Mimosbook

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Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

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Algunos sueñan que son más inteligentes que el resto, y enarbolan una paradójica actitud muy ingenua: no, a mí Facebook no me engancha, por eso cerraré mi cuenta, y ya volveré. Y siempre vuelven.

Sí, me encanta escribir sobre el universo virtual, y me he informado debidamente para este artículo, leyendo algunos documentos sobre el tema, y sobre psicología Gestalt. Bah. Me decanto, al final, por las sabias reflexiones que leo en muros ajenos. Y ayer mismo, en la entrada a Facebook de una amiga*, se debatía sobre el “fomento del egotismo” en las redes sociales. Ay. Qué gran tema. ¿Verdad? Egotismo, egoísmo, egolatría. Ego, ego, ego. Yo, yo, yo.

Seguramente, cuando hace unos años (unos cuantos ya), nos registramos en Facebook o en Twitter, no pensamos el alcance que tendría este simple gesto. Qué va. Y ahora sabemos que nuestra vida cambió para siempre. Pensarán que exagero, pero hay un antes y un después. Una vez que se está, ya no es posible despegarse de la red, de la tela de araña. Solo queda esperar, inmóviles, entre likes, a que nos devore el depredador. Lo curioso, es que el depredador está en nosotros mismos.

Algunos sueñan que son más inteligentes que el resto, y enarbolan una paradójica actitud muy ingenua: no, a mí Facebook no me engancha, por eso cerraré mi cuenta, y ya volveré. Y siempre vuelven.  Otros, usan el muro como tablón de anuncios. Muy bien. Pero a solas, espían las fotos del cumpleaños de Fulano, o buscan al amor del instituto, para constatar, en una investigación secreta y muy seria, si está calvo, o si ha engordado, o si se casó con aquel tipo muy mayor. Para matar el recuerdo, de puro empacho, también sirven las redes, claro. También estamos los que hemos abusado del exhibicionismo visceral, de las emociones, de interactuar en exceso, de los hoy te quiero, mañana te bloqueo. Ese psicólogo virtual que te pregunta, al abrir, “¿qué estás pensando?”… y pensamos que es gratis. Requetetontos que somos.

Y en ese maremágnum de perfiles, de fotografías, de enlaces con artículos de coaching compartidos, de frases lapidarias, ingeniosas, de poemillas con atardeceres naranjas, de eventos maravillosos a los que jamás asistimos del todo, de comentarios de complicidad fingida ante una fotografía horrible de una conocida a la que gritamos ¡guapa!, en mayúsculas y corazones,  en ese tremendo follón de contactos, conocidos, algún amigo que otro, estamos ya todos, escondidos, o intentando esconder que, en realidad, solo necesitamos mimos.

Ese psicólogo virtual que te pregunta, al abrir, “¿qué estás pensando?”… y pensamos que es gratis. Requetetontos que somos

Queremos que nos mimen. Que nos aplaudan. Que nos sigan. Que nos abracen. Ego. Ego. Ego. Amor. Amor. Amor. Calor. Calor. Calor. Queremos huir del frío, de la soledad, del miedo. Y tenemos, en el muro, la misma edad que mi hija de cinco años, y nos enojamos si no nos comparten, si no nos invitan, si no nos leen, si no juegan con nosotros o no nos prestan un juguete. No lo demostramos mucho, o demasiado. Aquel que nunca expresa lo que siente en una red social, quizás tenga miedo. Aquel que expresa todo lo que siente, en una red social, está realmente aterrado. Los que urdieron estas redes, lo saben, lo sabían. Y ya nos tienen, a todos, para que nos devoremos, o no. Depende.

Solo hay que reconocer que sí, que necesitamos mimos, todo se reduce a la búsqueda constante del abrazo, de la aceptación, de la caricia, en Mimosbook, donde mostramos lo mejor de nosotros mismos (y a veces lo peor, sin saberlo). Ahí, en ese espejismo de estrellato en el que nos creemos escritores, artistas, famosos (si se llega a un número “digno” de deditos hacia arriba). Ahí, en ese lugar extraño donde se busca lo esencial, precisamente perdiéndolo.

No pasa nada. Somos frágiles. Compartimos el amor y la animadversión por estos inventos que nos dejan desnudo el corazón. Quizás, para abrigarlo, jugamos a que nada lo perturbe. Volvemos a Facebook, colgamos fotografías de un plato apetitoso, una playa invernal o una muestra de que sí que tenemos amigos que pueden palparse. Somos frágiles. Tenemos miedo. Pero fingimos que no nos duelen los demás, y que el mundo, es siempre muy divertido.

*Para María José Soriano Martín y Gema Estudillo.

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