobertura del trágico accidente de Adamuz por parte del programa En boca de todos (Cuatro TV) y de su presentador: Nacho Abad. En la sátira, el humorista dejaba al descubierto de forma brillante e ingeniosa las miserias del pseudo periodismo y las vergüenzas públicas de quienes están dispuestos a todo por el morbo y por un par de puntos más de share. Tras la publicación del pódcast, las redes ardieron —como suele decirse— y se llenaron de críticas al cómico por lo que entendieron según parece como una imperdonable “mofa de las víctimas”. Nada más lejos de la realidad. Si la verdad, que no es otra que la crítica a la falta de principios y de deontología profesional, no resultara tan peligrosa según a quién destape, no haría falta fabricar en las redes mentiras tan sangrantes.
Mención aparte merecen aquellos a quienes resulta tan fácil colarles una patraña semejante: esos que arden en deseos de crucificar a un cómico al que ya denunciaron unos tales abogados cristianos por ironizar con volar el Valle de los Caídos. Ya saben que la estupidez galopa a sus anchas cuando impera el trazo gordo. Y la mención más aterradora de todas es para los cobardes de ultraderecha que amenazan con agredir a unos artistas —y a su público si se tercia— a las puertas de un teatro. Esos canallas que consiguen que las voces díscolas se acallen al son del temor. Quienes hemos experimentado de un modo u otro ese miedo sabemos bien de lo que son capaces. Juegan en esa cancha, se mueven con soltura en ese barro. Por eso, ante sus provocaciones, su bravuconería y su estulticia, solo nos queda seguir gritando bien alto las verdades peligrosas contra sus burdas mentiras.



