La prostitución se debate y el abolicionismo se argumenta

Raúl Solís

Raúl Solís

Periodista, europeísta, andalucista, de Mérida, con clase y el hijo de La Lola. Independiente, que no imparcial.

Manifestación de abolicionistas de la prostitución.
Manifestación de abolicionistas de la prostitución.

Cada cierto tiempo sube la temperatura del debate sobre si la prostitución es explotación sexual o un trabajo. En las últimas semanas, la temperatura ha tomado varios grados más a consecuencia de unas “jornadas sobre trabajo sexual” que han sido canceladas por la Universidad de A Coruña tras sonadas protestas de activistas abolicionistas. “La prostitución no se debate, se combate” es una de las consignas más usadas por grupos abolicionistas que consideran que la prostitución no es un libre ejercicio de las mujeres, sino un privilegio de los varones a comprar mujeres pobres para la explotación sexual.

Ciertamente, así lo pienso, la prostitución es explotación sexual, pero el ordenamiento jurídico español no lo considera así; de hecho, la prostitución es tolerada y los proxenetas gozan de un limbo legal para desarrollar su actividad lucrativa porque en la década de los 90 un gobierno socialista permitió que los prostíbulos de carreteras obtuvieran licencias de hoteles para operar de manera impune.

Curiosamente, feministas vinculadas al PSOE, que son muy activas en la cuestión abolicionista y están muy bien situadas en la academia, no incluyen en el programa electoral socialista no ya la abolición de la prostitución, sino la retirada de las licencias de alojamientos hoteleros a los clubes de carreteras, donde hacinan a mujeres pobres venidas de otros países para goce del sistema patriarcal, y que supondría de facto la abolición de la prostitución.

Mientras que el ordenamiento jurídico español no diga que la prostitución es explotación sexual, ergo ilegal, prohibir el debate sobre este asunto es un ejercicio de alta hipocresía que vulnera la libertad de expresión, la libertad de cátedra y que encierra un cinismo inadmisible. La prostitución debe ser debatida y al abolicionismo le sobran argumentos para ganar esta batalla que, no obstante, existe porque hay pobreza.

Abolir la prostitución es también derogar la reforma laboral a la que el PSOE, que dice ser abolicionista, se niega; abolir la prostitución es acabar con la privatización de los trabajos de cuidados de la Ley de la Dependencia, desarrollados por mujeres pobres, y a los que el PSOE también se niega a desprivatizar porque tiene claro de qué parte se sitúa cuando la ecuación es entre defender a las mujeres pobres o al capital que empobrece a las mujeres.

Abolir la prostitución es subir el salario mínimo, regular el precio del alquiler, bajar las facturas de la luz y subir la cuantía que reciben los hijos de familias monomarentales en exclusión social. Desgraciadamente, el debate sobre la prostitución ha alcanzado el nivel hipócrita en el que parece que se puede abolir solamente mediante una ley orgánica que acabará con la explotación sexual de las mujeres de un día para otro, como si la prostitución no fuera el destino último que el capitalismo tiene reservado para sus propias víctimas.

El abolicionismo de la prostitución está entrando en el territorio de la antipatía social porque se nutre de la soberbia intelectual de activistas que se niegan a debatir porque creen tener todas las verdades al respecto. La prohibición de las jornadas de la Universidad de A Coruña ha sido la puntilla que necesitaba la causa regulacionista para situar al abolicionismo en el lado antipático y prohibicionista en el que desea.

Ninguna causa necesita tanto como el abolicionismo que existan carriles anchos para la libertad de expresión, porque lo que hace es una enmienda a la totalidad de la moral hegemónica del sistema patriarcal. Prohibir debates, poner mordazas, negar la existencia de los matices y entender que no todas las personas que defienden la regulación de la prostitución son proxenetas, o están financiados por el proxenetismo, debería ser una máxima de una causa tan noble y justa como el abolicionismo.

Hoy hay más gente que está en posiciones regulacionistas que antes de prohibir las jornadas de la Universidad de A Coruña. La prostitución se debate y el abolicionismo se argumenta, salvo que, en lugar de la explotación sexual, lo que se pretenda abolir sea a quien, acertada o equivocadamente, piensa diferente.  Con permiso. 

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