Caín y Abel, vistos por Chagall en 1911.
Caín y Abel, vistos por Chagall en 1911.

Los siglos XIX y XX, han sido un continuo ensayo para encontrar fórmulas sociales y económicas que hicieran posible los ideales de la Revolución Francesa. Las ideas contemporáneas de libertad y de igualdad fueron tomando cuerpo en conceptos jurídicos y políticos a lo largo de casi 250 años.

En un extremo, la exaltación de la libertad del yo como valor supremo alentó el estallido nacionalista, la emancipación de las colonias, la creación de nuevas naciones, el enaltecimiento de la propiedad privada y del libre mercado en la versión de La riqueza de las Naciones de Adam Smith

En el otro, la lucha por la igualdad inspiró la revolución rusa de 1917 y la expansión de los regímenes comunistas, la creación de la Sociedad de Naciones, de la Declaración Universal de Derechos Humanos, el fortalecimiento del Derecho Internacional, la llamada teología de la liberación…

Entre estos dos polos ha transcurrido la historia de las sociedades modernas desde 1789 hasta nuestros días. Quiero, no obstante, señalar un hecho que me parece muy significativo. Durante casi 100 años, de octubre de 1917 (revolución rusa) a noviembre de 1989 (caída del muro de Berlín), todos los países eran o capitalistas o comunistas, a excepción de una zona geográfica en la que existía el libre mercado, democracia parlamentaria…pero, sin embargo, se permitía una fuerte intervención estatal en amplios sectores de la economía nacional: sanidad, educación, seguridad social, regulación de intereses de grupos económicos antagónicos…es decir, unas reglas del juego y un reparto de los beneficios del mercado y de la “plusvalía” social inéditos en cualquiera otra parte del mundo.

Este lugar era Europa. Y este pacto fue posible por muchas razones de diversa índole, pero en definitiva por un gran acuerdo tácito entre la visión conservadora representada por la Democracia Cristiana y el Partido Liberal, por una parte, y, por otra, la visión revolucionaria representada por los Partidos Comunistas y Socialistas de los países europeos occidentales. Este pacto no escrito dio carta de naturaleza a un modelo cercano a la socialdemocracia, a la doctrina social católica y a una versión blanda del liberalismo de Adam Smith, más cercana a su “Teoría de los sentimientos morales”. Y consiguió delimitar el continente con mayor prosperidad económica y mayor nivel de distribución de rentas de todo el planeta.

Este pacto social se rompió, en mi opinión, por dos motivos. Por la ausencia de presión del sistema comunista con la caída del muro de Berlín y la desaparición del régimen comunista soviético, y la redefinición ultraliberal de los conservadores de los años 80 del pasado siglo: si ha desaparecido la amenaza de una revolución que destruya el sistema capitalista, ¿por qué razón hemos de renunciar a una parte de la plusvalía en favor de los trabajadores?

Y, consecuentemente, reafirma la visión más extrema del liberalismo económico en tiempos de prosperidad y crecimiento, volviendo a colocar la piedra angular del sistema en la propiedad privada y en el viejo lema “laissez faire, laissez passer” (excepto si hay crisis sistémica, que entonces se acude a una intervención del Estado para proceder al rescate empresarial, como se ha demostrado en la última gran crisis económica. No se pueden socializar los beneficios, que son privados; sólo las grandes pérdidas, que han de ser rescatadas entre todos).

¿Pero qué ha pasado con la idea de “fraternidad”? Pues no ha tenido la consideración -ni de lejos- a las otras dos anteriores. En todo caso, una cierta fraternidad se recluyó en los sistemas nacionales de beneficencia y en los hospitales para pobres, en las órdenes religiosas de enseñanza o sanitarias y, modernamente, en las Organizaciones No Gubernamentales. Pero todo -o casi- bajo el paraguas ideológico del asistencialismo. La Fraternidad no ha dado lugar a concreciones jurídico-políticas como sí lo tuvieron sus hermanas la libertad y la igualdad. Entre otras muchas razones porque no ha habido una “metafísica del Otro”, un gran sistema filosófico del Otro que sentara los fundamentos y ampliara la visión de un nuevo Derecho Político, un nuevo Contrato Social.

A veces sorprende el devenir histórico de las ideas. Y, desde luego, el caso de la idea de fraternidad, entendida como se utilizó por primera vez en la Revolución Francesa, es paradigmático: la libertad y la igualdad la han eclipsado casi totalmente. ¿Podría ser esta idea olvidada la clave de la superación histórica de este antagonismo? Una fraternidad entendida como tercer momento, como síntesis que engloba y supera la tesis (libertad) y antítesis (igualdad). Y las supera conservándolas, como diría Hegel.

La fraternidad es más que un sentimiento, pero, incluso como tal, ha desaparecido en la convivencia cotidiana de este extraño y feroz país llamado España. Los españoles no tenemos mucho miramiento, somos como más partidarios de Caín.

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