Pablo Echenique e Ione Belarra, de Podemos, en el Congreso.
Pablo Echenique e Ione Belarra, de Podemos, en el Congreso.

Desde que Pablo Iglesias abandonó el gobierno, observo una peligrosa tendencia infantilista en Podemos, afortunadamente para la izquierda Yolanda Díaz se ha mantenido prudentemente al margen. Dan la impresión de que quieren estar al mismo tiempo en el Gobierno y en la oposición. Freud definía a los niños como perversos polimorfos. El niño lo quiere todo sin reparar en los costes y las contradicciones. Quieren a la vez obtener los beneficios de sentarse en el banco azul (manejar la imprenta del BOE y los Presupuestos Generales del Estado) y los que se derivan de la renta de situación de la pancarta (prestigio, irresponsabilidad, alegría en el gasto hipotético…, y tranquilidad moral). Pero este es el típico cálculo del infantilismo político: quiero todo, bueno y gratis. Madurar es abandonar esa ensoñación pueril. No hay que olvidar que no hay cambio real, ni revolución sin maduración. Decía Lenin que había que estar muy cuerdo incluso para hacer locuras.

Mucho me temo que frente a este inocente cálculo, la experiencia nos dice que los efectos de esta estrategia infantil son exactamente los contrarios a los deseados. Se cuenta una historia, seguramente apócrifa y de un innegable tufo sexista, donde una miss mundo escribió al premio Nobel de Física de ese año, una carta donde le realizaba una proposición indecente: engendrar un hijo conjunto de tal manera que el niño o niña heredara la inteligencia del padre y la belleza de la madre. La respuesta, no menos sesgada desde el prisma de género, del físico fue por lo menos ocurrente: “Mucho me temo señorita que el niño nazca con mi belleza y con su inteligencia”. Pues bien eso le puede pasar a Podemos si sigue insistiendo en esta estrategia: heredará los costes de gobernar —pisar muchos callos— y todos los costes de la pancarta —impotencia e irrelevancia material—. Por el contrario, no recibirá, ninguno de los beneficios soñados.

Esta estrategia infantil se ha evidenciado mejor que nunca en la crisis que ha brotado por la aceptación del Gobierno del proyecto de autonomía para el Sáhara que defiende Marruecos. Sánchez, y los socios americanos y europeos, ham priorizado la sociedad con Marruecos en vez de con Argelia. ¿Por qué es prioritaria Marruecos sobre Argelia? Cuatro razones geoestratégicas clave:

  1. Marruecos, que no es un reino más autoritario que la república argelina, ha sido un viejo socio de USA y de la UE. Un socio estable, fiable y con una larga trayectoria de colaboración. Ninguna de estas cualidades adorna precisamente a la convulsa Argelia.
  2. Marruecos tiene fronteras con la UE. Argelia no.
  3. Argelia es un proveedor cautivo. ¿A quién le va a vender el gas Argelia más que a la UE? Marruecos por el contrario no es un proveedor cautivo (los fosfatos son yacimientos minerales que no requieren para su transporte de infraestructuras estables y costosas).
  4. Los fosfatos son ahora mismo un recurso más escaso —la inmensa mayoría está en Marruecos—, y estratégico para los erosionados suelos de la agricultura occidental, que el gas argelino. Que como ya he explicado, en el punto 3, no peligra su suministro.

Gobernar es, también, hacer política exterior, desgraciadamente la política internacional no se rige por el derecho sino por las correlaciones  de fuerza. Mientras no exista, y debe existir cuanto antes, alguna forma de proto Estado mundial; el derecho internacional será una rama de la literatura fantástica. Uno de los grandes valores de la UE es el carácter laboratorio de estado de derecho mundial. Pero Europa no es el mundo y fuera hace mucho frio.

Gobernar es querer solucionar los problemas y no querer congelarlos para que no ocasionen más problemas. La cuestión del Sahara es irresoluble tal como está desde hace años y Argelia, y el Polisario, lo saben más allá de la retóricas de la indignación.

Y para terminar de nuevo Freud. Principio de realidad frente al principio del placer. Madurar es equilibrar, negociar, entre ambos principios. Realismo político y utopía no solo no están reñidos, sino que el uno (realismo) es condición de posibilidad del otro (utopía). Cualquier izquierda que quiera transformar la realidad tiene que tener sellado un buen pacto entre estos dos principios.

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