Una pintada feminista en inglés: "El futuro es femenino". FOTO: CLAUDIA GONZÁLEZ ROMERO.
Una pintada feminista en inglés: "El futuro es femenino". FOTO: CLAUDIA GONZÁLEZ ROMERO.

Tengo tan asumido los roles de la masculinidad que cuando hablo de hombres, soy muy machista. Pienso solo en mi yo cisgénero, heterosexual, y olvido a los hombres que tienen una orientación, o una identidad sexual diferente. Porque mi concepción del hombre solo tiene espacio para el hombre, rechazando a todos aquellos que no responden a ese patrón falso, único y encorsetado que nos limita. Hoy el abanico afortunadamente es más flexible, amplio y liberador, pero nosotros los hombres seguimos pensando igual. Nos sale de dentro. 

También cuando pienso en las mujeres, lo hago en los mismos términos, y olvido a todas aquellas que se no se acomodan a las reglas, las que deciden no ser madres, las diferentes, las mujeres trans.

Si hemos llegado a la conclusión de que género, sexo, sexualidad e identidad son conceptos distintos, y que el género en todo caso es una construcción social-cultural, debemos de aceptar que para ser mujer no hace falta ser mujer, ni para ser hombre es necesario ser hombre. Pero parece que no acabamos de entenderlo ni asumirlo, y volvemos a las trincheras del odio, la descalificación y la exclusividad. Y así nos volvemos a equivocar.

Cuando hablamos de patriarcado los hombres tendemos a encogernos de hombros, meter las manos en los bolsillos, mirar pensativo a las musarañas, y echar balones fuera. Adoptando una postura de, y a mí que me cuentas, como si no tuviésemos responsabilidad en una cultura que no hemos creado, nos ha sido impuesta, y no podemos cambiar. 

Pero el patriarcado no surgió de la nada, ni fue creado en el cuarto o quinto día (quizás en el séptimo, por eso de, y Dios creó al hombre…), sino que debió ser pensado y diseñado por un hombre, dos, o quizás unos pocos. Y estos hombres para imponer y perpetuar su poder, fueron creando una cultura (como entendemos, que está bien, como sentimos, que está mal, cuáles nuestras referencias, como nuestro lenguaje…) que fuese la encargada de decirnos como debía ser el estado de las cosas, lo que es natural y normal, y aquello que debemos excluir y marginar. Y esa cultura, era su cultura, la de los hombres que al principio, apoyados en su mayor fuerza física, y más tarde en todo tipo de violencias hacía las mujeres, crearon y fueron imponiendo el patriarcado. Y a esos hombres originarios les fuimos siguiendo todos los demás hasta hoy. 

Hombres heterosexuales que con nuestro conformismo, nuestro no cuestionamiento de las desigualdades, e incluso con nuestra defensa a ultranza de ese sistema injusto, hemos contribuido a que el mundo sea como es. Comprender y asumir esta realidad es la responsabilidad que como hombres nos compete.

En la violencia hacia las mujeres, como en el resto de asuntos que nos incomodan, los hombres también pasamos de lado, solo que en esta ocasión esa postura traspasa los límites de la honradez y la vergüenza, al ser nosotros los protagonistas y causantes de esas violencias. Pero volvemos a mirar a otro lado, cambiar de asunto, o a buscar mil y unas excusas, que en eso somos especialistas, para no hacer frente a una realidad que nos muestra en el espejo.

En materia de sexo los hombres heterosexuales no tenemos mucha idea. Nos reafirmamos y presumimos de una heterosexualidad que nos traiciona. Somos unos indocumentados sexuales. Son tantas las limitaciones, represiones, y estereotipos que debemos cumplir y a las que el sistema patriarcal y el machismo nos reducen, que desconocemos, y nuestra arrogancia nos impide preguntamos, como hubiese sido nuestro universo sexual de no haberlas tenido. Pero dejar de ser heterosexual no está permitido, salirnos del patrón de hombre supone dejar  de serlo. Una traición a nuestro mundo, a como nos han educado, y a lo que la sociedad espera de nosotros. En el fondo la valentía de la que presumimos como distintiva de nuestra masculinidad  y de nuestro poder, es una mentira, somos muy cobardes.

Y en el día a día seguimos igual, pensando de forma machista, riéndonos con las mismas bromas sexistas de siempre, no dando importancia a ninguno de los micro-machismos que vemos, conocemos, y practicamos. Mintiendo y engañándonos, no haciendo nada por cambiar la desigualdad que con nuestra forma de ser y actuar perpetuamos. Comportándonos como lo que somos, hombres patriarcales, orgullosos de serlo, con pocas virtudes,  y  la enorme carga de defectos y maldades que  ello conlleva. 

Sinceramente, acabo de llegar a este mundo de la igualdad, y ya hay veces que tengo ganas de tirar la toalla, derrotismo propio de los hombres. No entiendo qué tiene que pasar para que reaccionemos, cuantas mujeres más habrán de ser asesinadas para que digamos basta. Qué esperamos, si es que esperamos algo, o es que en realidad somos tan simples como decimos, seres sin iniciativa que nos dejamos llevar,  incapaces de decidir por nosotros nuestro futuro. 

Además somos tan deshonestos, que nos permitimos transmitir a nuestros hijos, hijas, y a la juventud con la que nos relacionamos, y servimos de referente y ejemplo, los valores de esa cultura mafiosa y criminal que es el machismo, pero a la que en el fondo admiramos.

Mucho tendremos que cambiar los hombres para que las mujeres, que pecan de un exceso de comprensión, tolerancia y benevolencia con nosotros, comiencen a tomarnos en serio, y  a creernos cuando decimos y repetimos sin pudor ni vergüenza, que estamos por la igualdad. Yo no les creería.

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