Artículo de opinión escrito por Francisco Garrido, titulado 'Los objetos oblicuos (I): El futbol y la izquierda'. Imagen, fragmento de la portada del libro (TUSQUETS).
Artículo de opinión escrito por Francisco Garrido, titulado 'Los objetos oblicuos (I): El futbol y la izquierda'. Imagen, fragmento de la portada del libro (TUSQUETS).

Nunca fuimos más felices, del poeta valenciano Carlos Marzal, es uno de los pocos libros que se pueden encontrar sobre fútbol. El libro trata sobre  otras muchas cosas interesantes como la paternidad y la caducidad del tiempo, ningún texto literario es monotemático, ni la biblia. Pero resulta asombroso que un asunto tan popular como el fútbol, sea tan poco literario. Aventuro una hipótesis; el universo de los objetos literarios está dominado por un fuerte sesgo ilustrado y elitista.

La mejor izquierda ilustrada (liberal o republicana) ha sido, paradójicamente, capaz de encontrar la ideología en la gran cultura pero no en la cultura popular de la que forma parte el fútbol, la música, el cine de masas, los videos juegos o la moda. Y digo paradójicamente porque es ahí, en la cultura popular, donde operan realmente los apartados ideológicos de dominación. En la gran cultura hay apropiación y exclusión por parte de las elites; pero en la cultura popular hay dominación, que es mucho más relevante para el ejercicio del poder político. Para la izquierda ilustrada la cultura popular o no existe, o es un una especie de “coros y danzas del buen salvaje” dentro del cual no cabe ni el fútbol, ni la cultura popular realmente existente.    

Adscribir una etiqueta ideológica a un club de fútbol es una frivolidad más allá de que algunos clubs puedan ser usados políticamente en algunos momentos. La política es demasiado compleja como para incurrir en esas frivolidades. La adhesión personal a los clubs forma parte de una  ritualidad emocional y azarosa no correlacionada con las adscripciones ideológicas o políticas.  El gusto, o el no gusto, por el fútbol tampoco es etiquetable ideológicamente sin incurrir en simplismo. Lo que sí es significativo ideológicamente es el odio al fútbol. Miren que no digo la indiferencia, el disgusto o el desprecio; no, digo el “odio” obsesivo  y epidérmico que algunas personas muestran por el fútbol.

Ese odio es en el fondo una manifestación inequívoca de demosfobia, bien por sentimientos de elitismo de clase (cosa de pobres o mediocres), intelectual (cosa de borregos incultos) o elitismo moral (el opio del pueblo). Este sentimiento demosfóbico es bastante transversal pues afecta tanto a la derecha como a la izquierda. A la primera, la derecha, en la modalidad de elitismo de clase y a la segunda, la izquierda, en las modalidades de elitismo intelectual y moral. Por eso no tiene nada extraño que la derecha use el futbol cuando le interesa, y que a la izquierda le repugne cuando el pueblo real no coincida con el modelo de pueblo ideal del canon izquierdista. 

En la derecha la dicotomía entre pueblo real y pueblo ideal no existe, pues la realidad dominante es la suya y las desviaciones son un asunto exclusivo de la Guardia Civil. En la derecha la demosfobia va de suyo pero en la izquierda no, y por ello nos sorprendería ver la cantidad de demosfobia disfrazada de exquisitez cultural o compromiso moral,  que existe. Por eso creo que quién tiene que revisar su posición con respeto al fútbol, como hecho total de enorme interés sociológico, es la izquierda. Bien es cierto que más la izquierda europea que la latinoamericana o africana que en esto es mucho menos demosfóbica. 

El fútbol es muchas cosas; deporte, juego, espectáculo, pero también es una religión local. Y ahí es donde está la dimensión cultural más relevante. ¿Religión por qué? Es un vínculo sagrado, innegociable, de conexión con la comunidad. Entender la religión del fútbol, pasa por comprender que se trata de una religión local. Definiendo localidad como aquel dispositivo o fenómeno que abarca solo una, o unas, parcelas o fragmentos de la religación social con la comunidad. A diferencia de las religiones totales que tienen vocación de catolicidad  o  universalidad ontológica; el fútbol es una modesta religión local compatible con cualquier otra religión total y por supuesto con el ateísmo. El ecumenismo solo es factible como posición moral pero no como vinculo ritual y comunitario. La adhesión a la religión local del fútbol también es partidista y competitiva, en esto religión local y religión total son isomórficas. 

Esta religión local cumple la función homeostática de suspender provisionalmente la conflictividad social en medio de una permanente guerra de clases que dura ya un siglo y medio. Es por ello que mezclar política y religión local es tan tóxico, pues clausura los lugares de descanso en la batalla. El futbol como la fiesta, son ritos de suspensión teleológica del conflicto social, por la vía de su simulación simbólica de la violencia   en lo que Bataille llamaba el derroche improductivo de la fiesta sagrada.

Un segundo efecto homeostático de esta religión local es la ilusión de la  reconstrucción de la unidad en la comunidad, el pueblo. No niega el antagonismo, sino que lo desplaza a la esfera desencarnada del símbolo. Por eso hay siempre el miedo constante de que la violencia real irrumpa en la fiesta simbólica y se traspase las fronteras de la simulación. Aun así, esta prevención constante y la descarga ritual formidable del juego hacen del futbol uno de los acontecimientos de masas con menos letalidad que conocemos (unos pocos homicidios, no más de un dígito, en más de cien años en España) .

Por encima de la repugnancia moral y cívica que nos provoca una izquierda demosfobica, hay un argumento epistémico más importante para rechazar esta visión banal: si no entendemos un fenómeno, el abordaje será erróneo y le concederemos una ventaja competitiva al contrario. ¿Significa esto que la izquierda deba intervenir en este fenómeno politizándolo a su favor? Para nada, ya lo he explicado, intentar politizar al futbol es introducir la semilla de la irracionalidad religiosa en el corazón de la racionalidad política. Propongo afrontar el fútbol, como otra religiones locales de la cultura popular, con mirada de entomólogo, como un objeto epistémico que  nos enseñe a entender lo que de comunitario y cooperativo hay en la ritualidad, y a prevenir las perversiones siempre latentes en el rito. Al fin y al cabo los rituales son la primera forma de cooperación social de la especie, algo que la izquierda ilustrad olvida y la derecha, no precisamente ilustrada, usa.



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