De males mayores

Vivimos en un mundo de matones venidos a más, de idiotas envalentonados, de casposos ignorantes que opinan desde la estulticia y de males menores que son muy mayores

09 de enero de 2026 a las 18:11h
Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, este pasado 1 de enero.
Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, este pasado 1 de enero.

Escribe Iñaki Domínguez que con la llamada "muerte de Dios", el bien y el mal son ya fruto de interacciones humanas. Asusta sabernos tan responsables de lo abyecto, por eso el diablo cumplía una función crucial. Ahora deben encargarse los americanos. La filosofía ha abordado el problema del mal desde tiempos muy remotos. Se ha interpretado como la ausencia o privación del bien, a la manera de San Agustín; como una consecuencia de la ignorancia, en el pensamiento socrático; como un fallo en la voluntad humana, tal cual lo enunció Kant; o como la falta de pensamiento crítico, en los textos de Hannah Arendt. Llevamos siglos, en el papel y en la práctica, a vueltas con el mal. Todos los siglos. 

Con el mal ocurre como con el cine de los Coen: cuanto más lo vemos, probablemente menos sabemos de él. Y eso que en este recién estrenado 2026, si de algo viene sobrado nuestro mundo es de mal y de locura. Cuesta ya distinguir entre los actos intencionales que caracterizan el mal moral y los desastres que acarrea el mal natural. Solo en el imperio del mal se festejan invasiones a países soberanos, secuestros de presidentes y juicios ilegales. Solo en un mundo plagado de locos se escoge al mayor de los tarados para dirigir el cotarro: al más inepto de los gordos con escopeta que se creen la policía del mundo. 

Del mismo modo que no hace falta justificar por qué uno no es nazi o machista o xenófobo —y si hace falta justificarlo es que uno lo parece—, no es necesario aclarar que no se comulga con las miserias de Maduro para constatar que un golpe de Estado perpetrado por la invasión de una potencia supremacista extranjera no es otra cosa que un golpe de Estado perpetrado por la invasión de una potencia supremacista extranjera. El mal explorando sus dualistas orígenes metafísicos: lo que es, es. 

Según Kant, el mal es parte consustancial de la naturaleza humana. La percepción kantiana del ser humano como intrínsecamente perverso no parece muy desencaminada, visto lo visto y vivido lo que vivimos. En el mundo de maldad y locura, es posible que un bueno para nada, asesino y patriota de saldo, llame al golpe de Estado extranjero contra su propio país. Sin consecuencias. Solo en un desquiciado entorno, el sátrapa yanqui amenaza con tomar por la fuerza tantos territorios como recursos naturales pretenda robar. Sin que pase nada. Solo en la más adulterada de las realidades, políticos pretendidamente demócratas jalean secuestros, asesinato de guardias personales y expolios de petróleo al mejor postor. Sin sonrojo alguno. 

Vivimos en un mundo de matones venidos a más, de idiotas envalentonados, de casposos ignorantes que opinan desde la estulticia y de males menores que son muy mayores. Vivimos sin realidad y con el deseo de despertar de una vez. Quizás lo hagamos mañana, cuando la escopeta nos apunte directamente al entrecejo. O puede que incluso entonces aprovechemos para bajarnos los pantalones, lamer unas cuantas botas más y sacar brillo al cañón. 

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