Una mujer de Sikkim (actual India) transportando a un hombre británico en torno a 1900.
Una mujer de Sikkim (actual India) transportando a un hombre británico en torno a 1900.

He oído por ahí que los musulmanes van a venir y van a conquistar Europa y van a bombardear nuestras catedrales y van quitarles los derechos a nuestras mujeres y van a devolvernos a la Edad Media y van a matar a quien no se convierta y van a causar la Tercera Guerra Mundial...

También he visto que cuando se invita a entrar en razón a quien lo dice, este se aferra a su última barbaridad con una tozudez increíble. A nadie le gusta que le contradigan, pero hay límites. Si se demuestran que los musulmanes en su conjunto no conspiran por violar a nuestras hijas, lo harán por violar a nuestras madres… Estoy seguro de que si hiciéramos un estudio estadístico entre los que alguna vez se han justificado diciendo “¡pero mira cómo se cargaron las ruinas de Palmira!”, comprobaríamos que más de la mitad –y me quedo corto- las descubrió gracias al salvajismo del ISIS. De otro modo a saber si las hubieran googleado algún día… Es como si hubiera algo que subyace a las acusaciones, una máquina de fabricar acusaciones non-stop.

Lo hay. Lo que realmente se teme no es la destrucción física. Ojalá fuera tan sencillo como eso. Lo físico, para la psique humana, importa mucho menos de lo que nos quieren vender los estilistas. Lo físico casi siempre es la cara visible de una abstracción. Se teme la destrucción de nuestras ideas. Y nuestras ideas son nuestro mundo.

No cabe mayor temor.

El moro, el chino, el negro o el mariquita no tienen que hacer absolutamente nada para irritarnos. Sólo estar ahí, que los veamos. Su propia existencia es la amenaza. La amenaza de que hay otros que piensan distinto, comen distinto, hablan distinto, actúan distinto, visten distinto. Y, consiguientemente, la sospecha de que la forma en la que pensamos, comemos, hablamos o actuamos nosotros puede ser errónea.  De que todo lo que damos por sentado sobre la vida quizás sea mentira. El mero hecho de verlos ahí con sus ropas, sus lenguas, sus ritos… nos lo sugiere calladamente. ¡Nos están provocando…! Me regodearé describiendo con todo lujo de detalles las futuras guerras, bombas y hecatombes, pero sólo estoy decorando la verdadera matanza: la de mis prejuicios.

Ante la amenaza del Otro tenemos dos salidas: o la fascinación o el rechazo. Rara vez cabe la indiferencia. O la voluntad de aprender y dialogar (más quizá una ingenua idealización donde descargar nuestras frustraciones) o borrarlos a todos del mapa. La historia nos muestra, lamentablemente, que casi siempre nos hemos decantado por la segunda. Hagamos un repaso, por ejemplo, a la historia de España a partir la Edad Media. Primero estaban los moros, pero gloriosa y bravíamente los quitamos de en medio. Los judíos, los quitamos de en medio. Cuando ya parecía que habíamos limpiado la mesa, conquistamos América y otra vez a quitar culturas de en medio: sólo empezamos a respetar a los individuos cuando los vimos convertidos en una mala copia de nosotros. Asegurado el Imperio, vienen los franchutes. Y cuando finalmente España es una, grande y libre, nos toca suprimir a los pérfidos masones, comunistas o republicanos, que no son verdaderos españoles. Que son menos españoles que un japonés.

Empresas como la Reconquista sólo son excusas. Pudimos haber hecho etnografía de Al-Ándalus, podíamos haber nutrido vínculos culturales y económicos con ellos, pero eso necesariamente implicaba alterar alguna de nuestras apreciadas ideas sobre el hombre y el mundo. Mejor siglos interminables de encarnizadas batallas, diezmando drásticamente nuestra población, que cambiar una sola de nuestras ideas… Y así en todos lados, desde que el tiempo es tiempo y mientras este absurdo ser humano siga multiplicándose sobre la tierra, tal vez.

Lo más paradójico de todo es que cuando terminan las Reconquistas ese mundo por el que lucharon los ancestros ya no suele estar en vigor. Las ideas de quienes se aferraban a una Unión Soviética que hacía aguas no eran exactamente idénticas a las de sus fundadores. El ser humano es por naturaleza creativo, aunque la mayoría de las veces lo es a su pesar. Las ideas se desgastan con el tránsito de las generaciones, nos guste o no. Sólo los bobos se van a la tumba tranquilos pensando que dentro de siglos, o milenios, triunfarán sus preconcepciones personales sobre el mundo y ningunas otras.

Muchos racistas consideran a sus enemigos jurados eslabones perdidos entre los hombres y los animales. Los nazis decían que los judíos eran por naturaleza semejantes a los ratas, o peores. Sin embargo nunca he oído que construyeran campos de exterminio para ratas, ni sé de genocidios de perros, cerdos, lagartos o insectos bajo la excusa de que son “inferiores al hombre”.  Por suerte, la inconmensurabilidad les libró de ello. En cambio, sí es sabido que la mayor saña se despierta cuando el enemigo está infiltrado, cuando es aparentemente irreconocible: el caso del judío, el rojo, el blanco, el seguidor del Mánchester...  El español y el moro. El estilo de vida y la mentalidad de un gorrión son sin duda más diferentes, pero tanto, tanto, tanto que no nos sentimos en peligro en su presencia.

Recuerdo volver de Asia y darme cuenta de que todo el mundo tenía más o menos la misma pregunta: cómo eran las cosas ALLÍ. Si esto lo hay ALLÍ. Si esto se hace ALLÍ. Si esto se come ALLÍ. No sabían los nombres de los países, pero daba igual. Lo que importaba era ALLÍ. Incluso el más etnocéntrico dejaba caer alguna pregunta disimulada sobre ALLÍ. ¡Y cuán genuino su placer al conocer la respuesta! De nuevo puede que no supiera de qué país se estaba hablando, pero su ALLÍ particular quedaba satisfecho. Eso era lo principal. Cada uno tiene el suyo.

Y hablando de Asia… Ahora que los británicos se regodean tanto en aislarse tendemos a olvidar que disfrutaron hasta mediados del siglo XX de uno de los imperios más extensos conocidos, que llevó la Ley y el Orden a tierras salvajes como las que hoy pertenecen a India, Pakistán, Sri Lanka, Myanmar o Bangladesh. El sueño de muchos de esos impermeables hombres blancos, cuya britishness se exacerbaba por cada día que pasaban en las colonias, era retirarse a la plácida Inglaterra habiéndose merecido un envidiable estatus social, quizá el suficiente para proveer a su queridas esposas de los mejores champús, pijamas, vestidos de cachemira y otros lujos, o invitar a sus amigos a la veranda de su bungalow a degustar algún plato con mucha pimienta. Y sí, por supuesto contar exitosas batallitas sobre aquellos bárbaros y su despreciable cultura, mientras servían tazas y tazas de a sus invitados…

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