Patriarcado y mujer

El cuerpo de la mujer sigue siendo un objeto, capricho de los hombres, y mercancía con la que obtener importantes beneficios. 

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Miembro de la Asociación de Hombre Igualitarios de Andalucía. (A Rocío siempre, antes, después y luego)

Cristina Pedroche, con el vestido de las campanadas del pasado año.
Cristina Pedroche, con el vestido de las campanadas del pasado año.

Ser macho es lo que importa. El objetivo, y una de las condiciones que mejor nos define como hombres, en torno a la cual construimos nuestra personalidad. Ser macho es la esencia de lo que somos, lo que nos diferencia de la mujeres. Esta condición va acompañada de una determinada orientación sexual, concreta, definida y sin titubeos, la heterosexualidad. A los hombres nos gustan y atraen las mujeres.

Esto consciente, o inconscientemente lo vamos proclamando a cada instante, en nuestros comportamientos, ideas, y actitudes. Ser maricón es lo contrario, un afeminado. Alguien que deshonra la condición, e incorpora aquellas debilidades de las que huimos, porque hemos atribuido a las mujeres. El macho es poderoso y agresivo. Conquista y seduce con el poder. La violencia parte de su ADN, y la manera de conseguir y mantener el dominio sobre el territorio.

En el mundo de los machos, las mujeres juegan un papel secundario, subordinado, objeto de negocio, deseo y placer sexual. Por eso que Cristina Pedroche mercadee cada fin de año con su cuerpo nos complace. Pero el gesto de esta mujer no es más que uno de los millones de gestos, comportamientos, actitudes, pensamientos, que conforman la base del machismo. Un sustrato de cotidianidades que alimentan las violencias, y discriminaciones que sufren las mujeres. Y nuestras risas, sonrisas, y permisividad, los caminos que llevan al vértice de una pirámide, en el que se acumulan asesinatos de mujeres, adolescentes objeto de trata y abusos sexuales, mutilación de genitales y vida a cientos a niñas, o menores, entregadas en matrimonio a hombres que las triplican la edad.

Pero esto, lo que no queremos ver, es lo que con nuestra indiferencia y apoyo, mantenemos, normalizando cientos de actos vergonzosos y machistas, que son presentados como banales, poco importantes, o fruto de una falsa libertad individual, y que en el fondo sostienen un marco de relación entre mujer y hombre, basado en jerarquías, desigualdades, y violencias.

Una sociedad que mira a otro lado, y permite actos de esta índole, es una sociedad que en verdad no ha incorporado aún la igualdad entre hombre y mujer como criterio esencial de la vida. El cuerpo de la mujer sigue siendo un objeto, capricho de los hombres, y mercancía con la que obtener importantes beneficios. Las campanadas de cada fin de año en Atresmedia son también un rotundo mensaje a navegantas, sobre quien manda, y cuál es su poder.

Porque a esta mujer no la ven por sus méritos profesionales, personales, lo que haga, diga, o vaya hacer o decir, la ven por su cuerpo. La persona no importa, solo importa la cosa. Pero así seguimos los hombres, cada fin de año sentados frente al televisor, con nuestros grupos de amigos, en el trabajo, en la vida, normalizando este sistema patriarcal que tanto dolor causa.

Estoy convencido de que todo esto cambiará y más pronto que tarde se olvidará, pero también estoy seguro, que no será por el empeño y el trabajo de los hombres. Será la fuerza del feminismo, la que nos obligue a los hombres nuevamente a cambiar y reflexionar.

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