Los prejuicios de la violencia de género (II)

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“La situación laboral de las mujeres en el cine es pavorosa”. Seguro que a todos nos suena esta frase que se ha convertido en célebre durante los Goya de este año. Junto con Ana Belén, fueron muchas otras actrices las que también declararon que el machismo también está presente, incluso, en el fabuloso mundo del séptimo arte. En el artículo anterior hablamos de una de las causas del maltrato: en efecto, la herencia afectiva y psicológica es determinante en la forma en la que nos relacionamos en la adultez. Pero, ¿dónde emergen estos roles y la forma en la que nos relacionamos?

Causas sociales/externas

Ni las más brillantes y sofisticadas esferas sociales parecen salvarse de este condicionante. Aunque no todas las personas que sufren maltrato cargan a sus espaldas problemas emocionales no resueltos, sí podemos afirmar que el problema de las personas que han sufrido esta mala educación emocional no es individual ni exclusivo de ellas, sino que en realidad es también, muchas veces, un problema social. A menudo este aspecto social está estrechamente ligado al primero que ya tratamos sobre las causas psicológicas/internas. Lo interno y lo externo están conectados y son interdependientes. Interactúan y forjan los roles de género a los que estamos sujetos, tanto en nuestra esfera personal como en la impersonal. La cultura es lo que sustenta nuestras costumbres, dictándolas y perpetuándolas mediante la tradición. La tradición, por su parte, suele trasmitirse de generación en generación, precisamente, en el seno de las familias.

Si tenemos unas bases culturales equivocadas en torno al género, nuestras familias simularán una pequeña sociedad desequilibrada, retroalimentando así el sistema sexista. Es peligroso, porque así es cómo se solidifica la aceptación y la perpetuación de las conductas machistas. En la sociedad se permiten y normalizan ciertas actitudes perniciosas a la hora de establecer lazos unos con otros. Aquí es donde nacen los paradigmas sociales por los que nos fundamentamos y regimos a lo largo de nuestra vida. Pero el maltrato no sólo es posible dentro de la violencia de género, sino que también vivimos inmersos en una cultura de maltrato generalizado, de desvalorización y de escasa empatía. No hace mucho, los problemas emocionales estaban considerados como una tontería. Nuestra educación se ha basado muchísimas décadas en tener un techo, un trozo de pan y una ropa con la que taparnos, pero no se ha percatado de la complejidad psicológica —y por ende, las necesidades emocionales y afectivas— que las personas necesitamos cubrir para desarrollarnos plenamente.

Estamos acostumbrados a reducir nuestras relaciones a una fuerza de poderes, donde buscamos prevalecer o simplemente, sobrevivir. Podemos vivir esto en cualquier parte, en el trabajo con nuestros compañeros, con nuestra pareja e incluso en nuestra familia. Una guerra de egos, donde luchamos constantemente por que nuestra integridad sea respetada. Queramos o no reconocer esta pugna por el poder, lo cierto es que existe. Nuestra cultura ha normalizado roles insanos. El machismo no es exclusivo de los hombres, aunque hasta ahora ha sido tentador caer en la polarización cuando queremos enfrentar el problema de la violencia de género: el hombre es el verdugo y la mujer la víctima. Podemos ver las estadísticas y comprobar que hay muchas mujeres asesinadas. Pero el machismo afecta tanto a hombres como a mujeres. Es una cuestión educacional.

¿Está nuestra educación, en nuestra sociedad y en nuestra cultura, plagada de perjuicios emocionales? Quizá sea muy duro admitir que llevamos arrastrando, generación tras generación, traumas emocionales no resueltos y que las familias son el caldo de cultivo de muchos de ellos. Existe una constante estigmatización que vuelve a surgir en las nuevas familias que formamos, porque anteriormente sufrimos lo mismo en carne propia. No somos conscientes en la mayoría de las ocasiones, pero hemos asumido los roles equivocados que nos enseñaron. Y nos enseñaron de todo menos a ser personas, libres y únicas.

El maltrato es tan difícil de eliminar porque está instaurado en nuestras raíces más profundas. El concepto que tenemos de amor y seguridad está distorsionado. La mayoría suele pensar que no le va a tocar, que eso es cosa de unos pocos. Que no todo el mundo tiene problemas emocionales. Ahí está nuevamente, la NORMALIZACIÓN de esta clase de conductas. Pero las estadísticas son alarmantes. El machismo, tal y como hemos visto en el caso de Ana Belén, no sólo está en las casas, también está en el trabajo, en las amistades, en el mundo intelectual y artístico… está en todas partes. Aquí, en nuestra sociedad occidental, la violencia de género es muchísimo más sutil que en otras partes del mundo. La violencia de género no sólo está presente en el caso de un asesinato. Ésa es la última consecuencia. La violencia de género persiste, invisible, sin que nos demos ni cuenta de que la estamos viviendo.

Para plasmar hasta qué punto puede ser gravemente perniciosa la cultura y anular nuestra autonomía, podemos optar por un ejemplo mucho más drástico, la ablación, que es una práctica que sigue haciéndose desde hace muchísimo tiempo. Habitualmente pensamos que es una cosa de musulmanes, pero en Etiopía, concretamente, la practican africanos que son cristianos. Es una tradición cultural que poco tiene que ver con una religión concreta, aunque sí con dogmas moralistas. Es una práctica mutilante y horrible que siguen practicando aunque suponga una agonía. ¿Por qué no dejan de hacerlo? ¿Porque en el fondo les gusta? No, simplemente, no tienen forma de romper con esta costumbre abominable. Desde que nacen son expuestos a su práctica.

Lo mismo podemos plantearnos con la violencia de género que sufrimos en los países occidentales. Al igual que las tribus que siguen practicando la ablación, estamos anestesiados frente a la violencia de género desde el comienzo de nuestra vida. Nos hemos acostumbrado a muchas situaciones y seguimos cayendo una y otra vez en el problema. En Etiopía, las madres preparan el espino y el hilo para coser los genitales de sus propias hijas generación tras generación. Las mujeres en este caso están sometidas a tal presión social que no tienen capacidad para ejercer su propio juicio de las cosas. Podrían rebelarse, pero su sociedad está conformada de tal manera que se lo impide. Si no practicaran la ablación, ningún futuro marido aceptaría a sus hijas. Y todo su sistema de supervivencia se derrumbaría: no tienen otra forma de subsistir si no es a través de los lazos matrimoniales. Nuevamente, la cultura del poder juega con esa ventaja para someter, bajo sus ideales, a los que dependen de ese sistema tan nefasto.

Aquí también muchas mujeres aceptan, sin saberlo, situaciones inaceptables. No es porque lo deseen o lo busquen, es que no se dan ni cuenta porque todavía no está del todo mal visto ni condenado socialmente. Y aunque se dieran cuenta, sería muy difícil poder desenvolverse en la sociedad sin un mínimo de resignación. Muchas veces, las personas a nivel individual vamos un paso por delante del conjunto social y esto nos limita, como les sucede a actrices como Ana Belén o a cualquier otra mujer que trabaje en cualquier otro ámbito. Habrá situaciones que puedan evitar, como un novio controlador. Pero, en el caso del trabajo, ¿qué harán, dejar de trabajar? Lo único que se puede hacer es reivindicar contra el machismo.

En Etiopía será muchísimo más difícil huir de una sociedad así. Pero en Occidente tampoco es fácil huir. Sólo que la violencia de aquí no es tan impactante y eso torna las cosas mucho más peligrosas. La violencia siempre es más efectiva cuando actúa desde el silencio y la sombra. ¿Cuántas veces hemos visto una noticia de una mujer asesinada por su ex marido y los vecinos afirmaban: “Pero si era una persona estupenda, no lo esperábamos…”?

Podríamos perdernos en miles de ejemplos sobre situaciones perjudiciales y que esconden un maltrato sutil, aquel que luego conduce a la anulación completa de las personas que lo sufren. Pero hasta yo misma vivo dentro de esta cultura. ¿Cómo quitarnos el velo en momentos de incertidumbre?

Siempre justificamos las actitudes porque otras personas también lo hacen. Pero la clave está en nuestros sentimientos, aquellos que muchas veces la sociedad ha desvalorizado. Si sentimos que no estamos bien en nuestra propia piel es que algo no es justo para nosotros mismos. Perder el miedo a romper con los esquemas sociales es una buena opción,  cuestionarnos las cosas que hacemos y no guiarnos siempre por los convencionalismos. En el ejemplo de la ablación, donde son las mujeres, presionadas por la tradición machista, las que la practican a sus propias hijas, podemos ver lo nefasta que puede ser la cultura, que hasta nos anula nuestro propio juicio de lo que es correcto.

Vemos nuestro medio como la base donde nos desenvolvemos y perdemos la confianza en nuestro propio criterio. Cambiar la sociedad y la cultura es muy difícil, aunque podemos comenzar por mirar a las personas que tenemos cerca más allá del rol que cumplen –esposo, novia, hijo, madre- y mirarlos como personas que sienten y padecen, con sus luces y sus sombras, con su propio camino más allá de ser una “cosa familiar” que debe cumplir, indiscutiblemente –y a veces dócilmente-, con las expectativas impuestas. Terminando con estas dos causas, la psicológica y la cultural, que tienen gran peso en la violencia de género, ¿quieren decir todos estos condicionamientos que somos inconscientes en el ejercicio o el padecimiento de la violencia? ¿De dónde proviene esta configuración social basada en la desigualdad? ¿Son simplemente paradigmas sociales o encontramos detrás cierto oportunismo? Concluiremos con la respuesta a estas preguntas en el próximo y último artículo de esta serie.

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