Mi vida sin 'tuit'

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No lo llamaré adicción, aunque tiene bastantes tintes de ello. Nunca he tenido vicios, pero en los últimos cinco años he dedicado más horas de las que estoy orgulloso a las redes sociales. No sé quién comentó el otro día que hizo algunas manualidades para desintoxicarse un poco de pantallas: “por hacer algo diferente”.

Hace unas tres semanas decidí que eliminaría de mi vida una sola red social: Twitter. Desde entonces he leído tres libros y he empezado a escribir otro. Incluso he conocido mejor a mis hijos, uno dice que se llama Gonzalo —es broma, ya sabía su nombre—. Ese último chiste, si se le puede llamar así, es uno de muchos que conté durante el tiempo que estuve allí. “Allí” casi parece que hablo de un lugar remoto en el que estuve destinado con mi regimiento. Hubo alguna baja, hombres valientes, almas perdidas, temeridad inconsciente. La guerra, ¡ay, la guerra! ¡Bueno basta ya! Allí pasé muchas horas.

Algunos me seguís en Twitter y sabéis que he tenido cierta repercusión. De hecho es uno de los requisitos para una adicción: tener una reciprocidad, que la droga te devuelva algo. A mí, 12.000 personas leyendo mis gilipolleces me da cierta subida de endorfinas. Es bastante edificante ser aplaudido o dilapidado por escribir 140 letras expresando algo. Te llegas a sentir importante. Pero luego te das cuenta, que los importantes no son esos 12.000, sino los cuatro que hay en casa, y a los que, quieras o no, les dedicas menos tiempo. Auténtico terrorismo familiar.

Conseguir tener voz en las redes no es cosa de un año. Hay que trabajárselo y dedicar muchos esfuerzos. Y el tiempo es sólo uno, y cuando lo distribuyes en más actividades que una sola, también es grande. ¿Qué mal nos aqueja? ¿Qué ha hecho que dejemos de prestarle atención a lo cercano para centrarnos en la distancia? La tecnología es necesaria, las redes sociales son necesarias, pero quizás todo nos ha cogido un poco de improviso. Que sí, que casi todos sabemos manejar una pantalla táctil, pero ¿sabemos manejar su alcance real? ¿Tenemos perspectiva de lo que significa tener acceso a la información de todo y todos en un vistazo a una pantalla? ¿sabemos controlar ese súper poder?

Me gusta pensar que es la novedad. Que los que abusamos un poco del móvil y el ordenador, y no hemos nacido con ello, no sabemos utilizarla bien. Quiero decir, que realmente no forma parte de nuestra historia, no hemos nacido con ello y no lo implementamos bien como recurso; sí como forma de vida. Es cierto que el ser humano se acostumbra a casi cualquier situación en muy poco tiempo, pero no somos nativos tecnológicos —algunos sí, claro—. Todo esto, aunque no nos demos cuenta, nos abruma. Y tamaño avance nos hace querer aprovecharlo al máximo.

Te pido que reflexiones sobre el verdadero uso que haces de internet y si no estás perdiendo el tiempo. Importante: hablo de tu vida personal, no del trabajo. Las herramientas de trabajo son impuestas, los elementos de tu existencia son elegidos; circunstancias aparte. Te ruego que lo pienses un momento: qué te aporta, cuánto tiempo te roba y, sobre todo, cuándo. Te invito a que analices qué cosas has dejado de hacer, cómo era tu vida antes... Las reglas han cambiado desde que las aplicaciones, redes sociales y móviles son del pueblo.

No hace tanto que no tenías cuenta de Facebook. Recuerda, puede que no haga ni cinco años y ya no concibes un mundo sin él. Recuerda. Criticabas el WhatsApp. Recuerda. Eran cosas de niñatos y empollones. Ya te acuerdas, ¿verdad? Y ahora dime, ¿es la novedad? ¿no habría que relajarse un poco?

Seguramente vuelva a Twitter, con una energía diferente. Queriendo escribir mis tonterías y promocionando mis escritos, pero con la sabiduría que tiene el que ha visto las cosas desde una posición elevada. La de un francotirador que todo lo controla, y en el punto de mira su vida. El avance es imparable, y cada vez formará más parte de nosotros, pero que no se diluya el individuo. Dedica un tiempo al retiro del ciberespacio. Te da perspectiva. Haz más cosas.

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