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Piensen ustedes lo que les de la gana, pero déjenos vivir a los demás tranquilos, siendo mujeres, hombres o lo que cada uno quiera.

El artículo 510 del Código Penal castiga a “aquellos que provoquen o inciten a la discriminación, al odio o a la violencia contra grupos o asociaciones, por motivos racistas, antisemitas u otros referentes a la ideología, religión o creencias, situación familiar, la pertenencia de sus miembros a una etnia o raza, su origen nacional, su sexo, orientación sexual, enfermedad o minusvalía”. ¿No es eso lo que está haciendo la asociación ultraconservadora Hazte Oír a través de su exitosa campaña protagonizada por un autobús y/o caravana?

Respaldarse en la libertad de expresión para sacar a la calle este vehículo envuelto en mensajes transfóbicos que además atentan claramente contra los derechos de los menores, especialmente de aquellos que han nacido con unos órganos sexuales con los que no se sienten identificados, es adulterar con creces el significado de este derecho constitucional.

Lo más triste de todo esto, es observar cómo esta campaña publicitaria ha conseguido precisamente lo que buscaba. Ocupar espacios en los medios de comunicación, difundir el mensaje de esta asociación, por llamarla de alguna manera, que también ha estado detrás de las manifestaciones en contra del matrimonio homosexual o del aborto. Nunca antes su presidente se había visto tantas veces retratado en un periódico o había hablado tanto en radios y televisiones nacionales. Cuidado, estamos creando un monstruo al que le encanta verse ante un espejo y al que le da de comer, en parte, la distinción de “utilidad pública” que Jorge Fernández Díaz le otorgó en 2013, lo que supone desgravar sus donaciones hasta en un 75%.

Hazte Oír representa esa España estancada en épocas oscuras, donde precisamente la libertad de expresión no era una ningún estandarte, sino más bien algo que ni siquiera existía.

La educación que recibimos desde pequeños, la que se nos da en las escuelas y en el hogar, los amigos que uno se va encontrando por el camino, los libros, los viajes, el conocimiento adquirido, las experiencias vividas… van forjando nuestra forma de ser, nuestras creencias. Comprendo que depende del contexto, cada uno piensa de una forma diferente y, equivocadas o no, todos tenemos unas creencias a las que nos agarramos que marcan nuestra forma de proceder y de desarrollarnos como personas, aunque algunas sean verdaderamente pavorosas hoy en día. Podemos estar de acuerdo en unas cosas y en otras no, pero debemos, sobre todo, respetarnos, intentar ser empáticos con el otro.

A mí no me importa en absoluto con quién se acueste o el sexo que haya tenido al nacer el señor que preside Hazte Oír o todos los integrantes de su colectivo, ni a quién le rezan, ni el número de hijos que hayan ideado tener. A mi lo que me molesta e inquieta es que se atrevan a descalificar y cuestionar, sobre todo públicamente, a personas que piensan o son distintas a ellos y que eso sea algo menos malo que hacer algún que otro chiste en Twitter. Me molesta que no respeten a los demás, qué es precisamente lo que hacen con este tipo de campañas y que encima se hagan las víctimas, bajo el escudo de la libertad de expresión, usando como altavoz a los medios de comunicación.

Piensen ustedes lo que les de la gana, pero déjenos vivir a los demás tranquilos, siendo mujeres, hombres o lo que cada uno quiera. Eso es respetar la libertad, una bonita palabra que su colectivo usa mucho estos días y de la cuál claramente desconocen su significado, su bonito significado

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