La palabra del pueblo

Aquí, hay leña para todos, oiga. De momento, la búsqueda de la gobernabilidad, en estas condiciones de diversidad, es lo que toca.

Una persona, ejerciendo su derecho al voto, en Jerez.
Una persona, ejerciendo su derecho al voto, en Jerez. MANU GARCÍA

Anoche, mientras zapeaba entre los distintos canales para ir siguiendo los resultados de las elecciones recién celebradas, no podía evitar que sonase en mi cabeza aquella cancioncilla que invitaba a nuestros padres a votar en los primeros comicios que se celebraron en la democracia. "Habla pueblo, habla. Éste es tu momento…", decía Jarcha en una época de gran ilusión compartida, de cierto vértigo y, seguro, de enorme incertidumbre ante un futuro que se antojaba -el de aquellos primeros electores- nuevo, inexplorado y plagado de posibilidades.

Ayer el pueblo habló. De nuevo. Lo hizo con bastante claridad, al menos en algunos aspectos; y, a falta de los sesudos análisis que se van a producir en los próximos días, hay datos que saltan al cuello. El primero de ellos, el revolcón de responsabilidad que dimos a la clase política ayer quienes acudimos a votar. Da lo mismo la opción. La cuestión es que a pesar de lo repetida, costosa y cansina de la cita, la gente con derecho a voto acudió si no masivamente, sí con la intensidad requerida: casi un 70% de los que tenían derecho a voto, acudieron a votar.

El segundo de los datos es la diversidad. Si alguien esperaba una vuelta al bipartidismo, una polarización de las opciones al conocido rojo y azul, ya se puede ir olvidando de eso. El electorado español ha crecido, ha madurado y se ha complicado. ¡Faltaría más, está en su derecho! El electorado es muy diverso y lo va a seguir siendo y ha vuelto a ratificarse –con matices a veces incalculables—, en lo que ya dijo el pasado mes de noviembre: quienes tienen tienen que propiciar el diálogo y la gobernabilidad son quienes tienen la responsabilidad y el sueldo para gobernar.

En ese sentido, la nueva convocatoria no ha servido para “nada” y es esencial cambiar el análisis hacia quienes tenemos el poder de votar. Se llama respeto. De hecho, y éste es la tercera de las conclusiones de urgencia, la mirada de los votantes ha cambiado. Antes las fidelidades políticas se medían de otro modo. Ahora, no hay problema en cambiar casi diametralmente el sentido del voto si me decepciono, me ilusiona más otra opción o ante un problema general grave la solución que me ofrece el partido votado, no me convence. Un partido ha irrumpido con gran fuerza, se llama Vox como lo hizo hace cuatro años Podemos y otro está casi en vías de desaparecer, Ciudadanos, como ya lo hizo definitivamente UPyD. Es lo que hay.

Por supuesto, existen otros muchos análisis que irán llegando, y debates y modificaciones imprescindibles que deberán ir produciéndose para conseguir que un escaño para el Congreso no valga 100.000 votos ó 60.000, según el sitio en el que votamos y la convocatoria a la que acudimos. Algo que propicia, y que seguirá propiciando, si nadie lo remedia, que partidos nacionalistas regionalistas —como PNV o ERC— se hagan con un volumen inusitadamente elevado, con todo el respeto que merecen, por supuesto, pero sin un ápice de interés por “el resto de España”, centrados en exclusiva en su “de lo mío qué”.

Aquí, hay leña para todos, oiga. De momento, la búsqueda de la gobernabilidad, en estas condiciones de diversidad, es lo que toca. Es ahora mismo, la prioridad desde eso tan raro que se supone que está en la esencia de la política y que se llama “bien común”.

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