La universidad pública es el sueño de los pobres

Raúl Solís

Raúl Solís

Periodista, europeísta, andalucista, de Mérida, con clase y el hijo de La Lola. Independiente, que no imparcial.

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No soy muy mayor, tengo 36 años. Nací en 1982, meses antes de que Felipe González llegara a Moncloa. Crecí en una familia donde nadie fue a la universidad. Cuando digo nadie, digo nadie. Absolutamente nadie. Mi padre sabe leer y escribir a duras penas, mi madre es totalmente analfabeta, como mis abuelos, y de mis cuatro hermanos, el que más lejos llegó se apeó de la educación formal en el exsegundo de BUP; lo que ahora equivale a cuarto de la ESO. Cuando a mí de pequeño me preguntaban qué quería ser de mayor, nunca me atreví a decir que me gustaría ser periodista. Ni abogado, ni médico, ni arquitecto, ni enfermero, ni veterinario. Mi madre, me decía: “Tú estudia para auxiliar de clínica”. No lo decía porque me viera facultades cuidadoras-sanitarias, sino porque para mí, para la gente de mi barrio, para los hijos de los obreros, la universidad siempre ha estado muy lejos y mejor ser auxiliar de clínica que albañil o jornalero, que era mi destino, donde han acabado todos mis hermanos.

No sé cómo, al final llegué a la universidad. No llegué a los 18 años, como los hijos de las clases medias con títulos universitarios en las paredes de casa. Llegué a la universidad con 25 años, con muchos años ya cotizados a la Seguridad Social. Con 17 años, estaba trabajando y estudiando por las noches. Como muchos hijos de la clase obrera para los que el trabajo es una forma de aportar recursos vitales a la economía familiar. El día que fui a la Universidad de Sevilla a formalizar mi matrícula para estudiar Periodismo, lloré. Lloré mucho. Salí a la puerta y llamé a mi madre, entre lágrimas: “Mama (sin tilde), lo he conseguido, ya estoy matriculado”, le dije.

No podía parar de llorar. La universidad era el sueño frustrado de mi familia, el objetivo al que nadie de mi familia, absolutamente nadie, había podido llegar. El lugar donde yo nunca pensé que llegaría. Un sueño que estaba muy lejos. Y yo estaba allí, representando a mis abuelas, a mis abuelos, a mi madre, que la sacaron de la escuela con nueve años para servir en la casa de los señoritos de mi pueblo, y a mi padre, un buen hombre del campo que aprendió a rellenarle la solicitud del PER a sus compañeros y lo hacía con un orgullo de clase indescriptible que cuando lo recuerdo me hincho del honor de ser su hijo. Lo recuerdo con sus gafas, rellenando formularios, con letra caligráfica, a sus compañeros, a los jornaleros del campo extremeño que pedían una ayuda para atravesar la miseria que todavía se vive en el el medio rural extremeño y andaluz.

Esa es mi estirpe, de la que cada día me siento más orgulloso y gracias a la cual valoro cada oportunidad que he tenido y que me ha permitido poder cruzar las puertas de la universidad pública y salir titulado, como se titulaban los hijos de los señoritos de mi pueblo mientras mi madre me decía que no soñara con tanto. Los hijos de la clase obrera, que no hemos hecho otra cosa desde que nacimos que esforzarnos para sobrevivir, no nos merecemos el descrédito al que las élites españolas están sometiendo a la universidad pública. No nos lo merecemos porque la universidad pública es nuestra más que de nadie, era y es el sueño de los pobres, el sueño de mi abuela, de mi hermana y de mi madre.

En muchos casos, el esfuerzo no ha servido para nada porque, incluso después de esforzarnos, al salir de la universidad nos hemos topado con que valen más los contactos de las élites que los años de trabajo de la gente sencilla. O la trampa de los másteres. Ahora que los hijos de la clase obrera hemos podido estudiar en la universidad nos dicen que los estudios superiores ya son insuficientes y que tenemos que estudiar un master para volver a dejarnos tirados en el camino de la igualdad.

El chalaneo de la ministra Carmen Montón, de Cristina Cifuentes o Pablo Casado no es corrupción, es mucho peor. Es la adulteración de la universidad pública, es poner el sueño de los pobres bajo sospecha, es la podredumbre de un sistema político, el español, que ha corrompido hasta el último rincón donde los pobres podíamos soñar con subirnos a algún ascensor social que nos alejara de la pobreza.

Por el bien de la universidad pública, por los sueños de mis abuelas, de mi madre y de mis hermanas, todas ellas con las manos ajadas de trabajos manuales y condiciones de vida de una dureza vital que no caben en este artículo, Carmen Montón y Pablo Casado no pueden permanecer ni un minuto más representando los sueños de una sociedad que ya no puede soñar ni con mandar a sus hijos a la universidad pública a conquistar la quimera de la igualdad de oportunidades.

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