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Me muero. Y ustedes. Y todos. Cada segundo pasado es un segundo menos de vida. Quizás parezca exagerado, pero es que nos falta conciencia de muerte. Está apartada de nuestra sociedad, censurada por completo. No vende. No estamos listos para algo que no creemos que exista, algo de lo que rehúye la publicidad que nos invade, algo que nos satura en las noticias hasta deshumanizarnos, pero que no tocamos con los dedos…

Sin embargo, pasar el día paseando entre tumbas, cada una con su historia, es capaz de quitarte una venda muy sucia de los ojos. Bien aprovechada, esa experiencia puede relativizar brutalmente tus convicciones morales, emocionales, sociales, religiosas… “El tiempo no es oro, el oro no vale nada; el tiempo es vida, y no sólo tenemos el derecho, sino el deber de vivirla” decía el sabio José Luís Sampedro.

Desde el cementerio, una se pregunta cuántos de los que allí descansan se arrepintieron de algo a las puertas de la muerte. Seguramente todos. Aunque supongo que muchos más se arrepintieron de lo que no llegaron a hacer que de lo que sí hicieron. Porque es entonces cuando se ve más claro que el bagaje sólo se lo queda el vivo. El que va a morir está a punto de soltar todo a lo que una vez le tuvo miedo. Los muertos no sufren ni de vergüenza, ni de vanidad, ni de memoria, ni de remordimientos ni de nada. Son los vivos los que sienten, y es nuestra experiencia emocional en vida la que tenemos que molestarnos en enriquecer. Ah, ya nos lo podrían haber explicado antes y mejor. Qué mala escuela es Hollywood, qué mal nos ha tratado de explicar eso de Carpe Diem… ¡Si no lo entienden ni ellos! Toda una contradicción, en cualquier caso, para quien haya bebido de la educación judeo-cristiana y su promesa de vida eterna.

Con pocos meses de diferencia he paseado por el cementerio de Jerez y por el famoso cementerio gótico de Highgate en Londres. En ambos tuve la misma sensación. Debe de ser terrible enfrentar a la muerte y sermonearte a ti mismo con un “¿Por qué puñetas no me atreví a hacer lo que quería hacer? Ahora es tarde”. Seguro que habría estado bien haber tenido a un amigo en el momento adecuado, cuando la muerte no era una realidad y esa persona tenía dudas, que le tomase la cara, le mirase a los ojos y le dijese “A nadie le importa si lo haces o no tanto como te importa a ti. Toma la decisión por ti”. Sales del cementerio siendo mucho más valiente, no porque no tengas los mismos miedos, sino porque ves que no son tan terribles como el fundido a negro.

Es interesante, sin embargo, observar cada detalle. Si alguna vez visitan Londres, les recomiendo que vayan al cementerio de Highgate. Sus historias son impagables y pueden ofrecer magníficas reflexiones sobre la vida que morimos a cada segundo…

Allí descansaba una de las víctimas del hundimiento del Titanic, que fue recuperado sin vida de las aguas. A alguien le parecería importante que sus restos descansasen en Londres y no en el océano, quizás porque suponía que le aportaba dignidad el tener una placa con su nombre sobre la tierra que lo guarda. Eso es todo lo que queda, si es que algo queda: una piedra, un nombre y una fecha que consuelan al vivo. Nos convencemos de que porque hay una lápida, hay realmente algo. Y no hay nada. Lo hubo en vida, pero ya no. Es una piedra tallada. Nada más.

También descansa allí parte de la familia de Charles Dickens. Él no, porque él fue ilustrísimo -su memoria aún lo es, es lo que tiene la fama que tanto gusta a quien la persigue: la trascendencia- y descansa con otros literatos celebérrimos en la Abadía de Westminster, a los pies del Támesis. Que seguramente ahí se descanse peor, con tanta visita… Entre los familiares de Dickens, su sobrino, Henry Burnett Jr., un niño nacido con malformaciones, que murió antes de llegar a la adolescencia y que inspiró uno de los personajes más conmovedores de “Cuento de Navidad”, el pequeño Tiny Tim. Ni siquiera ser el mejor novelista en la Historia de Inglaterra ayuda frente a la pérdida prematura, aunque se intente encerrar el espíritu de una persona en un personaje. Es más original que una lápida, eso desde luego.

Nos convencemos de que el Karma es equilibrado, pero la muerte juega desde otra dimensión. Hay una zona “exclusiva” en Highgate, donde descansan los hombres y mujeres más ricos del mundo de las finanzas y el mercado. La clase media-alta tiene historias dignas de estudio. Por ejemplo, la historia de un rico empresario cuya niña pequeña murió. Este hombre ordenó construir un mausoleo con una escultura en mármol in memoriam, a imagen de su hija, a partir de una máscara mortuoria. Eso fue lo más cerca que estuvo su dinero de no dejar morir a su hija. Lo absurdo es que hayan quedado, ellos y su panteón, para atracción turística… O bien la historia de un hombre, inmigrante y pobre, que luchó por emprender en un lugar hostil -como es Londres- y que finalizó su vida siendo asquerosamente rico. El más rico del cementerio. Y encargó que la piedra de su mausoleo fuese de un color muy hortera para destacar incluso después de muerto. En serio, ¿por qué?

Al ver hasta dónde llega la vanidad post-mortem de algunos, y el miedo a dejar de existir completamente si no lo entierran a uno en una mansión de mármol que grite “¡oye, que sigo aquí!”, me dije “menuda gilipollez”. Qué obsesión por trascender la muerte como sea, por puro miedo infundido y por soberbia. Qué inútil. Qué frívolo. ¿No vale más que se acuerden de ti cuando aún estás vivo, que es cuando te afecta? Que se lo digan a Van Gogh. ¿De qué te sirve un entierro fastuoso y una tumba palaciega? Los que necesitan consuelo son los vivos que te quieren y que se quedan sin ti, y no será la lápida que te cubra lo que más les importe. Es más, cuando ellos ya no estén, esa piedra no servirá absolutamente para nada. No le servirá a nadie. A no ser, claro, que seas famoso y haya muchos más vivos que precisen de su consuelo. Como pasa con Dickens. ¿Estará Dickens satisfecho? Que alguien lo averigüe, por favor.

Quizás una de las presencias más sobrecogedoras del cementerio sea la de Elizabeth Siddal, una hermosa modelo muy dada a posar para la Hermandad Prerrafaelita, esposa de Dante Gabriel Rossetti, y la celebérrima imagen de la Ofelia de John Everett Millais. Fue posando para ese cuadro, metida en una bañera, cuando enfermó de neumonía… Las medicinas de la época la envenenaron. Dio la vida, involuntariamente, por posar como la doncella suicida de Hamlet en uno de los cuadros más famosos del mundo. ¿No fue un desperdicio morir tan joven?, ¿no lo fue?, porque la memoria de esta muchacha ha trascendido en el tiempo y en la Historia del Arte, pero no sé yo…

Creo que tenemos demasiado miedo a vivir.  Y que nos tomamos ridículamente en serio.

 

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