Los monstruos se desvelan por las calles desiertas, cuando la quietud se extiende como un bálsamo por las casas de persianas echadas y la siesta dificulta la vigilia.
Los monstruos se desvelan por las calles desiertas, cuando la quietud se extiende como un bálsamo por las casas de persianas echadas y la siesta dificulta la vigilia. Sólo entre ellos se observan, el entrenador infantil, el hermano del padre, la nueva pareja de la madre, ocultan su perversa crueldad bajo caras amables. Los críos no se asustan, les conocen, les toman de la mano, les acompañan entre risas y siempre sin testigos. Ellos aprovechan esa pequeña escapada al kiosco de la esquina donde el dueño dormita bajo el zumbido del ventilador. Cuando sus víctimas entren en sus cubiles, no volverán a pisar las aceras con sus pasitos leves y veloces. Serán simultáneas la alarma de los padres y la mordaza que impide que los gritos alcancen los oídos de alguien. Tan cerca del paraíso profanado, unas puertas abajo, en poco tiempo, nada será posible.
La aberración no es sensible a la vista y un día más tarde el verdugo hará cola en la panadería donde la única conversación será cuál habrá sido la suerte del ángel. Ajeno a él mismo, superado el trance que le llevó a ir de caza, simpatizará y se unirá a la angustia común, buscando por donde nunca estuvo. En el calor del sur, el silencio será el frío por el que transiten los padres y el insomnio que no les trae noticias. Los días transcurridos serán los enemigos de la esperanza y se empezará a hablar de la justicia. Como si todas las cárceles juntas pudieran devolver al mundo la inocencia de los gorriones.
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