Hay una preocupación crónica que se ha instalado en nuestros cerebros y que hemos heredado de abuelas a madres, de madres a hijas, a nietas...
Hay una preocupación crónica que se ha instalado en nuestros cerebros y que hemos heredado de abuelas a madres, de madres a hijas, a nietas... Inquietud que parece formar parte de la carga genética y que surge cada vez que una se dispone a hacer la maleta para ir de viaje o pasar un par de noches fuera de casa. No es otra cuestión que la del estado de esas prendas tan sencillas e imprescindibles como son las bragas.
Se daba de niñas, cuando salías de viaje de fin de curso o en las excursiones que te obligaban a pernoctar fuera de casa, esa intranquilidad surgía en forma de letanía “¿Niña, llevas bragas nuevas?”. Cuestionamiento que se repetía cuando ibas a visitar al médico, independientemente que la exploración tuviera lugar por debajo de la cintura, y que evolucionaba a un tercer grado con un desafiante “¿Llevas las bragas limpias?”
Pues bien, ese sinvivir ha debido de quedar grabado en los genes como tara o trauma, pues cuando una se dispone a viajar la inquietud renace de nuevo desde el interior de la mente y un susurro emerge del cajón de la ropa interior: ¿Alguna prenda con el elástico pasado? ¿Rota o con agujeritos? ¿Que haya perdido color? Runrún que te hará ponerte en alerta y acabar haciendo provisión de un arsenal de bragas en cualquier tienda de lencería o en mercadillo de a 'leuro'.
Unos meses atrás, una amiga que vivía en Londres lanzó un código rojo: necesitaba bragas. Al parecer allí había pero no eran –sigo con la intriga de en qué consiste la rareza de la lencería inglesa y nunca supo explicármelo–. Así que me dispuse a visitarla y además del pack de jamón y chorizo al vacío, le llevé un paquete de bragas. Para más inri, otra amiga me relató hace unos días que tuvo un sueño inverosímil en el que viajábamos a Nueva York y tras coger varios trenes acabamos perdiendo una maleta; cuando vino a aparecer se desató el caos: ¡no habíamos echado bragas!
No sé si esta preocupación por la pulcritud y la psicosis de llevar intacta la ropa interior es un daño colateral más del sistema patriarcal, que nos requiere castas, puras y hasta con el alma blanca, o si era una advertencia sabia de nuestras mayores poniéndonos en alerta de que cualquier situación es buena para que una acabe quitándoselas.
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