Como ya referimos columnas atrás, la tele ha perdido vigor. Es una realidad. Por muy planas y estilizadas que luzcan las pantallas de nuestros salones, cobijan su esencia como una vieja caja de resonancia que reverdece gracias al vago rumor de glorias pasadas.
De hecho, un artefacto que otrora ha logrado congregar a familias enteras, a día de hoy, para muchos, no es más que una vulgar chatarra en desuso.
Sé que, como yo, otros tantos mantienen sus aparatos encendidos como “hilo sonoro ambiental” sin otorgarle mayor utilidad.
La tele hace mucho tiempo que dejó de ser esa especie de soporte vital (si es que en algún momento lo fue).
Llegar a este extremo no es flor de un día. Una de las causas principales la encontramos en el ejercicio sumarísimo de incoherencia que practican muchas cadenas. Bajo un mismo logo, conviven discursos que se anulan entre sí. Por tanto, cabe preguntarse si este acontecimiento es fruto del caos o si, por el contrario, estamos ante una estrategia deliberada.
El panorama es desolador si analizamos la columna vertebral de sus parrillas. Imperan los “refritos”, programas que se retroalimentan de sí mismos. La seña de identidad de estos espacios ya no es el entretenimiento, ni siquiera el chisme ligero, sino una falta de respeto sistémica y una violencia verbal que, de tanto repetirse, se ha instaurado con degradante normalidad.
Lo más sangrante es la yuxtaposición hipócrita de estas mismas cadenas. Es habitual ver cómo, tras una tarde de humillación pública y agresividad verbal en formato de telerrealidad, la cadena da paso a otro espacio donde se denuncian, con tono solemne y rostros compungidos, los mismos males de los que adolecen sus programas hermanos.
Se llenan las bocas con campañas en contra del abuso escolar o de la violencia de género (que está muy bien), cuando en realidad son los primeros instigadores y propulsores de una hostilidad insana.
Como resultado, y a Dios gracias, cada vez son más los usuarios que huyen de esta televisión zafia y lineal, ya no solo por la planicie de su oferta, sino por una cuestión de higiene intelectual.
La supuesta indefinición editorial no es más que una máscara para ocultar una falta de escrúpulos. No se puede soplar y sorber al mismo tiempo; no se puede ser verdugo por la tarde y juez moralista por la noche. La credibilidad, una vez que se fragmenta en mil pedazos por el ansia de copar el share, es prácticamente imposible de reconstruir.
Cuando la rentabilidad se cimenta sobre la demolición de la dignidad humana, la televisión deja de ser un medio de comunicación para convertirse en una fábrica de degradación; y un pueblo que se educa en el insulto termina por olvidar al lenguaje como elemento inexpugnable de convivencia.
Gracias por la lectura y feliz lunes.
