Mujer en silla de ruedas, en una imagen de archivo.
Mujer en silla de ruedas, en una imagen de archivo.

Había que bajar hasta la playa por una larga escalera que salvaba el desnivel entre la orilla y el acantilado. Lo había hecho muchas veces, pero un día a mi pierna derecha le pasó algo y no supe qué. Esa dificultad me llevó al médico y después de unas pruebas, con 23, el diagnóstico: una enfermedad degenerativa. Creo que nunca se está más fuerte que en la veintena, si tienes que encajar un golpe del que no te vas a levantar.

Cuando te rompes un brazo, sabes que el dolor tiene fecha de caducidad, que se irá en cuanto sanes, como las gripes tienen los días contados. Sino vas a curarte, si el dolor no va a marcharse, entonces  es probable que oigas cuchicheos a tu espalda antes de haberte alejado lo suficiente. De ellos, no es la compasión lo que más duele sino la rúbrica final: así no merece la pena vivir. Hago que no los oigo, mientras mi hermana, que camina al lado de mi silla, se indigna y me mira de reojo.

Llevo una vida de segunda, de tercera, probablemente una de esas en las que a los animales se les pone una inyección por humanidad. Pero en ella también sale el sol y se pone y en medio hay horas por llenar. No ha sido una elección pero espero tolerancia. No se puede ser ciego sólo cerrando los ojos y viéndolo todo negro, porque los ciegos no ven en negro, sencillamente no ven. No puedes ponerte en mi lugar y me alegro de que no lo estés.

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