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La próxima semana comienza la edición del Festival Internacional de Cine del Sáhara –FiSahara- 2016.

La próxima semana comienza la edición del Festival Internacional de Cine del Sáhara –FiSahara- 2016. En esta ocasión, más de 40 películas de países tan diversos como España, Colombia, Túnez, Francia, India, Reino Unido, Rumanía, Palestina, Emiratos Árabes o Irán se proyectarán hasta el domingo en el campamento de refugiados saharaui de Dajla, en Argelia.

El FiSahara tiene como objetivos empoderar, entretener y dar formación audiovisual a la población refugiada del Sáhara y llamar la atención a la comunidad internacional del problema de la excolonia española, así como ofrecer entretenimiento, cultura y capacitación audiovisual a través de un festival de cine anual que combina proyecciones de películas, actividades culturales, talleres audiovisuales y visitas de cineastas y otras personas del mundo de la cultura y activismo.

Me siento sumamente feliz por tener la ocasión de participar en esta edición como colaborador de uno de los documentales que se podrán ver en medio del desierto, Misión: Sáhara. La primera vez que fui a los campamentos de refugiados fue en 2011, cuando tenía 18 años (cómo pasa el tiempo). Pocas experiencias tan humanamente enriquecedoras he tenido desde entonces. Tuve la oportunidad de viajar hasta Tindouf con varios jóvenes que participábamos en una brigada de la Federación Mundial de la Juventud Democrática. Junto con la Ujsario (la juventud del Frente Polisario) conocimos, durante diez días cómo se organizaba el pueblo saharaui, sus escuelas, el Parlamento, nos entrevistamos, entre otros colectivos, con la Federación de Mujeres, con la Asociación de Víctimas por Violaciones de Derechos Humanos del Sáhara y, además, pudimos llegar hasta el muro de la vergüenza de más de 2.000 kilómetros, construido por Marruecos, que separa los territorios liberados de los ocupados por este país. Un lugar que cuenta con el infame récord de ser el que más minas antipersona tiene por kilómetro cuadrado del mundo.

Gracias a ese viaje pude conocer la solidaridad saharaui y las condiciones extremas de un desierto en el que nadie debería vivir. Un territorio donde apenas hay agua corriente, agua potable y condiciones dignas para cualquier ser humano. Un territorio donde el pueblo saharaui ha hecho de él su hogar temporal mientras sigue batallando –y ya van cuarenta años- por recuperar lo que nunca debió haber perdido: su tierra.

Por estos motivos no dudé en participar en Misión: Sáhara justo un año después, en 2012. Fuimos varias las personas, jóvenes y no tan jóvenes, los que nos decidimos a intentar llegar a la capital del Sáhara, El Aiiún, para participar en las manifestaciones del segundo aniversario del desmantelamiento brutal del campamento Gdeim Izik por las autoridades marroquíes. Previamente a ello, recorrimos Marruecos de norte a sur recogiendo testimonios de las organizaciones que, con muchas dificultades, apoyan en ese país la autodeterminación del pueblo saharaui y son oposición al régimen de Mohamed VI. El final de nuestra historia, narrado por el documental que pudimos grabar en nuestro viaje, fue no sólo la expulsión de los territorios ocupados del Sáhara, sino, lo que es más doloroso aún, el trato degradante que sufrimos por nuestros compatriotas, los servicios consulares españoles.

Durante la próxima semana, el FiSahara, de nuevo, será capaz de llamar la atención mediática sobre un problema del que, España, como exmetrópoli administradora de la colonia, sigue siendo responsable y que aún no ha solucionado tras más de cuarenta años. Cualquiera de nosotros vería casi imposible tener la capacidad de organizar un festival internacional de cine del prestigio y las características del que podrán disfrutar los ciudadanos saharauis desde el martes en medio del desierto. Allí estaremos, para seguir denunciando la situación que vive su pueblo y no dudar en convertirnos en embajadores de su causa en cuanto estemos, de nuevo, de vuelta en nuestro país. Un país que, sin embargo, dio la espalda a nuestros hermanos saharauis, a los que les debemos cumplir con nuestra obligación internacional: organizar un referéndum de autodetermianción para que, por fin, el Sáhara Occidental, sea un Estado soberano.

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