Fotograma del documental 'Yo, Juan Carlos, rey de España' TVE.
Fotograma del documental 'Yo, Juan Carlos, rey de España' TVE.

Los nombres de las calles, como los de las personas y el resto de la cosas son muy importantes. La forma como nombramos a las cosas y a las personas es la forma como establecemos nuestra relación con ellas. En Europa ya teníamos la manzana pero llegó de América la papa, y con ella la forma de nombrarla. En España nos quedamos con su expresión original del quechua, papa, y los británicos aceptarían simplemente el mismo origen, potato. No así muchos otros europeos que prefirieron comprender qué tipo de planta era la papa. Unos comprendieron que era como una manzana que crecía bajo la tierra, y de ahí el vasco lursagarra, el francés pomme de terra, o en varios dialectos del alemán Erdapfel o Erdbirne, pera. Otros comprendieron la papa como una trufa, por su forma de crecer bajo la tierra y la llamaron trufa, Kartoffel en alto alemán hasta hoy mismo; en italiano se llamó tartufo o tartufolo, aunque hoy en italiano sea patata. También hubo cambios regionales en español y se usan los dos nombres: papa o patata, cuyo origen está en la batata.

Cuando nombramos a nuestros hijos lo hacemos también con una clara intención, ya sea la de seguir el concepto patriarcal e imponer al primogénito el mismo nombre del padre y a la primera hija el nombre de su propia madre o de la abuela, etc. No solo, durante toda la dictadura nacionalcatólica de Franco se obligó a todas las personas a que llevarán nombres del santoral católico y fueron rebautizadas todas aquellas personas que tuvieran nombres ajenos a ese santoral. Mi tía Libertad quedó Antonia. En aquella acción quedó modificada ideológicamente la identidad de muchas personas, dado que el nombre es una de las fuentes de identidad de las personas.

A tener en cuenta que no todos los nombres están permitidos para las personas, el Código Civil limita las posibilidades y deja fuera los nombres que perjudiquen a la persona, aunque sigue siendo posible que se vuelva a dar el nombre de un muerto al siguiente vivo: fue el caso de Salvador Dalí cuando aún era niño y su hermano ya había muerto.

El callejero es el lugar político por excelencia para los nombres y ahora que Cádiz le quita a Juan Carlos I su avenida, y las derechas saltan en tromba ridiculizando el cambio porque “hay cosas más importantes”, habría que decirles varias cosas, entre otras que en plena posguerra y con millones de españoles pasando hambre aquella dictadura se dedicó a cambiarle el nombre a todo el que no era del santoral y a todas las calles que no eran del santoral fascista.

Los nombres de las calles son de fundamental importancia porque son nuestro domicilio. ¿Quién querría vivir en la calle del Diablo? ¿Alguien se sentiría bien viviendo en una calle dedicada a un asesino, así, directamente? ¿Quién se sentiría a gusto viviendo en una calle dedicada a Eleuterio Sánchez o a Daniel Rojo?

Se dan nombres a las calles por un motivo, porque necesitamos nombrarlas para identificarlas y para encontrar a las personas que viven en ellas. Los nombres que damos a las calles son un honor que ofrecemos a sus titulares, porque comprendemos que esas personas merecen ese honor. Pero lo hacemos pensando que los hechos por los que esas personas merecen ese honor son hechos benefactores para la ciudad y sus gentes.

Cambiar el nombre a una calle cuando cambia, por sufragio universal, el gobierno significa un cambio de actitud ante la vida de las personas que habitan las calles y hacia los pesares de sus vidas. No será lo mismo nombrar una avenida con el nombre del General Yagüe que nombrarla con la figura de Albert Einstein, por ejemplo. El general Yagüe, conocido como El Carnicero de Badajoz, quería un mundo monocolor de palo-y-tente-tieso, y fascista, mientras Einstein dedicó su vida a entender el Mundo y no a decir cómo tenía que ser ese Mundo sin entenderlo.

Quitar de las calles a Juan Carlos I es un síntoma de que la sociedad sigue viva y atenta a sus devenires, atenta a lo que hacen sus mandatarios, atenta ante quiénes reciben sus honores y atenta ante lo que significa dar honores a personas como idea de lo que la sociedad necesita. Se le da una calle a alguien que se toma como un ejemplo para la sociedad.

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