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Asistíamos el pasado miércoles a un nuevo episodio de intolerancia cargado de ADN fascista. Un grupo de gente impedía por la fuerza el derecho a la libertad de expresión de Felipe González y Juan Luis Cebrián en la Universidad Autónoma de Madrid contraviniendo así un pilar básico de nuestra convivencia convenientemente recogido en du día en nuestra Constitución.

A cada uno de nosotros podrá gustar más o menos la trayectoria vital, intelectual y política de Felipe González y la empresarial de Cebrián, pero lo que nos tiene que gustar de manera obligada es su derecho a expresar sus ideas y opiniones en un foro público que tiene en esa libertad una de sus razones de ser y existir.

Resulta cuanto menos chocante asistir a espectáculos como este en el que la violencia pretende vencer a las ideas y resulta especialmente doloroso que esto ocurra en el recinto donde los violentos acabaron con la vida de Tomás y Valiente, y por ello resulta especialmente repugnante que la enseña de la banda terrorista que acabó con su vida sea impunemente exhibida allí mismo por los protagonistas de un acto tan reprochable al tiempo que cargado de intolerancia fascista.

Pero hay quienes amamantan, por acción o por omisión, a estos cachorros de la intransigencia. Hay quienes desde hace meses, y especialmente las últimas semanas, coincidiendo con el momento más álgido de la crisis socialista, vienen propagando a los cuatro vientos las mismas proclamas que utilizaron este miércoles los violentos de la Autónoma. La cal viva fue el argumento central de la intervención de Iglesias en la fallida investidura de Sánchez. El líder de Podemos se agarró como un clavo ardiendo al fantasma de Felipe González ante la falta de argumentos para justificar su negativa a un Gobierno de progreso y de paso blanquear el día negro en el que coincidieron con Rajoy y el Partido Popular en el marcador electrónico del Congreso de los Diputados.

A día de hoy que escribo estas líneas, Iglesias, convertido por propia decisión en un lobo solitario, aún no había condenado este acto violento contra la libertad de expresión, es más, de nuevo ha tenido una de esas salidas de tono que caracterizan su trayectoria política afirmando que algunos se rasgan las vestiduras por una protesta estudiantil, en la línea de lo que viene afirmando en su ya clara campaña contra El País y el Grupo Prisa en las que ha llegado a atribuir a González y Cebrián la condición de golpistas y que curiosamente se ha propagado en las redes sociales de manera viral por algún sector de la militancia socialista que ha sucumbido así al terrible síndrome de Estocolmo haciendo el trabajo sucio sin saberlo, o al menos eso quiero creer, a quien se ha convertido en nuestro particular martillo de herejes.

Pero dejemos al lobo solitario rumiado huelgas generales y preparando barricadas callejeras cual lobo estepario que para su novela habría querido Herman Hesse y dejemos a los intransigentes lobeznos asaltando los templos de la libertad de expresión, pensemos como dice un amigo que son los tiempos, estos tiempos revueltos.

No quiero eludir de la mano de la actualidad el compromiso con algunos de los lectores que me pedían pronunciarme sobre el resultado de los acontecimientos que está viviendo el Partido Socialista. Podría escapar de este trance citando a Churchill cuando decía: “Creo que vamos a tener que elegir en las próximas semanas entre la guerra y la vergüenza, y tengo muy pocas dudas de cuál será la decisión”. Pero si yo fuese miembro del comité federal, condición que ostenté durante doce años, lo tendría muy claro, defendería la abstención y no voy a cometer el pecado de reiterar aquí todos los argumentos a favor de esa decisión, tan sólo me voy a remitir a lo manifestado por el presidente de la Gestora socialista y sobre todo al principal de los argumentos, la decisión no es ni mucho menos ideológica, no se es más de izquierda por votar no, me niego a admitir como cierto lo que no es más que una mentira repetida mil veces y amplificada sectáreamente en las redes sociales bajo el citado síndrome de Estocolmo.

Es una decisión táctica como lo fueron las de Sánchez, las cuales respeté y acepté pese a no compartirlas, al igual que respeto a los compañeros y compañeras que defienden votar no. Eso sí, sin verdades absolutas, sin maniqueísmos de buenos y malos, porque si entramos en ese terreno se equivoca hasta el apuntador. Que el Comité Federal debata, que el comité federal vote, y que los militantes no digamos lo que acabo de escuchar a Donald Trump: “Ya veré si acepto el resultado”.

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