Parecería que las personas votan con el prestigio en la papeleta. Desde hace mucho tiempo se viene cultivando el prestigio social, un prestigio social excluyente: el clasismo de toda la vida. La nueva medievalización social se advierte, también, al ver esa lucha incansable por vivir del prestigio social. Deja de ser importante, al menos a la hora de votar, el precio del alquiler, el del pan y el del transporte: terminas votando al que quiere bajarte la pensión de jubilado con tal de mantenerte socialmente visible como en aquella película en blanco y negro en que un hidalgo se frotaba un mendrugo de pan duro por encima de la ropa para que las gentes, por la calle, vieran que sí habías comido. Una visibilidad que es mentira, un simple espejismo.
Lo importante, parece, es ser español, aunque no te detecten un cáncer a tiempo por la decisión de un Gobierno que dice que es necesario ahorrar en salud o el servicio de salud no responda, aquí. Eres un hidalgo, que es lo que importa: un hijo-de-algo, un hidalgo español, que lo que te importa es el rango. Un hidalgo que no quiere líos, que todo siga su orden: antes de salir de casa frotarse bien el pan seco; luego, en la calle, saludar a los vecinos y hacer como que tienes la panza llena. Y aplaudir a los ¿nobles?, a ver si te meten en la nobleza. Ciclista de montaña: patadas a los de abajo, a los que están peor que tú, y agachar la cabeza. Te imaginarás que los que están un poquito más arriba que tú hacen lo mismo, así que nunca vas a llegar a ninguna parte con tanto pataleo.
Con lo del hidalguismo no pasa como con lo de la riqueza: que todos no pueden ser ricos. Hidalgo se puede sentir cualquiera: digamos que la cosa empezó con que los vendedores de los grandes almacenes se vestían como los dueños de los grandes almacenes. Vestidos igual, otro espejismo, primer paso, algunos se creyeron iguales, segundo. Al prestigio por el modo de vestir; por las migas del pan que no puedes comer ni comerás nunca por ese camino. Impuestos a los super ricos no, por favor, que no quiero impuestos yo, pa’ mí, cuando sea rico. Pero nunca serás rico. Bueno, eso ya lo veremos; verás cuando me toque el gordo [los impuestos que vas a pagar; ahí sí que vas a pagar impuestos].
Prestigio social, prestigio de origen, cristiano viejo. ¿Y el precio del alquiler? ¿Y la lista de espera para la prevención del cáncer? Para el alquiler está la familia y quedarse en casa; para el cáncer los entierros y la esperanza religiosa. Nada nuevo, excepto que los tontos-del-pueblo hoy están reunidos, conectados y hacen campaña en favor del hidalguismo.
El miedo al estigma, por la boca muere el pez, no te signifiques. Pero, ¡si el voto es secreto! Pues lo han conseguido, levantar los barrotes de la cárcel dentro de tu corazón y de tu cabeza. Es más, la cárcel ya te la construyes tú mismo para ti mismo.
La fascinación por el prestigio social, crece a medida que aumenta el miedo a la pobreza; aunque, como con el hidalgo sin dinero, el prestigio social no garantiza la renta. Los datos dicen, con claridad, que cada vez hay menos ricos con mayor cantidad de riqueza: los super ricos. Que cada vez la riqueza está en menos manos. Que cada vez es más imposible la movilidad social y que la inteligencia artificial ya supone mayor pobreza para amplios grupos sociales, incluso con formación profesional o universitaria en diferentes partes del mundo. España no es diferente.
Antes, el sentido común indicaba que el prestigio social no daba de comer; ahora entramos en la moda de preferir el prestigio social en lugar de comer o de tener salud. El ser humano aprendió a desear el abismo y desaprende la alegría.



