Abril tiene algo de promesa que luego rara vez se cumple del todo. Se le llama el mes del libro, se concentran ferias, presentaciones, firmas, mesas improvisadas en plazas que durante el resto del año apenas miran a la literatura, y durante unos días parece que todo gira en torno a eso. A los libros. A quienes los escriben, a quienes los venden, a quienes, con suerte, los leen.
Luego una se pone detrás de la mesa y la escena adquiere otro matiz.
Este año participaré por primera vez en la Feria del Libro de La Barca, del 23 al 26, con la Sociedad Literaria Sherlock Holmes. Llego, además, ocupando el hueco que deja la librería Platero, lo cual no es un detalle menor. En los pueblos, la relación con quien vende libros no es intercambiable: hay una fidelidad construida a base de trato, de recomendaciones, de confianza acumulada con los años. No se trata solo de qué libros hay sobre la mesa, sino de quién está al otro lado. Y ahí, inevitablemente, parto de cero.
No es algo negativo, pero sí una realidad que conviene tener en cuenta. Una no llega a un sitio así como quien cambia de estantería en una librería grande. Hay que hacerse un lugar, y eso no siempre ocurre en una primera feria. A veces ni siquiera en la segunda.
Aun así, voy. Con curiosidad más que con expectativas, que es una forma bastante sensata de enfrentarse a este tipo de citas después de haber pasado por unas cuantas. Porque la experiencia también enseña dónde no volver.
He participado en ferias del libro en institutos y colegios, y la experiencia da para poco romanticismo. Sobre el papel suena bien: acercar los libros a los jóvenes, fomentar la lectura, crear ese primer contacto directo con el autor o con el librero. En la práctica, el resultado es bastante más irregular. Los alumnos se acercan, miran, preguntan, incluso se interesan de verdad. Pero rara vez llevan dinero.
El ritual se repite: ven un libro, piden que se les guarde, prometen volver al día siguiente. Y al día siguiente vuelven algunos. Pocos. La mayoría no aparece. No por mala intención, sino porque no depende de ellos. Depende de que alguien les dé el dinero, de que recuerden el título, de que coincidan demasiadas pequeñas circunstancias.
Al final, el balance es el que es. Muchas horas, mucho esfuerzo y una sensación algo descompensada entre lo que se invierte y lo que se obtiene. Salvo que el centro haga una compra para la biblioteca —entonces sí cambia el escenario—, la rentabilidad es, siendo generosos, discutible. Por eso una termina seleccionando mejor dónde estar.
La Barca será, en ese sentido, una prueba. Un espacio distinto, otro ritmo, otro público. Y también una incógnita razonable: hasta qué punto la gente responde cuando la feria no está en el centro de una ciudad, cuando no forma parte de un paseo habitual, cuando exige un pequeño desplazamiento o una decisión consciente de ir.
Mientras tanto, en Jerez, el Día del Libro se celebrará el sábado 25 en la calle Larga. Librerías, autores y bodegas compartirán espacio en una mezcla que, vista desde fuera, resulta casi inevitable: libros y vino como forma de atraer a un público que, de otro modo, quizá no se detendría.
No deja de ser significativo que haya que añadir un incentivo para que la gente se acerque a los libros. No es una crítica, es más bien una constatación. La literatura, por sí sola, no siempre basta para generar movimiento. Necesita contexto, ambiente, algo que la rodee y la haga más accesible, más cercana, menos exigente en ese primer contacto.
Si una copa de vino sirve para que alguien se pare, hojee un libro y, con suerte, se lo lleve, bienvenida sea.
Además, este año coincide con el MotoGP, lo que introduce un factor difícil de prever. Jerez se llena, pero no necesariamente de lectores. La afluencia está garantizada; la atención, no tanto. Habrá gente, eso seguro. La cuestión es cuánta de esa gente estará dispuesta a detenerse ante una mesa de libros en mitad del bullicio.
Esa es, en el fondo, la pregunta que atraviesa todas estas ferias. No si hay público, sino qué tipo de público. Y hasta qué punto ese público está dispuesto a convertir un paseo en una compra, una curiosidad en un gesto real. Por eso, cuando se habla del mes del libro en términos casi festivos, conviene introducir un pequeño matiz. Abril no es solo celebración. Es también prueba. Medición. Termómetro. De interés, de hábito, de compromiso.
Yo estaré en La Barca del 23 al 26, en la plaza Artesanía, y el 25 en la calle Larga de Jerez. Sin demasiadas certezas, pero con la experiencia suficiente como para saber que en esto nunca hay reglas fijas. Hay días en los que no pasa nada y otros en los que, de repente, alguien se detiene, pregunta, duda, vuelve y compra.
Y ese gesto, tan sencillo, termina justificándolo todo. O casi todo.
