Venía a defender Leopoldo María Panero que el fascismo triunfó porque comprendió como ningún otro sistema político anterior que cabía delegar en el Estado la pulsión de muerte que habita en las masas de individuos. La plataforma del Estado desculpabiliza y desinhibe, arrastra y convoca; en otras palabras, satisface y justifica. El Mal ya no es accidental y contingente, sino necesario y conveniente. Pero ¿por qué precisamente a partir de los años veinte y no antes, por ejemplo?
Desde luego, por respuesta a la revolución de octubre, donde el Estado se había adjudicado de manera precisa la misión de encarnar el Bien y por lo tanto de cancelar toda respuesta individual en su búsqueda. La felicidad sólo podía ser felicidad pública, lo que no era tanto un regreso a su antiguo concepto (nada de una íntima alegría respecto de uno mismo sino mera satisfacción de las necesidades básicas, como queda claro en los tratadistas del siglo XVII, Leibniz, por ejemplo, pero que ya empezó a torcerse con la Declaración de Derechos de Virginia, de 1776, lo que obligó a Benjamin Franklin a dar algunas explicaciones) como una respuesta torcida al hecho de que, desaparecido por la marcha del Capital un mundo no exclusivamente organizado en torno a la mercantilización de los enseres, había que resignificar de nuevo desde una instancia que no surgiera del desenvolvimiento social sino a partir de una planificación predeterminada.
De hecho, no es una estrategia que haya desaparecido. Al revés, se ha intensificado incluso más allá del desastre oscuro del socialismo real. No es extraño entonces que haya que celebrar el día de la croqueta, el de la mujer trabajadora, el de la no violencia o el de la música clásica. Lo bienintencionado de esas celebraciones esconde que salvo alguna rara excepción no surgen desde abajo, sino que se imponen desde arriba con la excusa de alguna necesidad, tanto más perentoria cuanto más difusa.
Se olvida quizá que la forma de incorporar el mal, lo dañino, lo inconveniente ha sido siempre la ritualización. Muerto el tiempo de los rituales y las ceremonias, pues la conciencia postmoderna se agobia ante instancias supraindividuales (aunque no ante las masivas, curiosamente, pero dejemos de lado las razones en este momento), uno cree ser muy libre y auténtico no dando un pésame según la fórmula estipulada o no velar a un muerto o no vestirse de blanco al casarse o cualesquiera otras exigencias sociales.
Pero la sociedad, como la naturaleza, repugna el vacío, e inmediatamente hay que ocupar ese espacio: ya no las ánimas benditas sino halloween, ya no rezar un rosario sino apuntarse a yoga o a reiki, ya no ir a una corrida por feria sino acudir a la plaza de toros para escuchar reguetón, pero es que, en el plano de la costumbres, ya no dejar que un padre te enseñe a beber vino sino aprender por tu cuenta a echarte al coleto ocho cubatas en un descampado. Si desaparecen los rituales (y ritual es por ejemplo contar un cuento a un niño al acostarse), la sociedad dimite de su función y el Estado ocupará esa franja de intervención.
La diferencia es que lo hará mediante la ley: ordenando y prohibiendo, acciones absolutamente molestas y más todavía cuando la deserción anterior debe ser colmada a toda prisa: a eso se le llama legiferar, el vicio de nuestro tiempo, que olvida lo que ya decía el gran Licofrón, que las leyes no hacen justos ni buenos a los ciudadanos. Y esto crea un nuevo monstruo: el de los que consideran intolerable esa inflación legalista sin analizar suficientemente la necesidad de que pase lo que pase. Es lo que tienen en común esos neofascismos, ultraliberales, aunque no totalitarios como los clásicos, pues depositan sus esperanzas en la libertad individual cuando el individuo no es más que una unidad de compra, es decir, un agente económico y no el último reducto de la soledad. En fin, tal vez todo esto pruebe, como defendía Panero, que el destino de los hombres es como el de las ratas.
