La muerte y sus puertas giratorias

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La memoria de los pueblos que viven con miedo es frágil. La nuestra desde luego que lo es, aunque la forastera de más allá de los Pirineos no. A poquito que des un salto a tierra guiri, verás que puedes perderte en inmensos prados franceses jalonados con bosques de tristes cruces blancas sobre las tumbas de valientes antifascistas caídos, muchos de ellos españoles republicanos y anarquistas. Y que miles de placas doradas marcan con la seña del judío desaparecido la casa alemana en la que vivía antes de perecer como víctima del nazismo. O que cientos de monumentos rinden culto por toda la ínsula de la pérfida Albión a sus conciudadanos ingleses, escoceses y galeses que gastaron uniforme y arma para acabar con las dictaduras germana e italiana...

Pero aquí en la vieja Iberia no. Aquí todo se olvida, se oculta, se ignora y deliberadamente se omite el recuerdo y la memoria. Desde el lado de los beneficiarios en primera, segunda, tercera y cuarta generación de la hecatombe causada por Franco se repudia el mínimo esfuerzo de restitución de la verdad acusándolo de pretender dignificar sólo a los defensores de la democracia, la libertad y la cultura, a costa de la memoria de los practicantes de la barbarie, la tiranía y la muerte, ostias, ¡como si eso fuera un desmérito! Se la cataloga de Histórica para retrotraerla y hacerla menos emocional, menos reciente, menos reivindicable. Y menos verdadera, menos Justa, menos reparable.

Sin embargo, nada tiene de histórico y viejuno lo ocurrido hace 80 años, cuando el golpe; o hace 40, cuando la salvaje represión contra el antifranquismo; o todavía hace 20, cuando comandos nazis ultraderechistas amedrentaban nuestras universidades, asolaban nuestras manifestaciones y daban golpes de gracia a inocentes chavales comprometidos con la visión mejorable del mundo y de la vida. Pero hoy no, porque no hace falta. Los ultras defienden su modelo de vida y su concepción clasista de la redistribución de los excedentes desde el Consejo de Ministros. Así que, ¿para qué van a estar en la calle causando espanto si ya sus cofrades siembran pavor desde Moncloa cuando ejercen y gobiernan y ajustan a golpe de decreto recortador cual sumisos siervos de órdenes germanas y del BCE? Pero eso no es nuevo. En los cinco últimos años la sociedad pasó de la efímera euforia mayera de 2011 a la derrota noviembresca y a la depresión y abulia de todo un lustro después. ¿Y luego, qué? Luego, el miedo. Miedo a perder lo poco que resta, miedo a cambiar, miedo a resucitar ideas de justicia, miedo a creer que podríamos otra vez volver a ser generosos, fraternos, iguales, libres... Y sí, miedo a recordar lo que nos duele. Ese miedo persiste. Y prevalece. ¿Queréis un ejemplo? ¿Recordáis la ola de calor de 2003? Más miedo que aquel calor da la desvergüenza mortal de quien debiera haberlo paliado.

Sólo han pasado 13 años, pero es posible que el sucedido aquel te parezca ahora anterior a los toros de Guisando o a las guerras carlistas. La terrible ola de calor del 2003. 55 grados a la sombra en las estaciones medidoras jerezanas y andaluzas aisladas de interferencias; 59 y casi 60 en los termómetros a pie de calle, por donde transita el pobre peatón que vive en precario y sin modernidades domóticas. Es posible que aún recuerdes el horrible calor de aquel entonces y los tanatorios de toda Europa a rebosar y los ancianos franceses, alemanes y británicos malviviendo y durmiendo al abrigo de los equipos de aire acondicionado de grandes superficies comerciales y la disparatada subida del precio de la carne de pollo por la enorme mortandad de la especie y los miles de cadáveres en camiones frigoríficos y los depósitos improvisados en carpas plásticas refrigeradas en las afueras de las ciudades y los pavorosos incendios y los muertos por golpes de calor y los solitarios viejos y viejas muriendo deshidratados en sus obscuros pisos repletos de olor a orines y muerte y los técnicos de aire y ventilación sin dar abasto... ¿No te acordabas, verdad? Calor, calor y calor y muertes y más muertes, una multitud ingente de muertes sobrevenidas por encima de lo habitual en esas fechas. En Francia más de 14.000 según el recuento oficial, 18.000 según un sondeo de la televisión pública francesa entre los servicios funerarios de 177 ciudades; miles y miles en Inglaterra y en Alemania y en Italia, miles, y miles y miles...

Pero aquí no. Aquí nunca pasa nada. Cuando en el verano de 2003 Europa y todo el hemisferio norte es víctima de la ola de calor más intensa y prolongada en el tiempo de los últimos 500 años, los gobiernos de aquel entonces adoptan en Francia, Alemania, Inglaterra, Portugal y otros países de nuestro entorno numerosas medidas de protección de grupos de riesgo que se encuentran expuestos a los efectos perniciosos —en muchos casos, letales— de las altas temperaturas. París, Londres, Berlín y Roma decretan los estados de emergencia sanitaria preceptivos que permiten controlar la salud de cientos de miles de personas haciéndolas objeto de un seguimiento especial por parte de los sistemas sanitarios públicos y decenas de miles de ellas, fundamentalmente ancianos y enfermos, son ingresadas por orden expresa de sus autoridades sanitarias en centros hospitalarios dotados con equipos de aire acondicionado y regulación de temperatura. En algunos casos, los gobiernos llegan a poner a disposición de los ciudadanos infraestructuras públicas y privadas (edificios ministeriales, polideportivos, bibliotecas, grandes superficies, centros comerciales...) para hacer frente a la mortal ola de calor. A pesar de todo ello, y de haber salvado con estas medidas preventivas miles de vidas, los gobiernos europeos admiten un elevado incremento por encima de la media de la mortalidad causada por la ola de calor: 14.802 muertes en Francia, 4.175 en Italia, 1.316 en Portugal, 2.045 en Gran Bretaña...

En España las medidas preventivas brillan por su ausencia. Haciendo caso omiso de las recomendaciones europeas y del dictamen de numerosos expertos en emergencias sanitarias, el Ministerio de Sanidad español, en cuyo frente se encuentra Ana Pastor, hoy presidenta del Congreso de los Diputados y segunda autoridad del Estado después del Rey, no hace nada y se escuda en la responsabilidad limitada de las comunidades autónomas, limitándose a recomendar a la población a través de notas de prensa la adopción de medidas más del sentido común de perogrullo (hidratarse abundantemente, no salir a la calle y cerrar ventanas y puertas en horas de radiación solar) que de cualificados y bien pagados especialistas. Esta evasión de responsabilidades del Gobierno del Partido Popular de 2003, dolosa, punible y criminalmente negligente, se ve agravada por la entonces exitosa ocultación de información sobre la repercusión de la ola de calor. Así, frente a las cifras milenarias de muertes en Europa, el Ministerio de Sanidad de Pastor, presidenta hoy del Congreso, dice contabilizar ¡¡sólo 141 fallecimientos por este episodio!!

Una década después de aquel mortífero dislate propio de incompetentes, aquella actuación política y ejecutiva debe calificarse como criminalmente negligente, ya que el empecinamiento de los políticos de aquel entonces en no aplicar las medidas que hubieran podido evitar la mortandad y su ocultación de información contribuyeron a causar y/o provocaron directamente la muerte de 65.843 personas entre julio y agosto de 2003 (10.048 por encima de la media de 55.794 obtenida entre 1991 y 2005  según el Instituto Nacional de Estadística). Reconociendo sólo un centenar de fallecimientos, hilillos de plastilina humana, la ministra Ana Pastor —hoy, segunda autoridad del Estado—, el vicepresidente Rajoy y el presidente Aznar evitaron así la repercusión mediática y política de su criminal inacción imprudente.

En España vivimos con miedo. Y nuestra memoria es frágil. Ya nadie recuerda y a nadie le interesan las 10.000 personas que murieron a causa de la negligencia y por encima de lo esperado en el verano de 2003. Pero los miembros del Consejo de Ministros que en 2003 actuaron de forma negligentemente en sus deliberaciones, aún desempeñan altas responsabilidades políticas; Rajoy, presidente en funciones hoy (vicepresidente en 2003); Pastor, presidenta del Congreso hoy (entonces ministra de Sanidad y Consumo); Cristóbal Montoro, entonces y ahora ministro de Hacienda; Miguel Arias Cañete, hoy Comisario Europeo de Acción por el Clima (antiguo ministro de Agricultura); José María Aznar, hoy presidente de Honor del PP y de la FAES y asesor de Endesa (presidente del Gobierno en 2003); Eduardo Zaplana, hoy adjunto al secretario general de Telefónica (antiguo ministro de Trabajo); José María Michavila, hoy asesor de JP Morgan y consejero de Estado (antiguo ministro de Justicia); Federico Trillo, hoy embajador de España en el Reino Unido (antiguo ministro de Defensa); Ángel Acebes, hoy consejero en Iberdrola (antiguo ministro del Interior); Ana Palacio, hoy vicepresidenta del gigante nuclear Areva, consejera de Enagás y consejera de la proisraelí y antiiraní United Against Nuclear Iran (antigua ministra de Exteriores); Josep Piqué, hoy vicepresidente segundo de OHL (antiguo ministro de Ciencia y Tecnología); Francisco Álvarez Cascos, hoy secretario general de Foro Asturias (antiguo ministro de Fomento); Pilar del Castillo, hoy eurodiputada (antigua ministra de Educación); Rodrigo Rato, hoy asesor de Telefónica e imputado en el caso Bankia (antiguo ministro de Economía); Javier Arenas, hoy diputado en Andalucía y vicesecretario nacional del PP (antiguo ministro de Administraciones Públicas); y Elvira Rodríguez, presidenta de la Comisión Nacional del Mercado de Valores hasta el pasado 6 de octubre (antigua ministra de Medio Ambiente).

Vivimos con miedo, pero no con memoria. Sólo ella nos permitiría restaurar la dignidad de los fallecidos en 2003 juzgando a los que los llevaron a la tumba por su incompetente negligencia. Porque en España no debiera haber puertas giratorias gracias a la muerte.

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