Hace mucho tiempo que no asistía a un mitin electoral. Y no es porque no me interese la política, todo lo contrario. Lo que ocurre es que estos formatos (mitin, debate televisivo, carteles y pegatinas) resultan un poco aburridos. Es como repasar un tema antes de un examen. Te repiten cuatro veces las mismas ideas esquemáticas. Incluso parece que ves cómo las subrayan y colorean en el aire. Cuatro veces te repiten lo que ya sabes. Lo único que cambia es el volumen, que va aumentando según se acerca el final. Te vuelven a gritar lo que se dijo en el primer minuto, por si no te habías enterado bien. Y tienes que aplaudir como si fuese una noticia inesperada, una comunicación de última hora.
Hablar para convencidos tiene que ser tedioso. Los asistentes ya saben por dónde vas a ir. Es difícil sorprenderlos. “¡Y ahora os digo que dos y dos son cuatro!”. La retórica tiene que funcionar muy bien para que aquello parezca un acto comunicativo real. Cuando los candidatos gritan mucho es cuando hay que aplaudir… Han llegado a una idea clave, a la cima de un proceso argumentativo impecable. Las ideas ya las conoce el auditorio, así que hay que trabajar las emociones, con la ironía, con las palabras altisonantes, con los sentimientos, con los ejemplos sangrantes, con las caricaturas del oponente…
El mitin debería realizarse para que vayan los no convencidos, los del otro lado. Y que hubiese posibilidad de preguntar y dialogar. Sería un reto extraordinario para nuestros oradores. “¡A ver cómo convenzo yo a esta gente…!”. Habría que poner otro nombre a ese novedoso tipo evento. “Acto de intento convencimiento”, por ejemplo.
Ya sé que algunos me dirán que el mitin está pensado para los medios de comunicación, para que publiquen esas frases subrayadas o esos giros ingeniosos. Claro, por eso se habla de acto político, supongo, por lo que tiene de teatral, de espectáculo. Fíjense en la música. Me recuerda a la vuelta ciclista, la llegada en una media maratón o una banda sonora de una serie de acción.
También me dirán que va dirigido a los ya convencidos, para animarlos, para motivarlos. Sería una especie de refuerzo, de premio para los que vienen trabajando en el partido... O de terapia. El que se acerca por primera vez, a ver qué cuentan, se siente un poco como en casa ajena, como si se hubiera colado en una boda o en un acto de otra religión. Todos se conocen, menos tú. Y los miras para saber cuándo hay que aplaudir o levantarse.
Lo bueno de estos actos es que ves a los candidatos en carne y hueso. Y te convences de que no son un invento de la burbuja digital o la inteligencia artificial. Entonces asistes a una especie de milagro: los que hablan de política son gente que puede pisar tu misma calle y respirar tu mismo aire.
