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Hoy hace casi doce años de que se fallara en nuestra ciudad el concurso de la Ciudad del Flamenco, una convocatoria por invitación donde participaron arquitectos de la talla de Alvaro Siza o los japoneses Sanaa donde finalmente fueron Herzog y de Meuron los encargados de rehabilitar este espacio degradado en el centro neurálgico de Jerez.

La inercia provocada por esta operación llevó a promotores de distintos ámbitos a adquirir fincas en el centro histórico dada la previsión de un futuro brillante a la sombra del proyecto de los arquitectos suizos. 

Tras doce años del concurso nos queda un muro pantalla perimetral que costó unos 17 millones de euros, un proyecto de otros tantos millones y un puñado de solares a la espera de una Ciudad del Flamenco que no llega y visto lo visto no llegará.

¿Cómo actuar ante la debacle? La semana pasada se anunció por parte del Ayuntamiento la “reordenación” en 2016 de la plaza Belén, donde se iba a ubicar la Ciudad del Flamenco, un lugar vacío, representativo de lo que ha sido nuestra ciudad y tal vez nuestro país en los últimos años. 

El futuro de los megaproyectos que nos arruinaron en el pasado debe ser, en contraposición a como fueron concebidos, consensuado por todos en un ejercicio de civismo y cordura. De la renovación de la Plaza Belén cabe esperar una reflexión profunda, compartida, capaz de destilar todo lo ya hablado y propuesto (que no es poco). Una estrategia ordenada y abierta a la ciudadanía, comandada por expertos en el diseño de entornos urbanos contemporáneos capaces de concebir espacios públicos integradores y vibrantes.

Igualmente para no tirar a la basura el dinero y el esfuerzo vertido sobre el lugar conviene mirar atrás y analizar proyectos con un potencial tan grande como el presentado al concurso por los japoneses Sanaa. Esta propuesta llama la atención por la capacidad que tiene de multiplicar el espacio disponible, integrando los diferentes usos en una gran plaza, sin interferir en la libre circulación entre los accesos, contagiando de este gran espacio urbano a las calles y plazuelas aledañas. No propusieron un edificio, proponían una plaza a la que lo único que le sobraba era la cubierta.


Estos autores, aun no habiendo firmado muchos proyectos urbanos, explicaban con su propuesta que el espacio público ha de sumar (o multiplicar), en lugar de dividir, en un caso que seguro se inspira en la plaza medieval Del Campo de Siena, considerada una de las mejores plazas del mundo y situada en un desnivel de la ciudad que lejos de ser una desventaja para su diseño la hace única. 


Lo que fascina de esta plaza es que es capaz de crear un escenario urbano inconfundible sin muchos alardes. Es un espacio público bien pavimentado y en pendiente que se adapta a los diferentes eventos de la ciudad transformándose hoy en hipódromo y mañana en mercado, tan sencillo como eso.

Y es que estamos obligados a analizar el trabajo que se ha vertido sobre el solar de la Plaza Belén para entrever posibles soluciones formales y evitar que todo este largo camino de ilusiones y desastres acabe para siempre en la más o menos afortunada “reordenación” de la plaza presentada el jueves pasado. 

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